domingo, 18 de enero de 2026

Los dividendos del afecto

En la ciudad de Syntagma, donde las calles llevaban nombres de índices bursátiles y las plazas estaban pavimentadas con pantallas LED que mostraban en tiempo real el precio del alma humana, no existía mayor pecado que la inutilidad. El amor era una mala inversión, y la empatía, un pasivo intangible sin retorno.

Trevor Dellaroux no era un hombre. Era una estrategia. Un algoritmo vestido con trajes italianos, programado para detectar vulnerabilidades emocionales y convertirlas en contratos firmados. Su rostro era conocido en los corredores de Neurona Capital, la corporación que había sustituido al gobierno cinco años atrás, cuando la última presidenta intentó nacionalizar el cariño.

Heather Barron era una anomalía: hija única de Claudius Barron, magnate de BioInteligencias Aplicadas, y aún creía —con una inocencia que no era virtud, sino defecto de fabricación— que el afecto no requería factura. Había estudiado Filosofía Histórica en una universidad ya extinta por improductiva y ahora dirigía un pequeño proyecto artístico para ancianos sin valor de mercado, financiado por la caridad fiscal de su padre.

El encuentro entre ambos fue orquestado con la precisión quirúrgica de una campaña electoral. Trevor organizó una cena suspendida sobre las azoteas de Nivel 6, en un domo climatizado con atmósfera emocional personalizada. Cada plato evocaba un recuerdo de infancia cuidadosamente extraído del historial neuronal de Heather. Ella, deslumbrada, creyó haber encontrado un resquicio de humanidad en medio del desierto especulativo. No sabía que sus suspiros eran datos procesados y que su risa había sido monetizada antes de que terminara el postre.

Dos días después, el contrato entre Neurona Capital y BioInteligencias fue firmado. La cláusula oculta en la sonrisa de Trevor había funcionado: una reducción de tasas a cambio de la ilusión de reciprocidad.

Cuando Heather descubrió la verdad —a través de una transmisión pública filtrada por una emisora underground— no lloró. El llanto, en Syntagma, estaba registrado como delito menor de ineficiencia emocional. En su lugar, guardó silencio. El mismo silencio de las bibliotecas cerradas y los teatros convertidos en coworkings.

Durante semanas no habló con su padre. Pero tampoco huyó. Comprendió que en esa ciudad, el acto más radical no era la rebelión frontal, sino la persistencia de lo inútil. Comenzó a llenar las paredes exteriores de las megacorporaciones con versos anónimos proyectados en tinta fotovoltaica: “Nadie cotiza el temblor de una caricia.” “No todo lo que da frutos tiene precio.” “Amar sin ROI es el último lujo.”

Fue entonces cuando algunos empezaron a recordar lo que ya habían olvidado. Un analista financiero renunció para escribir cartas de amor a desconocidos. Una programadora quemó su algoritmo de compatibilidad comercial. Incluso un dron, reprogramado en secreto, comenzó a repartir flores marchitas con la inscripción: “Esto también fuiste tú.”

Trevor, en su despacho elevado, contemplaba las nuevas anomalías del sistema como se observa una grieta en el cristal: con desprecio, sí, pero también con temor. Porque en un mundo donde todo es transacción, el misterio de lo gratuito es una amenaza latente.

Heather no pretendía destruir el sistema. Le bastaba con desobedecerlo dulcemente.

domingo, 11 de enero de 2026

Tramuntana en la memoria

La primera vez que escuché aquella melancólica melodía, estaba en un viejo bar del puerto de Sóller, bebiendo un agrio vi negre mientras el viento de tramuntana zarandeaba furiosamente la puerta. Aunque no entendía todas las palabras, el tono quebrado de la canción, ese lamento de un hombre deshecho tras recorrer largos caminos, me hizo comprender que la canción también hablaba de mí. Porque yo también fui un hombre aquejado por una pena constante que me perseguía a cualquier lugar. Y aunque nací en la Sa Roqueta, pasé más de la mitad de mi vida lejos de ella.

Mi verdadero nombre ya carece de importancia, pero hubo una época en la que resonaba entre los imponentes pinos de Deià. Mi madre me dio a luz en un humilde hogar de paredes blancas encaladas por donde el sol se filtraba, prometiendo una felicidad que nunca llegaba. Mi padre era carbonero, de esos hombres que dormían en el bosque mientras el denso humo de la sitja ennegrecía su ropa y su alma. Hablaba poco, pero cuando lo hacía, parecía que la propia tierra se quejaba a través de su garganta.

Tenía catorce años cuando se lo llevaron. Una mañana bajó la Guardia Civil de Ciutat y se lo llevaron sin dar ninguna explicación. Decían que había ayudado a los republicanos en la sierra, que conocía rutas secretas entre oliveras y encinares. Nunca más lo volvimos a ver. De mi madre solo quedó una encorvada silueta que hablaba con las gallinas como si fueran las hijas que nunca tuvo. Para mí quedaron el silencio y un odio sin forma que no sabía a dónde dirigir.

Cuando cumplí diecisiete años, sentía que necesitaba alejarme de la rutina de siempre e internarme en un mundo desconocido. Así que me subí a un barco solleric rumbo al puerto de Marsella, en donde comenzaría una vida errante que me transformaría lentamente en alguien irreconocible. Allí aprendí lo duro que puede resultar ganarse el pan de cada día en los muelles y fábricas, siendo solo un jovenzuelo sin nombre. En los oscuros bares de la ciudad, mis nuevos conocidos solo me llamaban “el mallorquín”, pero para mí aquella isla había quedado reducida a un vago recuerdo, tal como las canciones que tarareaba mi madre mientras remendaba ropa con dedos hábiles y paciencia infinita.

Llevaba años inmerso en esa existencia itinerante. La vida me había otorgado y arrebatado cosas de muy distinta índole. Compartí breve tiempo con una mujer de origen mixto, italiano y gitano, que me brindó su amor con la urgencia de quien sabe que todo termina. De aquel fugaz idilio quedó solo un hijo del que nunca tuve noticia. Luego vinieron los agitados años de la guerra de Argelia, los disturbios callejeros en París y aquellos empleos que envejecen al cuerpo más rápido que la propia vida.

