domingo, 14 de junio de 2026

Fiel a la herida

Pronto se dio cuenta de que en este lugar las ofensas eran olvidadas rápidamente; como si la tradición de aceptar todo hubiera permeado la sociedad hasta lo más profundo de su ser. Pero Marina no se conformaba con eso. No señora. Mientras caminaba decidida y firme por las callejuelas envueltas en la tibia neblina de un domingo corriente, pensaba: aquí no he venido para agachar la cabeza.

—Debes seguir adelante —le había aconsejado su madre mientras preparaba café, como si no acabara de reconocer que su hija había sido avergonzada frente a todos y despedida de su trabajo en la editorial por el mismo hombre que la había ascendido anteriormente. El mismo individuo que durante encuentros y confesiones le había prometido un futuro próspero y que ahora se desvanecía como la espuma de una cerveza mal tirada.

Sobrellevarlo y dejarlo ir sin guardar resentimiento son como tiritas mal colocadas en una herida que se niega a sanar; Marina prefería que luciera roja y vibrante como un estandarte.

En el barrio donde se conocían todos, despertaba miradas entre las vecinas: algunas cargadas de compasión y otras llenas de una curiosidad maliciosa. Pese a todo ello, y ante cualquier recomendación de seguir adelante que recibía de alguien más cercano, ella respondía siempre sonriendo, aunque la sonrisa tuviera un asomo de frialdad, mientras percibía cómo un fuego pequeño y obstinado se avivaba aún más intensamente en su pecho.

¿Qué razón había para perdonar?
¿Ser aceptado nuevamente, de volver a formar parte del cálido círculo de los resignados?

Perdonar significaba eliminar el insultado y aceptar las reglas injustas de un juego en el que no había tenido papel alguno en su creación. Por primera vez en mucho tiempo, Marina optó por no olvidar y no fue algo pasional, sino una decisión dolorosamente lúcida, como quien elige no taparse los oídos para no escuchar el estrépito de un edificio que se derrumba.

Caminaba por las calles impregnadas del aroma de gasolina y pan recién horneado; las mismas calles donde la indiferencia reinaba como un dios invisible pero poderoso. En su paseo murmuraba para sí como en una letanía: “No perdones; no les concedas ese privilegio tan injusto. No olvides; no vendas tu herida por un banquete de sonrisas hipócritas”.

Sabía que la resistencia no venía acompañada de himnos ni aplausos y que mantener la dignidad implicaba caminar en solitario en múltiples ocasiones; rechazar la mano que se ofrecía solo para intentar encubrir el daño causado por otros era su elección constante. No ansiaba venganza, sino algo más íntimo y valioso: preservar celosamente de sus propios recuerdos.

Se acercó al parque donde solía disfrutar de la lectura antes de que todo cambiara drásticamente. Eligió un banco desgastado y observó a su alrededor: risas de niños en el aire, perros que ladraban y madres charlando animadamente. El mundo continuaba su curso irracional y persistente, como si la traición no hubiera dejado una huella invisible en la realidad.

En contraste, ella apretaba su herida como si sostuviera un libro que nunca tuviera la intención de cerrar.

Sería suya.
No la rechazaría ni la embellecería.
Sería un acto de resistencia propio.

Cuando algún amigo bienintencionado le sugiriera nuevamente: “¿No crees que ya es tiempo de perdonar?", ella respondería sonriendo de la misma manera, pero expresando su decisión firme de no ceder. “No puedo perdonar porque eso sería ir en contra de lo que soy realmente y eso es algo que no puedo comprometer”.

Marina continuaba avanzando mientras algunos olvidaban y otros sacrificaban su orgullo por una tranquilidad efímera.

Donde algunos elegían olvidar el pasado reciente de manera conveniente; ella optaba por nutrir y proteger esos recuerdos como si fueran secretos personales preciados en un jardín privado y especial creado exclusivamente para resguardarlos. En ese espacio íntimo y único que cuidaba celosamente contra viento y marea nacería una sola flor que merecería toda su atención y esfuerzo para florecer radiante y hermosamente en medio de la adversidad diaria y los desafíos constantes que enfrentara; esa flor representaría su dignidad personal indestructible e invicta que nadie podría marchitar ni pisotear.

domingo, 7 de junio de 2026

Fragmentos de un reloj que soñaba con desaparecer


Ghil Gam Szh nació cuando un engranaje de cobre suspiró sobre una nube fatigada. Su primer llanto fue el tintineo de cien mil péndulos partiéndose. Gobernaba Urûk-tik, la ciudad flotante, donde los relojes se derretían como manteca bajo soles que jamás amanecían del todo. Allí el tiempo reventaba en burbujas; cada una cargaba un recuerdo que se alquilaba como una habitación a la deriva.

