Querido extraño, o tal vez querido yo mismo, si todavía queda algo en mí que esté escuchando:
No escribo por nostalgia ni por redención. Escribo porque no sé hacer otra cosa con todo esto que me pesa. Quizá algún día alguien encuentre estas palabras y le sirvan de algo.
Desearía haber tenido la valentía de vivir de acuerdo con lo que quería.
Tenía diecisiete años cuando decidí estudiar Derecho. No porque me apasionara, sino porque mi padre era abogado y mi abuelo también lo había sido. Todavía recuerdo el despacho: el olor a cuero, caoba y tabaco, los retratos antiguos en sepia, aquel silencio solemne. Era lo que se esperaba de mí.
Yo quería escribir. Llenaba cuadernos de historias y poemas, pero acabé guardándolos en una caja al fondo del armario. Todavía la conservo.
Era buen estudiante y sabía comportarme como se esperaba. En las reuniones familiares hablaban de mi futuro con satisfacción, como si todo estuviera ya decidido. Nadie me preguntó qué quería yo. Tampoco recuerdo haber tenido el valor de decirlo.
Una vez envié un relato a una revista literaria. Me lo devolvieron sin explicación. Lo rompí y durante años fingí que aquello no había significado nada.
Sí había significado algo.
Desearía no haber trabajado tanto.
Trabajé incluso cuando no hacía falta. No por ambición, sino por miedo: a quedarme atrás, a decepcionar, a no estar a la altura.
Conseguí clientes, ascendí y fui dejando cosas por el camino. Domingos con mi familia. Cumpleaños. Veranos que siempre creía que podría recuperar al año siguiente.
Recuerdo a Clara apoyada en la puerta del dormitorio, con el camisón arrugado.
—¿Otra vez tan tarde?
Yo asentía y seguía adelante.
Mis hijos aprendieron a dormirse sin mí. Alguna vez me preguntaron si el trabajo era más importante que ellos. Yo me reía. Nunca les respondía de verdad.
Ahora ya no hay llamadas ni reuniones que me ocupen el día y me pregunto para qué sirvió tanto esfuerzo. Queda el dinero, sí. Pero también demasiadas noches bajo la luz de una oficina cuando podría haber estado en casa.
Y ya no puedo recuperar ninguna.
Desearía haber dicho lo que sentía.
Siempre fui reservado. Decían que era serio, incluso elegante en mis silencios. Durante mucho tiempo quise creerlo. La verdad es que muchas veces callaba por miedo.
Quise a muchas personas más de lo que fui capaz de decirles. Perdí amigos y familiares sin haber pronunciado a tiempo cosas muy sencillas: «te echo de menos», «me haces falta», «perdóname».
Durante años guardé sin abrir una carta de mi madre. Me hablaba de su soledad después de la muerte de mi padre. No fui capaz de leerla mientras ella vivía. Pensé que habría tiempo.
No lo hubo.
Durante años confundí el silencio con prudencia. Ahora, mientras me cuesta respirar, sé que algunas de las palabras que más pesan son precisamente las que nunca dije.
También desearía haber cuidado mejor a mis amigos.
Solemos culpar al tiempo, pero no creo que fuera el tiempo lo que nos separó. Fue la costumbre de aplazarlo todo.
De joven tuve amigos de verdad: compañeros de viajes, de cervezas, de conversaciones que duraban hasta la madrugada. Luego llegaron los hijos, el trabajo, las mudanzas. Empezamos a llamarnos menos. Siempre pensaba que ya nos veríamos en Navidad, en verano, el año siguiente.
A veces veía sus nombres en el móvil y no llamaba. Después de tanto silencio me daba vergüenza hacerlo sin una razón.
Ahora apenas sé dónde están algunos.
Los echo de menos de una manera que no esperaba.
Quizá lo que más me cuesta admitir es que podría haber sido más feliz.
No hablo de grandes acontecimientos. Pienso en cosas pequeñas: una tarde sin prisa, un paseo, una risa que no necesitara explicación.
Tuve momentos así. El problema es que casi siempre estaba esperando otra cosa.
Primero sería el ascenso. Después, una casa mejor. Luego llegaría el descanso.
Nunca llegaba.
Siempre había algo pendiente, algo que resolver, algo que todavía no estaba bien. Hasta la alegría me incomodaba. Me parecía una distracción de personas menos serias que yo.
Qué absurdo me parece ahora.
Si has llegado hasta aquí, solo quisiera pedirte una cosa: no des por hecho que habrá tiempo.
Llama a quien tengas que llamar. Di lo que no estés diciendo. Y, si existe algo que llevas años posponiendo porque no encaja con la vida que otros imaginaron para ti, al menos pregúntate cuánto más estás dispuesto a aplazarlo.
Yo ya estoy despidiéndome.
Y lo más difícil no ha sido aceptar que voy a morir, sino comprender cuánto dejé sin vivir.
A.