Regresé a Mallorca en 1989, con el cabello encanecido y una solitaria maleta donde apenas cabían ya mis recuerdos. Para mi sorpresa, el aeropuerto había dejado de ser un sencillo descampado para convertirse en un hervidero de turistas con sandalias. Nadie me esperaba en la isla, pues ninguno conocía mi vuelta. Y aquello me agradó, pues podría deslizarme como un fantasma entre aquellos paisajes que en su día me vieron nacer.

Me instalé en una vieja casa cercana a Valldemossa, adquirida con los magros ahorros que me quedaban. No necesitaba lujos, solo una ventana que me permitiera contemplar el mar y un rincón tranquilo donde plasmar en letras todo aquello que no me atrevía a decir. A veces paseaba hasta Miramar, lugar en donde Ramón Llull solía dialogar con su divinidad entre acantilados. Otras, recorría perdidos senderos de la sierra en busca de viejas carboneras y cabañas de piedra seca, con la esperanza de hallar en ellas alguna pista sobre quién en su día fue mi padre.

La niebla de los años me volvió etéreo, transparente. Me acostumbré al sosiego, al distante tañer de las campanas, al crujir de la garriga seca bajo mis botas. Los veranos traían oleadas de cuerpos destellantes y lenguas extranjeras. Yo los contemplaba desde lejos, como quien avista un río cuya corriente no piensa cruzar. Solo el invierno me pertenecía. Con sus nubarrones bajos, sus vientos que susurraban en el ancestral lenguaje mallorquí y su soledad consentida.

Una noche, en una verbena en Bunyola, alguien sacó una guitarra. Interpretaban melodías que no reconocía, hasta que una voz —ronca y norteamericana— entonó Man of Constant Sorrow. Me aproximé. Era un joven, casi ya maduro, de mirada curtida por los mundos. Al finalizar, le dije: «Esa canción también es mía, aunque provenga del otro lado del mar». Él sonrió, sin comprender. Pero en su acorde final había algo que me devolvió a aquel niño que fui, al que observaba el horizonte desde los pinares de Deià y soñaba con islas aún más solitarias que esta.

Hoy, nadie recuerda quién fui. Recorro despacio, entre centenarios olivos, y a veces creo escuchar la voz de mi madre desde alguna casa abandonada. Las piedras conservan la memoria de quienes partieron. Yo la dejo aquí, entre las zarzas del camino, en el aroma de los higos caldeados, en el mecer cansino de las barcas en el Port de Valldemossa.

No busco redención. Solo reposo. El dolor ya no es un castigo, sino un eco suave que me acompaña mientras el mar tararea su canción más antigua.

domingo, 4 de enero de 2026

Una elegancia perfectamente intemporal e inútil

El reloj marcaba las ocho y cuarenta y dos cuando Julián Devereaux —expublicista, amante ilustre, exmuchas cosas— entró al Café de Flore como si todavía tuviera veinte años y ninguna arruga fuera real. París lo envolvía con su acostumbrada indiferencia: ese tono gris perfecto que combina con los trajes de lino italiano y las resacas emocionales. Llevaba un abrigo de cachemir, gafas de sol a pesar de la lluvia y un ego al borde del colapso. Era jueves, el día en que se permitía recordar que una vez fue alguien.

—Un expreso, doble, sin preguntas —dijo al camarero, sin mirarlo.

Su reflejo en el cristal le devolvió la imagen de un hombre cuidadosamente desmoronado. El cabello aún teñido con disciplina prusiana, las manos esculpidas por la manicura como argumentos, y el reloj... siempre el reloj. Un Jaeger-LeCoultre de oro blanco, herencia de su padre y recordatorio constante de que el tiempo, como las mujeres, nunca le perteneció.

Julián había sido el rey de las campañas publicitarias de perfumes en los años noventa. Su especialidad: venderle a la gente la promesa de una vida que ni él mismo podía sostener. Su mayor talento no era la creatividad, sino el encanto: sabía exactamente cuánto silencio dejar entre una sonrisa y una mentira.

—Julián, eres brillante. ¿Te has planteado escribir un libro? —le dijo una vez Colette, la editora de moda que le rompió el corazón y, de paso, el ego.

—¿Y quitarle trabajo a los poetas desempleados? Jamás. —respondió él, fingiendo risa mientras se le helaban las tripas.

Desde entonces, acumuló amantes con la misma eficiencia con la que evitó la terapia. A los cincuenta y cinco, lo único constante en su vida era ese reloj y una colección de excusas tan bien diseñadas como las campañas que firmaba en su juventud.

El camarero regresó con un expreso.

—Señor, ¿algo más?

—Una segunda oportunidad. Pero dudo que esté en el menú.

El camarero se fue sin dignarse a sonreír. Julien suspiró, se quitó las gafas y observó el mundo como si le debía explicaciones. A su lado, una pareja joven discutía en susurros furiosos. Ella lloraba. Él parecía más preocupado por no arrugar su trench de Balenciaga.

—Ah, el amor en tiempos de internet —murmuró Julien, mientras recordaba a Lea, la única que estuvo cerca de hacerlo quedarse. Lea le había regalado un gato y una promesa. Él devolvió el gato y olvidó la promesa. No por crueldad, sino por hastío.

—Nunca sabes si estás huyendo de mí o de ti —le había dicho ella, sentada en su taller, con olor a pintura fresca y desesperanza.

“De ambos”, pensó entonces, pero sonrió como un idiota encantador y cambió de tema. Así había sobrevivido tantos años: desplazando la culpa con la elegancia de un bailarín borracho.

A las 9:17, llegó su cita: Thibault, un productor veinteañero que hablaba en hashtags y que pensaba que Warhol era un DJ. Julien fingió interés en su proyecto audiovisual—una mezcla de TikTok y teatro experimental—y asintió como si no estuviera a punto de llorar.

—Es que, Julien, lo que vendes tú ya no se vende. Ahora todo es emocional, disruptivo, espontáneo... ¿sabes?

—Ah, la espontaneidad planificada. El nuevo arte de fingir autenticidad. Me recuerda a mi segundo matrimonio —dijo Julien, encendiendo un cigarro sin filtro.

Thibault rio, sin entender del todo.

Cuando Thibault se marchó con promesas de colaboración y un aura de juventud insoportable, Julien se quedó mirando su reloj. Las 9:48. El mismo reloj que su padre le dio el día en que cumplió 30, tras una conversación lacónica y distante:

—Con esto, por lo menos llegarás tarde con estilo.