Los espejos, rotos en carne viva, mostraban no rostros, sino ruinas de deseos. Ghil Gam Szh, bicéfalo y ausente, tiranizaba las sombras del pasado: no las personas, no los cuerpos, sino los ecos gastados de sus vidas marchitas.

Una noche sin contornos, cuando las campanas lloraban vino negro, Inkidu llegó: una criatura amasada de arena que cantaba canciones descompuestas, murmullos nunca escuchados por garganta alguna. La Asamblea de los Silencios lo había parido para arrancar las raíces de Ghil Gam Szh de su trono de vapor.

Se enfrentaron en la Plaza de las Horas Rancias. En lugar de golpes, se lanzaron los sueños más viejos que sus sangres recordaban: una nube deseando recordar la gravedad; una máquina anhelando descomponerse en brisa. Así comprendieron: eran astillas de un mismo árbol podrido que había olvidado su nombre.

Amigos —no como hermanos, sino como dos mitades que jamás encajarían del todo— partieron hacia el Bosque de los Cedros Invertidos. Allí los árboles se colgaban cabeza abajo, llorando savia que era también tiempo licuado. Hûmba Baa les esperaba, un monstruo de acertijos que sólo podían pronunciarse una vez, pues luego se deshacían como humo en las bocas. Lucharon no con armas, sino con visiones: Ghil Gam Szh abrió una herida en el pensamiento de Hûmba Baa, mientras Inkidu desgranaba canciones que infectaban de silencio los oídos del monstruo.

Cuando Hûmba Baa cayó, sus pensamientos rodaron como cabezas ciegas en la maleza. Pero las estrellas, custodias del desorden, alzaron su venganza: dictaron que el nombre de Inkidu sería borrado lentamente, como el rocío que el alba nunca recuerda.

Ghil Gam Szh, en su horror, emprendió el viaje a la Marisma de Pieles Vacías, donde los cuerpos olvidaban haber sido. Allí buscó a Utnapistigm, el sabio cuyo cuerpo era un papiro vivo de cicatrices. Aprendió que la inmortalidad era un latido reservado a quienes renunciaban a perseguirla: un pez que no puede ser atrapado porque ya es agua.

Ghil Gam Szh intentó salvar a Inkidu: tejió relojes con el humo de sus dos bocas, construyó puentes de burbujas de tiempo estancado, lloró espejos líquidos... Todo fue en vano.

Cuando regresó a Urûk-tik, el desierto de relojes rotos se había tragado el último eco de Inkidu. Ghil Gam Szh ascendió entonces a su trono de espuma. Sabía que su reino sería un temblor anónimo, una mueca sin historia, una gota disuelta en la eternidad de los relojes derretidos.

Y en alguna grieta del tiempo burbujeante, una voz imposible susurró un nombre que nadie, ni el viento, supo ya pronunciar.


domingo, 31 de mayo de 2026

Eran estaciones, no trenes

Al filo de las cuatro y media de la madrugada, mientras el vagón se volvía un refugio tibio de murmullos y conversaciones apagadas, ella apoyó la cabeza en mi hombro y cerró los ojos. El tren se deslizaba pausadamente, como si en lugar de avanzar recordara, y cada pequeña sacudida fuese el eco de algo antiguo. A través de los ventanales empañados no distinguía si lloviznaba o si era el frío el que nos soñaba.

—Si nos bajáramos en la próxima parada y siguiéramos caminando hasta desaparecer —susurró, sin abrir los ojos—. ¿Qué crees que pasaría?

No respondí. Lo entendí después: a veces, una respuesta arruina lo que todavía podría pasar.

