A las siete en punto, el misterioso Maestro Aminal corrió las cortinas de terciopelo morado con un movimiento elegante, pero calculado, como si una cortina invisible separara el mundo cotidiano del reino de los secretos. Su modesto consultorio, una pequeña tienda modificada en el barrio de Vallecas con papel tapiz decorado con figuras doradas, olía a una mezcla indescifrable de alcanfor, cera y lavanda sintética. A continuación, prendió el incienso barato que compraba al por mayor en un bazar pakistaní y tomó asiento frente a su mesa oscurecida por el paso del tiempo, rodeado de amuletos, frascos con líquidos oscuros y cartas marcadas por décadas de uso.
Durante tres décadas y media, este hombre que en realidad se llamaba Lorenzo Aguado había sobrevivido gracias a las esperanzas ajenas. «El misterioso Maestro Aminal, el gran vidente. ¡Resultados garantizados en tres días: amor, dinero, salud, juegos, protección! ¡No hay caso imposible!», rezaban sus octavillas protegidas con plástico, clavadas con alfileres en los tablones de anuncios de herboristerías, peluquerías y locutorios. Este era su único gasto en mercadotecnia, además del número de WhatsApp que escribía a mano en las paradas de autobús.
Sus clientes —mujeres solitarias, hombres abatidos, inmigrantes con las maletas llenas de nostalgia y miedo— llegaban con los ojos ardiendo de ansiedad. Él los escuchaba, asentía en silencio, se tocaba la sien como si tuviera una revelación y soltaba frases enigmáticas: «Tu aura tiene interferencias... alguien te ha lanzado un maleficio» o «el amor está cerca, pero debes limpiar los caminos». Después cobraba por la consulta, vendía un preparado de hierbas para baños rituales o una vela con un nombre rimbombante. Pocos regresaban. Algunos sí, con la fe magullada, pero aún lo suficientemente firme como para repetir.
La rutina ofrecía a Aminal una delgada protección como una frágil corteza. En sus horas de melancolía, ojeaba viejos libros de astrología o garabateaba frases en un cuaderno: «La verdadera magia reside en sobrevivir a la ilusión», «Los milagros solo existen en la imaginación». Lo hacía sin ironía, como quien deja ir una botella con un mensaje al mar. A sus cincuenta y ocho años, con el hígado y las manos cada vez más débiles, comenzaba a vislumbrar el vacío escondido tras la cortina de su día a día.
Su piso, un par de calles arriba de la consulta, era un mundo ajeno a las horas y a los espejos. Dormía mal y comía peor. Por las noches se acostaba con la televisión encendida en canales de misterio y loterías, en una especie de comunión melancólica con otros soñadores.
Una tarde de invierno, mientras el frío colgaba del cielo como una cortina mojada, llegó una mujer que sacudió la tranquilidad de sus días. Tendría unos cuarenta años, iba vestida de manera sencilla pero elegante, y traía una carpeta negra entre sus brazos. Dijo llamarse Clara, y que no buscaba amor ni dinero, solo respuestas.
—Mi madre vino a verlo hace años. Usted le dijo que el cáncer se debía a la envidia de otros —dijo, sin rencor pero sin titubeos—. Murió seis meses después. Yo no creo en lo que hace, pero necesito entender por qué lo hace.
Aminal la miró como si de repente le hubieran quitado el suelo bajo sus pies. No supo qué decir. Tartamudeó una frase sobre los misterios del destino, pero ella le cortó con una firmeza gentil:
—No me mienta ahora. No voy a denunciarlo ni busco venganza. Solo quiero saber cómo duerme usted por las noches.
Fue entonces cuando ocurrió un giro inesperado en su vida rutinaria. Algo dentro de él comenzó a desmoronarse de forma gradual: un pequeño cambio en su tono de voz, una sutil modificación en su actitud. Él, que tantas historias había fingido en el pasado, guardó silencio repentinamente.
No he podido conciliar el sueño durante años -reconoció con voz apagada y sincera- Ya ni recuerdo la última vez que me sentí verdaderamente descansado.
Ella se sentó frente a él sin pedir permiso, movida por la curiosidad. Sacó una grabadora y la dejó sobre la mesa entre ambos.
Cuénteme su historia. Me gustaría escribir un artículo sobre usted, no para juzgarlo, sino como ejemplo.
Él sonrió, más por cansancio que con ironía.
¿Ejemplo de qué?
De cómo se sobrevive fingiendo ser alguien distinto. De las mentiras en las que nos aferramos y que también nos destruyen.
Durante dos horas se abrió como nunca antes lo había hecho. No intentó convencerla ni justificarse, más bien liberó todo aquello que guardaba dentro. Le confesó sobre el accidente de su hermano, los años mendigando en la estación de Atocha, aquel día en que una mujer le pagó mil pesetas por un hechizo y descubrió que eso dolía menos que pedir limosna. Le habló del miedo, la vergüenza, y esa esperanza absurda de que algún día todo cambiaría sin necesidad de mover un dedo.
Cuando Clara se fue, le dejó su tarjeta. Trabajaba en una revista cultural. Quizás, propuso, podrían hacer una pieza larga con su historia, algo diferente.
Esa noche, Aminal no encendió el incienso como de costumbre. Se sentó en su sillón con la televisión apagada, mirando una foto vieja de su madre pegada en un cartón. En el silencio, sintió algo parecido a una rendija de luz abrirse en su interior.
Por un instante, la incertidumbre acerca de las posibles consecuencias de revelar la verdad lo paralizó. Sin embargo, una esperanza largamente olvidada renació en su interior al desear ardientemente que sus recuerdos coincidieran con los hechos.