—Gracias, aunque tu afecto ha brillado siempre por su ausencia.

El reloj había presenciado todas sus derrotas: la campaña fallida, el amor fugaz, la paternidad postergada. Cada tic era un recordatorio elegante de su sistemática evasión.

Al salir del café, Julien se topó con un cartel que anunciaba una exposición de arte urbano titulada “La culpa es del sistema”. Sonrió con ironía. Toda su vida había culpado a otros de sus propios errores.

La culpa es de las mujeres —murmuró para sí—. Y de mi madre, que no supo abrazarme. Y de París, cuya belleza me distrajo del autoconocimiento.

La lluvia arreció. El Jaeger-LeCoultre brillaba bajo el agua como un trofeo que no le pertenecía. Y en ese instante, con la ciudad envolviéndolo en su indiferente calor, Julien pensó que quizás, solo quizás, la culpa era suya. Pero pasó un auto con una modelo riendo, y volvió a olvidarlo.

Dios, la juventud es tan bella cuando ignora su fugacidad —susurró.

Siguió caminando entre humo caro, pasos medidos y excusas cada vez más elaboradas. El reloj marcaba las 10:00. Y Julien, fiel a sí mismo, volvió a llegar tarde a la única cita que importaba: la que nunca quiso tener consigo.

domingo, 28 de diciembre de 2025

El telescopio en la colina

  

Durante siglos, la aldea de Caelum había permanecido como un remanso de tradición en medio de un océano de ignorancia. Allí, entre templos de piedra y rituales transmitidos durante generaciones, se rendía culto a las fuerzas invisibles que, decían, regían el destino de los humanos. Los ancianos hablaban de dioses que lanzaban rayos en los días de tormenta y espíritus que enfermaban a los niños cuando la luna menguaba. La vida era un tablero de caprichos, y la supervivencia, un juego de obediencia y temor.

Sin embargo, algo había cambiado en los últimos años. Un hombre, Elías Vargas, había llegado desde las tierras del sur. No traía talismanes ni promesas de salvación. No, traía un telescopio que instaló en la cima de la colina más alta, justo donde los lugareños colocaban ofrendas para calmar la ira del dios del cielo. Al principio se rieron de él, luego le temieron. Pero Elías, con una paciencia inconmensurable, comenzó a mostrarles algo que nunca antes habían visto: las lunas de Júpiter bailando a su alrededor, obedientes a un orden que ningún hechicero había invocado.

Aquella noche el cielo estaba despejado, como si el firmamento mismo hubiese decidido escuchar. Elías hablaba ante un círculo de aldeanos, la mayoría ancianos, los más jóvenes escondidos detrás de ellos, observaban con desconfianza.

—No necesito que creáis en mí —dijo Elías, con una voz que era suave pero firme como el acero templado—. Sólo os pido que observéis. Que miréis con vuestros propios ojos.

Elevó su mano, como si captara la atención del universo entero, y señaló el telescopio.

—Lo que veréis ahí no ni es magia ni son los caprichos de un dios. Son lunas orbitando un planeta, siguiendo leyes que podemos comprender, porque esas leyes no cambian. No se ofenden ni exigen sacrificios o plegarias.

Un murmullo recorrió a la multitud. Un anciano, con el rostro moldeado por el viento y el tiempo, fue el primero en acercarse. Puso el ojo en el visor. Su cuerpo tembló. No por miedo, sino por la súbita revelación de que el universo era, después de todo, un lugar ordenado.

Sin embargo, la verdadera prueba llegó semanas después.

Un temblor sacudió la tierra. Las casas de adobe crujieron como huesos bajo un peso antiguo. Un alud sepultó el río. Los aldeanos corrieron hacia los altares, desgarrando sus vestimentas, clamando por misericordia a los dioses que siempre los habían ignorado. La desesperación es el alimento de la superstición.

Pero Elías no se unió a ellos. En vez de eso, organizó a los más jóvenes, los que aún conservaban el brillo de la duda en sus ojos. Les enseñó a buscar grietas en el suelo, a construir rampas para desviar los escombros, a encontrar agua subterránea donde antes sólo veían roca.

—No es un castigo, es geología —les dijo mientras sus manos cavaban con el ímpetu de quien cree en el mañana—. La tierra se mueve porque así funciona este mundo. Es peligrosa, sí, pero no está viva ni odia. Si comprendemos sus reglas, podemos protegernos de su inconsciente furia desatada.

Los supervivientes no rezaron esa noche. Trabajaron. Y cuando finalmente descansaron bajo el cielo frío, uno de los muchachos preguntó:

—¿Cómo puedes estar tan seguro de que no hay magia en las estrellas, maestro Elías? —preguntó el estudiante con curiosidad—. ¿Cómo sabemos que todo tiene una explicación científica?

Elías sonrió sabiendo que esta pregunta llegaría eventualmente. —Nadie puede afirmar con absoluta certeza que no existe la magia— respondió —pero hasta ahora, todo lo que hemos observado en el cielo y en la tierra tiene causas naturales que podemos investigar y comprender a través de la observación y el experimento. Si algún día encontramos algo que se sale de nuestra comprensión actual, no lo llamaremos milagro sino misterio, un rompecabezas que nos falta resolver. Confía en que a través del estudio perseverante descubriremos las leyes que rigen el universo.

El joven estudiante contempló el firmamento de una nueva manera, viendo en él no dioses ni demonios sino un vasto campo de conocimiento por explorar.

Con el tiempo, la ciudad cambió su perspectiva. Donde antes había rituales ahora había laboratorios. Los libros de astrología fueron reemplazados por tratados de física celeste. En la plaza principal que alguna vez alojó hogueras piadosas, los pobladores se reunían ahora para discutir nuevas teorías sobre la formación de la Tierra.

Elías envejeció presenciando aquella transformación pacífica del saber. Aunque no alcanzó a ver todos los descubrimientos venideros, supo que había ayudado a encaminar a su pueblo hacia un camino de progreso guiado por la razón en lugar de la superstición.