El reloj sobre la puerta marcaba una hora equivocada. O quizá era el mundo el que estaba desajustado. En aquel momento me pareció lógico pensar que el tiempo podía doblarse como papel y esconderse en los pliegues más absurdos. Ella, con su chaqueta de color cereza y los auriculares a medio poner, parecía una aparición de otro tiempo, de otro lugar. Un sueño en el que uno podría quedarse a vivir.

Cada madrugada volvíamos juntos en aquel tren de la línea azul, después de turnos que sabían a cafeína y fluorescentes mortecinos. Pero lo que importaba no era eso, sino el minuto exacto en que el silencio se volvía cómplice y las farolas proyectaban nuestras siluetas como si fuesen promesas.

Una madrugada bajamos en una estación desconocida. Las letras del letrero parecían bailar en la niebla. Caminamos sin rumbo cierto por calles que no salían en los mapas, siguiendo la música que se escapaba de los auriculares. El mundo parecía hecho de una materia más liviana, casi imposible.

Nos sentamos en un columpio destartalado, en un parque desolado. Sacó una bebida tibia de la mochila y la compartimos. Sabía a mandarina pasada y a algo que no quisimos nombrar.

—Aquí el tiempo no sirve de mucho. Estamos nosotros, y lo que dure esto —dijo, convencida.

Asentí con la cabeza. Le habría dado cualquier cosa con tal de alejarnos de la lógica, de la rutina y de esas mañanas en que el microondas pita como si viniera a devolvernos al mundo.

Al volver en tren, noté que los relojes ya no marcaban el paso de las horas. Sus esferas mostraban en su lugar puntos de luz que giraban en espirales multicolores, como si se hubieran rendido a una belleza absurda. Ella reía, y su risa tenía algo que no quería dejar de escuchar.

A veces pienso que seguimos en ese parque. Que en alguna parte imposible existe ese tren que no termina de detenerse, esa estación donde la niebla no se disipa, ese columpio donde ella vuelve a apoyar la cabeza en mi hombro como si el mundo no pudiera alcanzarnos.

Pero cada mañana me despierto solo. La ventana está empañada y el reloj del pasillo parpadea a las seis con un dígito medio fundido. Preparo un café despacio. Lo bebo sin ganas. Fuera, los trenes siguen pasando. Ya no subo a ninguno. Ya no.

Porque en algún lugar, en esa zona confusa entre el sueño y la vigilia, sé que ella me espera.

Y aún le debo una respuesta.

domingo, 24 de mayo de 2026

Mientras hierva el café

La semana pasada dejamos a Julián solo... pero ¿y si en realidad todo hubiese sucedido al revés?

La cafetera silbaba sobre la cocina, desprendiendo un aroma cálido que inundaba cada rincón. Como cada mañana, Ana tarareaba alguna melodía al remover el azúcar en su taza. No era una canción conocida, sino que surgía de su armonía interna. Llevaba puesta su bata gris, aunque esta vez se veía más alegre gracias a la bufanda escarlata que colgaba jovial de su cuello, aportando un toque de color en la monotonía habitual.

Julián entró en la cocina frotándose los ojos, aún somnoliento. Llevaba puesta su camiseta blanca y bostezaba sonoramente.

—¿Seguimos con el concierto matutino? —bromeó, recostado en el marco de la puerta.

Ana sonrió sin mirarlo, absorta en sus pensamientos.

—Eso espero, cada día —respondió con suavidad.

Le sirvió una taza de café y tomaron asiento frente a frente. Sus manos, endurecidas por el trabajo diario, sostenían la taza con una extraña delicadeza, como quien sujeta algo frágil del que aún no se atreve a hablar plenamente. Mientras daba pequeños mordiscos a una rebanada de pan, comentó:

—Vuelve a subir el precio del butano.

—¿Otra vez? —dijo Julián, frunciendo el ceño—. Tendremos que racionar el agua caliente.

—O aprovecharla los dos a la vez —agregó Ana con naturalidad.

Soltaron una carcajada sincera, carente de exageraciones, clara y limpia. Había sutiles pinceladas de ironía y cansancio tras los años, pero sobre todo reinaba la complicidad de quienes se conocen a fondo.

