A esa hora, los charcos se repetían con una insistencia casi cruel, y los neones gastados de un bar de copas apenas alumbraban la sombra oblicua de un puente que servía de techo a un cartón extendido. El viento no soplaba: empujaba. Y él caminaba desde hacía horas con la cabeza agachada, el cuello del abrigo subido y los zapatos empapados.
No tenía claro por qué acudía a verla. Habían pasado semanas, quizá meses, desde la última vez que compartieron algo más que silencio. Y, sin embargo, en aquella noche sucia y hostil, la idea de verla se impuso como un instinto. Como un animal herido que vuelve al arbusto donde se refugió de pequeño.
En la esquina de Bravo Murillo con Raimundo Fernández Villaverde, la lluvia caía con más rabia. La acera estaba salpicada de colillas mojadas, restos de papel grasiento y un coche con las ventanillas empañadas, donde una pareja discutía sin moverse de sus asientos. Cruzó sin mirar. No había nadie que quisiera atropellarle.
Marina vivía en un piso interior, sin ascensor. La puerta de su edificio se abría mal: había que empujar con la rodilla y un poco con el alma. Él subió los escalones contándolos, como cuando era pequeño y su madre le decía que el miedo se vencía haciendo las cosas con precisión.
Ella abrió sin preguntar quién era.
—Pensé que estabas muerto o que te habías ido para siempre —dijo, sin rencor ni alegría.
No se miraron. Él entró, empapado, con un olor metálico que se mezclaba con el aroma a tabaco. Arrojó el abrigo sobre una silla sin fijarse. El cuarto estaba casi a oscuras, iluminado únicamente por una lámpara junto al sofá, donde se amontonaban libros y revistas viejas. En la mesa baja había una taza medio vacía y un cenicero con colillas recientes. La radio sonaba en voz baja con un locutor que hablaba de política.
—No sabía a dónde ir —dijo él en tono de disculpa, apoyándose en la librería.
Marina no contestó de inmediato. Fue hasta la cocina y regresó con un vaso de hierbas mallorquinas que dejó frente a él. Después tomó asiento, arropándose con una bata azul descolorida.
—Esta no es una posada —comentó al cabo de unos momentos—. No puedo ofrecer alojamiento. Ni siquiera para mí misma.
—Lo entiendo —respondió él con una media sonrisa cansada—. Pero no tengo otro lugar adonde ir.
El silencio se instaló entre ellos, espeso y cálido. Afuera, la lluvia golpeaba el cristal sin ritmo alguno.
Ella encendió un pitillo y le ofreció otro. Fumaron sin hablar. Él pensó en la oficina, en la cara vacía de su jefe, en los cafés tibios y en los compañeros que hablaban de fútbol para no hablar de sus propias vidas. Pensó también en las noches de insomnio. En la radio como único consuelo. En los pasos resonando por los pasillos vacíos de su edificio.
Ella se acercó a la ventana y la abrió un poco. Entró aire húmedo y fresco. Luego se volvió hacia él.
—No te quedes si mañana vas a desaparecer de nuevo sin avisar.
Él no respondió enseguida.
Se acercó y apoyó la cabeza en su hombro.
Marina no dijo nada. Se limitó a posar una mano sobre su espalda.
La lluvia seguía golpeando los cristales. La radio continuaba murmurando noticias que ninguno de los dos escuchaba.