Sus últimas palabras invitaron a mantener la mente abierta aún en los tiempos venideros: "Sigamos interrogando al universo con humildad y buscando en él las leyes que rijan su funcionamiento, en lugar de aferrarnos a conjeturas". "Si alguna vez os encontráis ante lo inesperado, recordad esto: no es el misterio quien guía las estrellas, ni el azar quien derriba los árboles en la tormenta. Es la naturaleza obediente a leyes que, aunque complejas y a veces incomprensibles, pueden ser desentrañadas mediante el estudio y la dedicación. La grandeza no está en inventar conjeturas infundadas, sino en desentrañar verdades a través de la investigación paciente y el espíritu crítico. Porque el cosmos es inteligible y ese hecho, por sí solo, representa el prodigio más asombroso de todos".

domingo, 21 de diciembre de 2025

Lo que el amanecer nos dio y nos robó

El reloj de la Stazione Porta Nuova marcaba una hora que nunca existió. Era una noche detenida en su propio eco, colgando como una lámpara rota sobre las calles mojadas de Turín. La lluvia caía fina, como un secreto mal contado, y los faroles temblaban con la luz amarilla de una melancolía vieja, de esas que uno arrastra sin saber bien de dónde viene.

Ella estaba allí, apoyada contra el quicio de una puerta cerrada. La gabardina oscura le rozaba los tobillos y un cigarrillo apagado le colgaba de los labios sin fuego. Cuando la vi, supe que era imposible salir de esa noche sin quemarse las manos. Se llamaba Lucía o algo que sonaba como el crujir de las hojas secas bajo las suelas. La boca le sabía a vino barato y a algo que me hizo olvidar quién era yo antes de besarla.

Turín olía a metal mojado, a río turbio y a tiempo extraviado. Caminábamos sin destino por la Via Roma, donde las vitrinas dormían vacías y nuestros reflejos iban a la deriva como barcos sin capitán. Nos mirábamos como quien intenta leer una carta escrita en un idioma olvidado, y cada palabra que nos decíamos abría una herida pequeña en el aire denso que nos envolvía. A veces me hablaba de Turín, de un tren que había perdido o inventado. Yo la escuchaba y no podía dejar de pensar que también la perdería a ella antes del amanecer.

En una habitación del quinto piso, en un hotel cuyo nombre no tiene importancia, el mundo se derrumbaba y resucitaba al compás de sus manos recorriéndome. Las persianas entreabiertas dejaban entrar la luz pálida de la ciudad, como si la ciudad también quisiera espiar ese instante y guardárselo para sí. Follamos con la desesperación de dos personas que sabían que nunca habría un después. Y, sin embargo, mentíamos. Susurrábamos promesas que nacían muertas, porque sabíamos que el amanecer es un asesino que no deja testigos.

Sus dedos dibujaron constelaciones invisibles en mi espalda. Me contó que, en algún lugar, tenía un nombre distinto. Que cuando llovía, ella aún recordaba a un hombre que bailaba mal, pero la hacía reír. Yo no le hablé de mi vida antes de esa noche, porque era como hablar de un muerto sin tumba. Y ella me besó con la ternura cruel de quien acaricia a un animal herido sabiendo que va a morir.

Al final, se vistió despacio. La luz del alba le pintaba el rostro con el gris desvaído del adiós. Yo la miré ponerse los zapatos como quien mira cerrar la última puerta de la última casa que podría haber sido hogar. Me dijo algo en voz baja, quizás mi nombre, o quizás un simple «adiós» que se quebró contra el suelo. Y se fue.

Caminé después por la ciudad vacía, con el olor de su piel aún pegado a mis manos. El Po arrastraba su corriente lenta y sucia bajo los puentes de piedra, y en cada esquina me parecía ver la sombra de su figura alejándose, aunque sabía que ya no estaba. Turín amanecía, indiferente y ajena, como un amante que nunca pregunta si has dormido bien.

Han pasado años desde aquella noche, pero a veces el viento trae el mismo perfume de lluvia vieja y tabaco, y entonces sé que ella aún vive en alguna parte de mí. Que ese cuarto anónimo sigue existiendo en un pliegue secreto del tiempo. Y que hay encuentros que nunca terminan, aunque la cama esté vacía y el mundo siga girando.

domingo, 14 de diciembre de 2025

Tal vez, Lucía

Ilustración: FolkcultureGallery

El cielo de la ciudad se abría como el pecho de un corredor agotado al final del día. Grises, morados y un último reflejo cobrizo en los cristales empañados de los edificios. Él caminaba sin rumbo cierto, apenas un temblor detrás de sus pasos, como si buscase algo que nunca supo perder. El ruido de los automóviles, los murmullos veloces de la gente al pasar, todo parecía un idioma que ya no comprendía. Llevaba los bolsillos llenos de preguntas que pesaban más que las llaves del apartamento vacío al que temía regresar.

Se llamaba Julián, aunque ya hacía tiempo que nadie pronunciaba su nombre en voz alta. Su nombre solo resonaba dentro de su cabeza, un eco tenue cuando abría la puerta por las noches y dejaba caer el abrigo sobre la silla. Y, sin embargo, había algo que lo mantenía despierto. Un hilo fino, casi invisible, que lo ataba a la posibilidad de un gesto, una palabra, algo. La señal.

Era ella. O la idea de ella. Lucía, con sus ojos como espejos gastados por el tiempo, con sus manos pequeñas que alguna vez sostuvieron su rostro como porcelana de otro siglo. Había dicho que lo pensaría. Que no estaba segura. Pero sus ojos, aquella última vez, tenían una sombra que Julián no había podido descifrar. Y entonces había empezado la espera.

Cada día repetía el ritual del café en la esquina de la plaza. Un café negro, fuerte, sin azúcar, como quien toma veneno por costumbre. Elegía siempre la mesa junto al ventanal, la misma donde ella había reído por primera vez con él. Imaginaba que si regresaba a sentarse allí, si permanecía lo suficiente, el mundo conspiraría para traerla de nuevo. Pero el mundo parecía ocupado en otros asuntos.

El viejo reloj de la torre marcaba horas inciertas, mientras bandadas de pájaros se precipitaban sobre las antenas como proyectiles sin convicción. Julián inspiraba profundamente, notando la humedad deslizarse por el cuello de su abrigo. Encendió un cigarrillo y observó el humo dibujar formas abstractas en el cristal. Ciertas tardes, juraba ver letras en la bruma. La “L” de Lucía flotaba brevemente antes de disolverse.