Durante quince años habían vivido en el mismo edificio de Orcasitas, congeniando como sus viejas cicatrices y haciéndose unos con ellas. Las ventanas de los vecinos sostenían conversaciones mudas a distancia, aunque ya no les importaban los detalles. Habían empezado a poner motes cariñosos a los vecinos: la señora de los pajarillos, el niño espadachín, el hombre del tercero que silba tangos porteños. En la ropa tendida se adivinaban pasados y presentes, y el olor a coliflor hervida les arrancaba carcajadas que repetían como bromas de esas que son solo para dos.

A las ocho, Ana partía hacia el hospital. Pero desde hacía meses, antes de abordar el metro, pasaba por la cafetería de la esquina a tomar un segundo café con Clara, su compañera de la limpieza. Mientras, Julián, pedaleaba rumbo al polígono, donde descargaba cajas y cuanto le encargaran hacer, comentando con sus colegas novedades del taller y del mundo. Aún cobraba en B, sí, pero recientemente había empezado a asistir a clases de mecánica dos noches por semana. Ana lo alentaba sin necesidad de decir mucho. Le preparaba bocadillos con notitas dentro: "Si hoy no te descoyuntas, al menos pártete de la risa".

Los fines de semana el silencio brillaba por su ausencia, discusiones sobre películas de la tele, partidas de cartas mal jugadas, tardes en el parque donde hablaban de todo sin necesidad de completar frases poblaban las horas de esos dos días que pasaban como un suspiro.

—¿Crees que si hubiéramos tenido hijos todo habría sido distinto? —le preguntó Ana un sábado al anochecer, mientras compartían una cerveza en un banco del paseo.

—Claro que habría sido distinto —respondió Julián, encogiendo los hombros—. Pero no significa que fuera mejor.

Ana lo miró durante largo rato.

—A veces siento que todo podría quebrarse en cualquier momento —susurró Julián una noche, mientras fumaba en el balcón.

—Todo cambia constantemente —respondió Ana con calma—. Incluso lo que parece más sólido.

Permanecieron en silencio durante unos minutos, observando las luces de la ciudad y escuchando el murmullo de la gente en la calle. La vida seguía su curso, aunque ellos no siempre pudieran comprenderlo.

Una mañana, mientras preparaban el desayuno juntos, Ana soltó de pronto:

—A veces pienso en irme lejos por un tiempo, solo para ver mundo. Obviamente contigo, si quisieras acompañarme.

Julián se sorprendió ante la idea, aunque no le desagradaba. Miró a Ana y sonrió.

—Podríamos pensarlo. Aunque no cambiaría nuestra vida aquí, ni lo que hemos construido.

Ella asintió, satisfecha. Sabía que Julián la entendería sin necesidad de grandes explicaciones.

Pasaban los días en la calma de su rutina, diciéndose más con gestos que con palabras. Él le hacía las tareas de casa junto con ella, ella le acariciaba el rostro al pasar a su lado. Caminaban de la mano sin darse cuenta.

Un domingo, mientras el olor a pan recién horneado inundaba la calle, Ana preparó una caja para llevar a la colecta del barrio. Julián la acompañó, como tantas otras veces. La vida continuaba a su alrededor, y ellos forma parte de ella.

Quizás mañana sería distinto, pensaba Julián a menudo. Quizás mañana encontrarían nuevas respuestas.

domingo, 17 de mayo de 2026

Nada que decir, todo por sentir

La cafetera silbaba roncamente con sus últimos estertores sobre el hornillo, mientras los tímidos rayos de sol se filtraban entre las flores mustias de la cortina. Eran casi las siete de la mañana, como siempre. Y como siempre, Ana revolvía pensativa el azúcar en su vaso de Duralex, sin mirarlo, sin decir nada. El vapor empañaba ligeramente sus gafas. Llevaba puesta la bata gris desgastada, la misma de todos los días, aquella de la que nunca pudo quitar del todo la mancha de la cadera.

Sentado a la mesa se encontraba Julián, con su camiseta blanca de tirantes que usaba para dormir. Sus manos eran ásperas y sus uñas llevaban consigo la tierra perpetua del trabajo, aunque ya no recordaba si de los ladrillos o de las cajas del almacén. Sorbo a sorbo, bebía el café en silencio. El pan estaba algo duro, pero tampoco se quejaba.