Pensaba: «Dame una señal, por pequeña que sea. Un discreto movimiento al cruzarnos. Un saludo fugaz. Un mensaje a deshoras. Algo que indique que lo lamentas, que lo consideras, que sigues ahí aunque distante. Dime que todo este tiempo no ha sido en vano».

Pero la ciudad no respondía. Solo ofrecía los intermitentes semáforos, el lejano rumor de un tren, la evanescente silueta de alguien que podría haber sido ella, pero nunca lo era.

La noche llegaba junto al temor a otro día sin respuesta. Y, sin embargo, se quedaba. Alguien debía esperar. Creía que la espera en sí era un lenguaje. Quizás, pensaba, Lucía interpretaba su quietud como un poema escrito con el cuerpo.

Julián regresó al apartamento cuando ya nadie más lo observaba. Apoyó la frente contra el marco de la ventana, buscando un resquicio de luz en algún lejano piso. Y entonces creyó discernir algo. Un tenue brillo, casi imperceptible. Podría ser el reflejo de un televisor, las llamas titilantes de otro mundo, o... quizás.

Sonrió. O algo similar a una sonrisa tembló en sus labios.

Al amanecer, volvería a la plaza. Quizá ese sería el día en que ella se sentara frente a él. O no.

domingo, 7 de diciembre de 2025

Un encuentro fortuito

Ilustración: Federico Murro

El atardecer traía consigo el preludio de la lluvia, aunque las gotas, testarudas, rehusaban caer. El cielo se encontraba cubierto por espesas nubes grises que amenazaban con desatar el aguacero en cualquier momento. Caminaba sin rumbo fijo, arrastrando los pies sobre las desconchadas aceras del barrio viejo, esas que suenan al quebrarse como huesos viejos. El aire era denso, como una despedida postergada sin sentido.

Sentada en un banco de madera, resguardado bajo el toldo azul de una anónima cafetería, se encontraba una mujer absorta en la lectura de un libro. Aunque no pude ver el título, reconocí el ejemplar por la forma en que sostenía las páginas entre sus manos, que parecían hablar con más elocuencia que cualquier palabra impresa. Al levantar la mirada y encontrarme con sus ojos, sentí que me conocía de siempre o que había estado esperando este encuentro en esa esquina.

Ninguno pronunció palabra al principio. Tan solo me regaló una media sonrisa que parecía encerrar todo el verano en un simple gesto. Había algo en su mirada que me hizo sentir ajeno a mí mismo, como si pudiera verse reflejado en ella como alguien mejor. Sin pensarlo demasiado, o pensándolo en exceso, me acerqué y nos sentamos uno junto al otro, rozándonos apenas, compartiendo el silencio, cuál lenguaje secreto.

Conversamos sobre nimiedades. Su infancia y la mía, un gato perdido, canciones que nunca volverían a sonar igual. Ella narraba con la delicadeza de quien teje un vestido con hilos de luz entre sus dedos desnudos. Yo respondía torpemente, temeroso de que mis palabras se quebraran al salir. Había en ella una gentileza que parecía haber sido olvidada por el mundo desde hacía siglos.

Me reveló su nombre al oído, el cual se me escapó al instante. A cambio, me obsequió una frase que parecía dirigida a ambos: «Hay trenes que pasan una sola vez y a veces no llevan a ningún lado, pero hay que subirse de todas formas». Sentí la necesidad de abrazarla o de huir, decidí quedarme inmóvil.

Sin darnos cuenta, el tiempo siguió su curso y la tarde dio paso a la noche, escondiendo sus últimos resquicios de luz entre sus pestañas. Ella se levantó la primera y antes de marcharse apoyó su mano sobre mi pecho, dejando algo ahí dentro. «No me busques», susurró, aunque no era una orden, sino un secreto.

Desde entonces he vuelto incontables veces a esa esquina buscando en vano el toldo, el banco, el libro misterioso. Pero todo permanece desvanecido. A veces pienso que fue una ilusión, un atisbo de otro tiempo que no me pertenece. Pero cuando cierro los ojos, aún siento el peso de su mano sobre mi pecho, sabiendo que algo cambió en mí aquella tarde de preludio de lluvia.

Un solo encuentro fue suficiente.

domingo, 30 de noviembre de 2025

La fragilidad también es fuerza

Ilustración: Rupi Kaur

Hay noches en que el mundo parece desmoronarse, como un castillo de naipes al soplo de un suspiro. Entonces, la oscuridad se condensa y cada aliento parece una derrota anticipada. Es en esas horas de silencio cuando aparecen. Los gigantes.

No comprendo de dónde surgen. A veces pienso que siempre han estado ahí, aguardando entre las sombras del temor, formándose en la negrura de la duda. Son inmensos, aunque jamás he logrado verlos en su totalidad. Solo atisbos: un perfil que se adivina, un rumor espeso que se desliza por la espalda, una sombra ajena a toda forma tangible. Y, sin embargo, cuando se aproximan, siento estremecerse la tierra bajo sus pasos inasibles. Hay algo antiquísimo en ellos, algo que posee la textura de sueños que olvidamos al despertar, pero que deja un peso que perdura todo el día.

Los diviso cuando intento caminar por calles que un día fueron mías y ahora se tuercen hacia lugares que no comprendo. Cuando miro mi rostro en los espejos velados, descubro un reflejo que no me reconoce. Ellos están allí. Pronuncian mi nombre de formas que lo hacen irreconocible, lo deforman hasta convertirlo en otra cosa: un eco vacío, una pregunta sin respuesta.

Me esfuerzo por mantenerme en pie. A veces, solo eso: la quietud vertical, el simple acto de no caer, parece un acto de valor indescriptible. Llenar los pulmones de aire se vuelve una soga que me ata a la vida, cada exhalación, una tregua cuya duración desconozco.

Los monstruos se alimentan de mis errores y dudas, creciendo ante cada instante de debilidad. Se fortalecen cuando bajo la mirada ante las adversidades, cuando vacilo ante la esperanza que alguna vez vislumbré en el horizonte. Pero en ocasiones logro enfrentarlos, aunque sea brevemente, y descubro que su tamaño mengua, aunque sea de manera imperceptible, que sus alientos se atemperan y sus voces se apagan.

A veces pienso que no son más que aire denso, aire pesado que lastima, pero aire a fin de cuentas. Y si algún día consigo cruzarlos como quien atraviesa una neblina onírica, quizás tras ellos aguarde algo más que este campo de batalla donde cada nuevo día es una herida abierta.

Hoy he seguido avanzando. Mis pasos resuenan huecos, como pisando la piel de un tambor ancestral. Pero sigo andando. Y aunque los monstruos persisten amenazantes, prometiendo mi ruina, prosigo en mi caminar. Mis manos tiemblan empuñando la esperanza, mi voz se afianza nombrando la vida. Y esta fragilidad, he comprendido, también es una forma de lucha.

Porque en la contienda brilla un fulgor extraño, late una dignidad que prescinde de la victoria. Y en esta danza con los monstruos, he descubierto que, mientras siga moviéndome, aunque sea en círculos, yo continúo escribiendo mi historia.

domingo, 23 de noviembre de 2025

La trampa de la competencia


Nunca fui el tipo de persona que dejaba correos sin responder o reuniones sin documentar. Al principio, me parecía una forma básica de respeto: contestar a tiempo, anticiparse a los problemas, presentar los informes antes de la fecha límite y con un índice perfectamente numerado. Supongo que eso me hizo destacar en un ecosistema donde la mayoría consideraba la bandeja de entrada como un cementerio y los plazos, una mera sugerencia.

Me contrataron como analista de operaciones en Integra Maioris Solutions, un nombre que sugiere grandeza y que, sin embargo, aloja las mismas rutinas grises y protocolos repetitivos de cualquier consultora multinacional. La descripción del puesto incluía la frase “posibilidades de crecimiento”, lo cual es un eufemismo elegante para “te cargaremos con todo el trabajo que nadie más quiere hacer”. Pero entonces no lo sabía. O, siendo honestos, decidí no verlo.

Fui eficiente. No en el sentido vacío que se menciona en las evaluaciones de rendimiento, sino en el real: resolvía conflictos entre departamentos antes de que fueran evidentes, encontraba los errores de otros sin la necesidad de que me lo pidieran y daba seguimiento hasta en asuntos que ni siquiera eran míos. Así, los informes de Jaime pasaron a tener mis gráficos, los balances de Mariana llevaban mis fórmulas, y las presentaciones de Pablo, mis conclusiones.

“Confío en tu criterio”, me decían, mientras me pasaban correos en copia oculta que exigían acciones urgentes… mías ahora, claro. Yo seguía pensando que, si mostraba compromiso, eventualmente alguien se daría cuenta. Pero en Integra, lo que realmente notan es a quien sube la escalera, no a quien la sostiene.

Vi a varios de mis compañeros ascender con una rapidez que desafiaba la lógica y el calendario fiscal. Eran buenos con las palabras y mejores aun eligiendo qué errores ignorar. Algunos se referían a la “visión estratégica”, aunque apenas leían los documentos de estado y las previsiones de la compañía. Otros sabían a quién invitar a los afterworks, mientras yo revisaba modelos de riesgo en casa. Yo trabajaba; ellos crecían.

“Es cuestión de tiempo”, solía repetirme mientras asumía una responsabilidad nueva, como si fuera una promoción. Pero lo cierto es que no recibía aumentos ni buenas valoraciones, solo tareas adicionales. El reconocimiento consistía en que nadie me molestaba durante las reuniones: sabían que yo ya traía todo resuelto. El aplauso era un silencio administrativo.

Hace poco, mientras actualizaba un tablero de control que antes llevaba el gerente de proyectos (despedido por inútil en un ERE elegante y silencioso), recibí una llamada de Recursos Humanos. Al parecer, alguien se había quejado por el tono en que respondía al teléfono. Me explicaron, con esa cortesía profesional que recuerda al mármol pulido, que la actitud telefónica transmite el clima interno de la compañía y que debo contribuir a un entorno positivo.

Ahora tengo un post it pegado al monitor que dice: “Buenos días, habla Tomás. ¿En qué puedo ayudarte?”, con una sonrisa que jamás se refleja en mi rostro.

Pero aún me sale natural contestar como lo hice durante meses, antes de que me llamaran la atención.

RRHH dice que ya no se me permite contestar al teléfono con un “¡Joder! ¿Y ahora qué?”

domingo, 16 de noviembre de 2025

El arte de regresar

Un hombre, en mitad de la plaza vacía, sostenía un periódico al revés. La tinta escurría de los titulares como si estuviera recién impresa y las fotografías parecían mirarlo a él, como si fueran ellas quienes hojeaban su rostro. Leía de atrás hacia delante, sin prisa, como quien desanda un camino conocido. Fue entonces cuando pensé en ella.

Una mujer de ochenta años, con la piel trenzada por la paciencia del tiempo, se sentaba cada tarde junto a una ventana que daba a ninguna parte. Su respiración era lenta, como el viento que acaricia las cortinas sin intención de entrar. Un día cerró los ojos, no para morir, sino para abrirlos en el instante anterior. La cama de hospital desapareció, y sus piernas se alzaron fuertes y caminó hacia atrás, desandando pasillos que se convertían de nuevo en jardines. Los adioses murmurados en voz baja se convertían en saludos largos, efusivos, de esos que aún creen en el porvenir.

Sus manos, tan temblorosas como ramas sin nido, se fueron llenando de firmeza. Las arrugas de sus dedos se alisaron mientras devolvía cartas a los buzones, regalos a los escaparates, caricias al aire antes de que nadie las necesitara. El bastón cayó al suelo, deshecho en madera, y sus cabellos, como ríos oscuros, fluyeron hacia el color de la noche primera.

La mujer desandaba los años sin que el mundo lo notara. El amor de su vida, a quien había enterrado hacía décadas, emergía de la tierra con el aliento intacto, su risa fresca como una palabra recién inventada. Los hijos regresaban a su vientre con la inocencia de quienes no conocen la pérdida. Ella misma olvidaba el dolor con la serenidad de quien no sabe aún que existe.

Las cicatrices se cerraban, los huesos se aligeraban y su mirada perdía la resignación para llenarse de preguntas nuevas. Jugaba en patios donde las flores nacían al paso inverso de sus pasos, y las despedidas escolares eran bienvenidas. Su boca aprendía a hablar deshablando, regresando al balbuceo primitivo, a la risa sin motivo, al llanto sin tristeza.

El tiempo, al revés, era un río que devolvía cada pez a su huevo, cada hoja a su rama, cada sombra a su dueño. Finalmente, la mujer no fue mujer, sino niña, y después menos que niña: fue posibilidad, fue deseo, fue la nada que espera su turno para volverse carne.