Han vuelto a subir el butano —comentó Ana, sin levantar la mirada.

Julián asintió con la cabeza. Ya no discutían sobre esos temas. No por acuerdo expreso, sino por el cansancio acumulado.

Llevaban quince años viviendo en un piso de Orcasitas, en un bloque de ladrillo visto donde todas las ventanas parecían observarse mutuamente. Ropa tendida en las cuerdas del patio interior, olor a coliflor hervida a media mañana y niños gritando desde temprano al bajar por las escaleras empujándose. La vida continuaba, claro. Pero ellos se habían ido quedando quietos y apagados, al igual que los muebles viejos que uno conserva porque, total, ahí están.

A las ocho, Ana se iba al hospital, donde limpiaba desde las 9 de la mañana hasta que le dolía la espalda por el esfuerzo. Al terminar su turno, tomaba el metro y regresaba a su casa con los pies cansados, llevando una bolsa con algunas frutas y verduras. Por su parte, Julián salía de su trabajo un poco antes, pedaleando en su bicicleta, hacia el polígono industrial donde se dedicaba a descargar cajas de lo que hubiera cada día. Hace año y medio que le pagaban en negro. Él decía que todo estaba bien, Ana prefería no opinar, ni decir lo que realmente pensaba.

Últimamente, solo se comunicaban para tratar asuntos del día a día, como pagar la comunidad o que había que cambiar una bombilla. Ya no hablaban sobre sus anhelos o inquietudes personales. Los prolongados silencios se habían apoderado de su tiempo en común, especialmente los fines de semana.

No obstante, habían compartido buenos momentos en el pasado, como acudir juntos a la cola del paro, celebrar el bautizo de su sobrino o las discusiones por no poder seguir pagando la hipoteca de su vivienda. También habían atravesado momentos de incertidumbre e insomnio, apoyándose mutuamente. En el pasado tuvieron ilusiones, aunque ahora ya ni siquiera recordaban con claridad con qué planes soñaron. ¿Mudarse a una casa rural? ¿Montar un pequeño negocio? ¿Comprar un perro? Al final no llevaron a cabo ninguno de esos proyectos. Simplemente vivieron el presente.

Una noche, mientras veían un concurso en la tele, Ana comentó en voz alta, sin pensar:

—A veces siento que estamos esperando que termine algo, pero no sé bien el qué.

Julián bebió un sorbo de agua y cambió rápidamente de canal.

Ese tipo de reflexiones quedaban flotando en el ambiente, aunque ya no dialogaban abiertamente sobre ellas. Al igual que un pequeño corte con un papel, que no sangra mucho, pero pica durante días.

En el hospital, Ana a veces veía a las otras chicas riéndose con los celadores, o hablando de lo que harían el sábado por la noche con emoción. Ella ya no hacía planes divertidos. Compraba comida para dos, aunque ahora solía cocinar solo para uno, y dormía de costado en su lado de la cama. Julián llegaba en silencio y encendía la radio, aunque realmente no la escuchaba. Cenaban juntos, pero sin decir palabra. Un huevo frito, un poco de arroz si había, lo que fuera.

Nunca se habían hecho promesas cariñosas de amor verdadero, pero tampoco se gritaban. No era una guerra declarada, era un desgaste lento y constante. Al igual que las escaleras del viejo edificio que rechinaban de tanto uso. Y, aun así, había algo en la manera en que él cuidadosamente le pasaba su abrigo sin decir palabra, o en cómo ella siempre le dejaba escondidas un par de galletas caseras en su lonchera. Como si hubiera nostalgia por lo que fueron en el pasado y que se resistía a desaparecer por completo.

Una tarde de domingo, él la encontró en el sofá, dormida, con su bata puesta y la cabeza ladeada, un cigarro apagado en el cenicero. Se sentó a su lado y la miró en silencio por un rato. Ana abrió los ojos con pesadez.

—¿Qué pasa? —preguntó con voz ronca.

—Nada. Que roncabas fuerte.

Ella soltó una risita corta y baja. Después se frotó los ojos y se quedó mirando por la ventana.

—Julián... no vamos a ningún lado, ¿cierto?

Él no contestó. También miró por la ventana. La persiana de los vecinos se movía con la brisa.