Miré otra vez al hombre del periódico. Había llegado a la portada, la última página. Cerró el diario como quien cierra una vida, pero con la certeza de que todo puede abrirse de nuevo si se aprende a leer al revés. Pensé que tal vez la vida no es más que una ilusión impresa en un papel endeble y que lo importante no es hacia dónde se lee, sino con qué ojos.

domingo, 9 de noviembre de 2025

Manual de incendios para oficinistas

No fue un pensamiento, ni siquiera una corazonada. Fue un tambor primitivo golpeando contra las costillas, retumbando en el plexo solar mientras el último anuncio publicitario parpadeaba sobre la avenida.

"¡Rebajas del fin del mundo!", decía, y Deucalión sonrió, mostrando los dientes como un animal que, de pronto, recuerda que está vivo.

La ciudad sudaba electricidad. Los semáforos colgaban como frutas maduras a punto de desprenderse, los edificios respiraban con ventiladores mecánicos, el asfalto parecía a punto de derretirse y tragarse a todos los oficinistas que cruzaban en estampida los pasos peatonales. Deucalión, ese oficinista entre miles, llevaba veinte años programando ascensores.

No metáforas. Ascensores reales.

—Subir. Bajar. Parar en el piso equivocado—, murmuraba mientras firmaba la renuncia en el reverso de una factura de la luz.

Esa tarde, con un bidón rojo en la mano derecha y un mechero azul en la izquierda, subió hasta su apartamento en el tercer piso.

Cada escalón sonaba como arrancarle las costillas a una ballena varada.

Cada puerta que dejaba atrás era un latido menos en la máquina monstruosa de la normalidad.

Entró en su casa, recogió los álbumes de fotos que nunca había abierto, los trajes gris pizarra que usaba los lunes y los papeles con palabras que ya no significaban nada. Les echó gasolina como si fueran plantas sedientas. La alfombra bebió, los libros gimieron un instante antes de empaparse.

Y cuando el fuego empezó a bailar, Deucalión también bailó.

Una danza epiléptica, tribal, absurda.

Bailó mientras las cortinas ardían como lenguas de demonios infantiles, mientras el sofá se derretía en una mueca negra, mientras los cuadros con marinas serenas se retorcían como peces asfixiados.

Bailó sin música. O mejor dicho, al ritmo de la sirena lejana de los bomberos y el zumbido de los transformadores explotando en cadena.

El fuego lo miraba con ojos de insecto: múltiples, indiferentes, hambrientos. Y Deucalión le devolvía la mirada con algo parecido al amor.

Cuando el techo se cayó como un telón de teatro barato, se arrastró fuera del edificio, cubierto de cenizas y sonrisas.

domingo, 2 de noviembre de 2025

Durmiendo sobre amianto: la exaltación de la irracionalidad en la era de la polarización

 

“Me encanta la idea de que si hoy se publicara la noticia de que el amianto es problemático, un subgrupo de gente publicaría fotos de ellos durmiendo en él o esnifándolo o algo así”. La metáfora es cruda, pero captura con precisión la deriva absurda a la que nos empuja la polarización ideológica en el mundo occidental. Imaginar a alguien inhalando amianto como acto de rebeldía no resulta disparatado en un escenario donde el rechazo a la evidencia se convierte en una bandera de identidad y pertenencia, como sucede con las vacunas.

En la actualidad, las sociedades democráticas atraviesan un momento de creciente fragmentación. La desconfianza hacia la ciencia, las instituciones y los consensos básicos sobre la realidad objetiva se ha instalado en sectores significativos de la población. La polarización, lejos de limitarse a un legítimo disenso político, ha evolucionado hacia trincheras irreconciliables donde el simple reconocimiento de hechos compartidos se convierte en territorio disputado. La reacción instintiva de ciertos grupos no es evaluar la información disponible, sino determinar a qué bando beneficia, para luego adoptar la postura contraria por puro reflejo identitario. Así, si un estudio advierte sobre el peligro de un contaminante, no faltarán quienes respondan con fotos desafiantes: “aquí estoy, durmiendo sobre amianto”. Es el gesto demostrativo de una época que confunde la resistencia al poder con la negación sistemática del conocimiento.

Las causas de este fenómeno son múltiples y complejas. La desinformación, amplificada por algoritmos que premian la indignación y la simplicidad, ofrece narrativas confortables para quienes desconfían de la complejidad del mundo. Las burbujas ideológicas en redes sociales refuerzan visiones maniqueas donde el otro es percibido no como un adversario legítimo, sino como un enemigo moral. El tribalismo digital convierte cualquier discrepancia en un ataque personal, y la pertenencia a una comunidad pasa a depender de demostrar lealtad incondicional a un relato, aunque este contradiga la evidencia más elemental. La ciencia, entendida como un proceso revisable y perfeccionable, es presentada como un dogma interesado, incapaz de ofrecer certezas absolutas y, por tanto, sospechosa de manipulación. Esto erosiona la legitimidad de las instituciones democráticas, que se perciben al servicio de élites desconectadas de “la gente común”.

Las consecuencias son evidentes. El debate público se degrada hasta convertirse en un campo de batalla emocional, donde la búsqueda de verdad es sustituida por la necesidad de reafirmar identidades. Las políticas públicas, incluso las más urgentes como la respuesta al cambio climático o la gestión sanitaria, se paralizan ante la incapacidad de establecer un mínimo consenso racional. La democracia liberal, que requiere ciudadanos capaces de deliberar sobre hechos compartidos, se resiente cuando las diferencias políticas se convierten en guerras culturales de suma cero. Y en esa lógica, la cohesión social se fractura: el otro no es un conciudadano, sino un traidor, un vendido o un peligro.

Sin embargo, la salida no pasa por una cruzada moralizante que refuerce la superioridad de unos sobre otros. La pedagogía del desprecio solo ahonda el resentimiento. Se necesita reconstruir espacios donde el desacuerdo no implique deshumanización y donde la verdad no sea rehén de las afinidades tribales. Reaprender a dudar, a escuchar y a admitir la falibilidad propia son actos subversivos en tiempos de certezas incuestionables. La ciencia no es infalible, pero es el mejor instrumento que tenemos para aproximarnos a la realidad; y el diálogo racional, aunque imperfecto, sigue siendo la condición de posibilidad para cualquier proyecto democrático que aspire a algo más que la mera supervivencia.

domingo, 26 de octubre de 2025

Versión completa

Anoche tuve un sueño peculiar. El mar estaba quieto, sin olas ni viento en el horizonte. Solo la superficie inmóvil, tan perfecta, que al mirarla sentí un mareo. Desperté jadeando, con la garganta seca, como si hubiera gritado en silencio. A veces pienso que mis sueños ya no son propios, que otros los eligen por mí. Lo curioso es que no me importa. Me he acostumbrado a su catálogo.

Dicen que el sueño es un anticipo gratuito de la muerte. Si eso es cierto, los sueños serían anuncios que intentan vendernos algo que no sabemos si queremos. Desde pequeños nos entrenan para aceptarlo: dormimos un tercio de la vida y creemos que es descanso. Pero ahora sospecho que es solo un adelanto. Una muestra. Una promesa que nunca se cumple del todo.

En algún momento me convencí de que debía haber más. Que cuando muriera de verdad, tendría derecho a la versión completa. Sin interrupciones. Sin esas imágenes impuestas que se cuelan en mis noches como vendedores desesperados. Y entonces me asaltó una duda que me cuesta desalojar: ¿y si vivir es el precio? ¿Y si cada día, cada decisión, cada pérdida es el precio que pagamos para merecer el silencio absoluto?

El otro día vi a un hombre morir. Sus ojos se abrieron por última vez y juro que vi algo que no puedo explicar. No fue miedo. Tampoco alivio. Fue otra cosa, como si al fin le hubieran entregado la clave de acceso. Me quedé observándolo mucho después de que los otros se hubieran ido. Imaginé su conciencia alejándose, deslizándose a través de esa puerta, dejando atrás los anuncios, las ofertas, los intentos de convencerlo de algo.

Ahora, cuando cierro los ojos, escucho un leve zumbido, como si alguien estuviera ajustando el volumen de una frecuencia lejana. Y me pregunto si es la última llamada, o solo otro aviso disfrazado de epifanía. Sea como sea, sigo pagando. Respiro, camino, recuerdo nombres que ya no significan nada. Pero sigo.

Espero que algún día, cuando llegue mi turno, alguien apague por fin todas las luces. Que se terminen los mensajes. Que encuentre ese mar quieto otra vez, pero esta vez, sin mareos.

Esta vez, sin regresar.

domingo, 19 de octubre de 2025

De cómo el pastel de riñones y la conversación de Lady Mildred conquistaron los siete mares

Se dice que el Imperio Británico se forjó sobre los mares, impulsado por la bravura de sus marinos, la superioridad de su técnica y la inquebrantable determinación de llevar la civilización (y el té de las cinco) a cada rincón del orbe. Todo eso, por supuesto, es una completa falacia. La verdad, conocida en los salones más selectos de Londres, pero cuidadosamente silenciada por los historiadores oficiales, es mucho más sencilla y considerablemente más trágica: los británicos se convirtieron en los mejores marinos del mundo porque preferían enfrentar tifones, piratas y el escorbuto antes que quedarse a cenar en casa.

Imaginemos, si se quiere, al joven Timothy Paddington-Smythe, heredero de una distinguida línea de caballeros cuya mayor hazaña había sido mantener los labios firmemente sellados mientras degustaban un estofado de cordero que, por textura y sabor, recordaba sospechosamente a la suela de un zapato usado en la campaña de Crimea. Timothy, como tantos otros de su época, había pasado los mejores años de su juventud participando en eternos banquetes familiares, donde se le ofrecía un menú que consistía, básicamente, en todo aquello que la naturaleza había destinado a no ser comido: anguila en gelatina, col hervida hasta rendirse al desaliento y el infame pastel de riñones, cuyo aroma bastaba para que los canarios de la casa se desmayaran en sus jaulas.

Si esto no fuera suficiente estímulo para buscar horizontes más apetitosos, estaba siempre la encantadora compañía de las damas del momento. Lady Mildred Higginbotham, por ejemplo, era conocida en toda la comarca por su habilidad para hablar durante seis horas consecutivas sobre los méritos comparativos del lino irlandés frente al escocés, sin una sola pausa para respirar ni, lo que es peor, para pensar. Las mujeres británicas, decían algunos, tenían la belleza etérea de las nieblas del Támesis; es decir, pálidas, frías y propensas a desaparecer en cuanto uno intentaba acercarse demasiado.

Así fue como Timothy, una noche particularmente memorable después de soportar un suflé de riñones que colapsó bajo su propio peso moral y una conversación de Lady Mildred sobre la mejor forma de remendar un calcetín de lana, tomó la decisión que cambiaría la historia del mundo. Se alistó en la Marina Real.

Al principio, muchos pensaron que era un impulso juvenil, una fase, como la costumbre de los jóvenes de entonces de coleccionar insectos muertos o aprender sánscrito. Pero cuando, a la semana siguiente, todos los varones de su club de lectura hicieron lo mismo, los altos mandos navales comprendieron que estaban ante algo grande.

En el mar, por supuesto, las condiciones eran atroces. Las raciones consistían en galletas que crujían menos por su textura y más por la presencia constante de gorgojos; el agua potable era un concepto teórico, y el ron fluía como única medicina contra el tedio y la humedad. Sin embargo, cualquier marinero habría preferido mil veces el escorbuto antes que el menú del Club de Caballeros de Cheltenham o la mirada inquisitiva de Lady Mildred al preguntar por qué uno llevaba los calcetines desparejados.

Así, por huir del pastel de anguila y de la conversación acerca de las virtudes del encaje de Nottingham, los marinos británicos zarparon una y otra vez. Descubrieron nuevas tierras, fundaron colonias, comerciaron especias (aunque, en un giro irónico, nunca consideraron usarlas en su propia cocina) y construyeron un imperio sobre la base del miedo visceral a volver a casa.

Es importante señalar que, siglos después, esta tradición se mantiene viva. Basta visitar cualquier pub de Portsmouth y escuchar a los marineros veteranos murmurar sobre la cocina de su infancia con el mismo tono con que otros narran tragedias épicas. La Royal Navy jamás ha olvidado su verdadero motor: la huida gloriosa del estofado de riñones y las conversaciones eternas sobre la temporada de cosecha de guisantes.