—No —dijo al fin—. Pero tampoco estamos tan mal.

Y era cierto. No había golpes violentos. No había gritos de cabreo. Pero tampoco había abrazos cariñosos. Ni palabras de amor. Era una paz hueca y vacía, como una casa sin habitantes.

Unos días después, Ana trajo una caja del trabajo. La dejó junto a la cama.

—Voy a irme por una temporada. A casa de mi hermana.

Julián asintió. No hizo ninguna pregunta sobre cuánto tiempo sería “una temporada”.

—Dejaré el juego de sábanas limpias en el primer cajón —añadió ella, con un tono tan neutro como al hablar del tiempo que haría mañana.

El día que se marchó, no derramaron lágrimas. Se despidieron como cuando se apaga una luz. Un beso en la mejilla, una maleta en la mano, la sensación de que ya no quedaba más que decir.

Ana bajó por las escaleras cargando la maleta. Julián asomó la cabeza por la ventana del patio trasero. La vio salir del portal y cruzar la calle con paso firme. No miró hacia arriba.

Volvió a la cocina. El café estaba frío. Encendió la radio. Una canción melancólica sonaba de fondo, aunque no la reconoció. Se sentó, como siempre, frente al vaso de Duralex. Y, como siempre, pensó en bajar la basura. Pero se quedó inmóvil.

Quizás mañana.

 


domingo, 10 de mayo de 2026

Redescubriendo el ser: una vida más allá de la evasión


A veces me sorprende lo fácil que puede ser vivir sin realmente vivir. O, mejor dicho, simplemente sobrevivir. Respirar por inercia, moverse como siguiendo una coreografía sin comprender el porqué. Hace un par de días escuché un fragmento de conversación por la calle que sentí como un espejo puesto frente a algo que preferimos no mirar: ese tipo de vida suplente que ya nos la dan masticada, envuelta en rutinas, tareas y distracciones. Esa vida que se parece mucho a un engranaje, pero muy poco a un milagro.

El aburrimiento —decía aquella mujer— no nace de la vida en sí, sino de su ausencia. No porque no haya estímulos, sino porque hemos domesticado hasta lo más salvaje: el amor, el tiempo, incluso nuestros propios pensamientos. Y cuando todo se vuelve predecible, cuando incluso nosotros nos volvemos previsibles, ¿qué queda? Queda esa especie de silencio sordo que llamamos el aburrimiento. No es que no haya nada que hacer, es que todo lo que hacemos carece de sentido, como si estuviéramos atrapados en una versión diluida de lo que podría ser nuestra existencia.

Llevo dos días sintiendo esa idea resonar con fuerza en mi cabeza, destripando la forma en que vivimos hoy. Se espera que nos levantemos a una hora regular, cumplamos un horario, produzcamos, demos resultados y repitamos. Aplaudimos la eficiencia, pero rara vez nos preguntamos si lo que hacemos realmente merece la pena ser hecho. Incluso en el amor hay una domesticación peligrosa: las relaciones se vuelven contratos tácitos de presencia sin atención, de compañía sin mirada. La fidelidad —a nosotros mismos, a los demás, a lo que creemos— deja de ser una elección viva y se transforma en un hábito muerto.

La perplejidad del vacío, la exploración de la falta de sentido nos lleva a buscar diversión. Es curioso que la palabra “diversión” provenga de “divertere”, que significa salirse del camino. Nos escapamos a las pantallas, a los centros comerciales, a fines de semana hiperplaneados y los algoritmos nos dicen qué ver, comer y pensar. Pero, ¿qué pasaría si nos detuviéramos en vez de huir? ¿Y si buscáramos dentro en lugar de fuera lo que nos falta?

La naturaleza no experimenta aburrimiento. Cada ser vivo, nube y sombra en la pared posee lo irrepetible. El problema no radica afuera, sino en cómo nos relacionamos con el mundo. Hemos dejado de sorprendernos, no porque el mundo dejó de ser asombroso, sino por mirarlo con ojos adocenados. El mismo camino al trabajo podría variar diariamente si lo recorriéramos con nueva perspectiva. Pero no, lo recorremos con la mente en otro lugar, viviendo como tarea secundaria.

Creo que el antídoto para el aburrimiento no se encuentra en multiplicar actividades, sino en aprender a estar: presentes, atentos, vivos. Redescubrir el arte de demorarse, volver a mirar lo que creímos conocido. Quizás la alternativa resida en regresar, aunque sea gradualmente, a una vida no automatizada: elegida, cuestionada. Una vida donde el amor no se repite sino recrea, la fidelidad se decide no se impone y cada día posee lo inédito, aunque semejante. He aquí el camino, el único que merece ser recorrido.

domingo, 3 de mayo de 2026

Eduardo y Clara, una elegía del 68

El café tenía un nombre francés que nadie lograba pronunciar correctamente. Estaba ubicado en una esquina tranquila y contaba con amplios ventanales que se abrían a una calle empedrada por donde los autos pasaban tan despacio como los interminables días de verano de agosto. Dentro del local se percibía un aroma que mezclaba la fragancia de libros nuevos abiertos y el humo suave del tabaco rubio; todo al compás pausado del preludio en do menor de Rachmaninov que sonaba en un tocadiscos algo desgastado.

Siempre se veían las mismas personas en el lugar: un poeta que ya no escribía más poemas; una mujer que leía los escritos de Beauvoir como si consultara un oráculo y algún estudiante de gafas redondeadas que aparentaba leer las obras de Sartre, pero en realidad observaba disimuladamente a las camareras del lugar. En medio de esa repetitiva escena cotidiana aparecieron ellos dos; él luciendo una barba cuidadosamente recortada y vistiendo trajes de lino claro; su expresión parecía directamente sacada de una película de Antonioni. Ella era alta y vestía de forma elegante, sin alardes ni estridencias; llevaba consigo un aire de descuido calculado en su atuendo, como si quisiera que el mundo percibiera cuántas cosas le importaban realmente. Siempre se sentaban juntos en la mesa cerca del piano, sin tocarse jamás y apenas hablaban. Sin embargo, todo en ellos era como un diálogo intenso y mayormente silencioso.

Se llamaban Eduardo y Clara, si bien nadie lo sabía a ciencia cierta; el camarero era quien lo había deducido al escucharlos en una breve discusión que apenas duró unos instantes. Fue algo insignificante, como una nota discordante en una melodía casi perfectamente armoniosa.

En la universidad él impartía clases sobre estética mientras ella provenía de una familia que aún recordaba melancólicamente las temporadas en París y los veranos en Cadaqués; los conciertos en casa del tío José quedaban grabados en su memoria por la presencia de un joven Montsalvatge que una vez tocó allí. Su unión había sido más producto del entorno que del deseo genuino; formaban parte de esa especie de parejas destinadas al adiós perpetuo, casi como si compartieran el espacio pero no el aliento vital.

Aquellos años eran extraños. Las paredes aún escuchaban, los libros llegaban envueltos en papel de estraza, y las conversaciones verdaderas se daban en voz baja, tras dos copas de vino tinto y la certeza de que nadie más oía. Tratando de encontrar un espacio propio dentro del ambiente que se respiraba entre las sombras del cineclub de los jueves estaba Clara; allí disfrutaba de películas polacas que susurraban al oído verdades prohibidas para este lado del mundo donde aún se oían voces autoritarias. Mientras tanto, Eduardo hallaba consuelo sonoro en la música; atesoraba impecablemente una colección de vinilos como si fuesen fragmentos de una memoria intocablemente pura. En ocasiones, al hablar sobre el futuro, lo hacían de forma automática como si estuvieran repitiendo una frase que habían memorizado sin realmente creer en ello.

Un día de invierno, Clara dejó de frecuentar el café sin que nadie preguntara por ella. Eduardo seguía apareciendo más tarde de lo habitual, como si aguardara encontrársela por casualidad. Sin embargo, nunca tuvo éxito. Comenzó a redactar cartas que jamás envió. En una de esas cartas —que más adelante quemaría— escribió: “Te he amado manteniendo la lealtad de lo que no se pronuncia. Cada pausa entre nosotros representaba una manera de no perderte”.

La realidad resultó ser muy prosaica. Clara se encontraba enferma; su prima mencionó algo acerca de sus pulmones una tarde mientras recogía los libros que Clara le había prestado y que él no había leído aún. Eduardo deambuló durante semanas sin rumbo por las calles mojadas de la ciudad, envuelto en su abrigo de tweed como un lector culto; de esas personas que citan a Rilke para evitar derramar lágrimas.

Finalmente la visitó. Fue un martes, al caer la tarde. Clara se encontraba junto a la ventana, cubierta con una manta que desprendía el suave aroma de lavanda y nostalgia suspendida en el tiempo. Los dos mantuvieron una conversación que resonaba como aquellas que tienen lugar, sabiendo que todo lo importante ya fue dicho en otro momento o en alguna otra habitación del pasado. Él trajo consigo un disco de Schubert y ella le ofreció una taza de té que no probaron.

—¿Por qué vienes ahora? — preguntó ella con curiosidad en lugar de reproche.

—Porque nunca me fui.

Sonrieron juntos por última vez.

Clara murió una mañana de abril, sin ceremonias ni ningún tipo de despedida formal. Su familia organizó un funeral austero, lleno de flores blancas y gente bien vestida que hablaba en susurros sobre lo que nunca había sucedido. Eduardo no habló. Llevaba un pañuelo gris en el bolsillo izquierdo de la chaqueta y sus ojos reflejaban tristeza y apatía. Esa noche volvió al café. El pianista tocaba algo de Satie, y el camarero le preguntó si deseaba lo de siempre. Eduardo asintió con un gesto leve. Se sentó en la misma mesa, junto al piano. Frente a él, la silla vacía era más elocuente que cualquier monumento.

Durante varias semanas, sin falta alguna, continuó realizando esa rutina familiar en el lugar habitual que frecuentaba regularmente; en ocasiones portaba consigo un libro para sumergirse en sus páginas o simplemente una libreta en blanco donde plasmaba de manera desorganizada frases inconclusas que rondaban por su mente inquieta y creativa. Una tarde cualquiera y sin previo aviso, cesó por completo su presencia en aquel rincón cargado de recuerdos y nostalgia impregnada en cada esquina del establecimiento; no pasó nada dramático que justificara su ausencia repentina y silenciosa. El camarero observó la mesa vacía y desprovista de vida, como si estuviera recogiendo un eco del pasado que se desvanecía lentamente entre las sombras del crepúsculo cotidiano.

Se rumorea que se fue al extranjero a trabajar en una universidad del sur de Francia donde enseñaba sobre la relación entre el tiempo en la literatura. Algunos afirman haberlo visto comprando una edición antigua de “La nausea” en una librería de Lyon. Otros creen que vive solo en una casa tranquila rodeada por un jardín escuchando música de Mahler, mientras reflexiona sobre si el verdadero amor implica acompañar hasta el umbral sin atreverse a dar el paso definitivo.

Hoy, en ese café, que ha cambiado de nombre y ahora ofrece capuchinos excesivamente dulces, aún se encuentra el viejo tocadiscos que de vez en cuando sorprende a alguien al descubrir un viejo disco de Schubert reproduciéndose sin motivo aparente alguno— En esos instantes fugaces el tiempo parece detenerse y aquellos presentes – sin sospecharlo – escuchan el eco de pasos ya olvidados.

domingo, 26 de abril de 2026

Bajo el silencio del deseo

Bajo las campanas de la iglesia del barrio antiguo, donde el moho lo impregnaba todo, entre los callejones de aquella ciudad que nadie quería reconocer, y donde los hombres de uñas sucias y manos agarrotadas acudían a citas con muchachas de mirada pícara apoyadas en farolas, vivía Alfeo. Sin corazón en el pecho y sin sangre en las venas, dormía pocas horas; y cuando lograba soñar, lo hacía en blanco y negro, oyendo nombres susurrados que se le escapaban al despertar. Tallaba figuras de piedra, aunque no les dotaba de rostro, pulía aquella parte hasta dejarla lisa como el cristal, temeroso de que si abrían los ojos lo reconocieran.

Una noche, bajo la llovizna, encontró a la mujer. No tenía nombre o quizá demasiados. Estaba sentada en un banco de piedra, vestida con un traje rojo que parecía cosido con pétalos de carne y ceniza. Al acercarse, ella lo miró como en un espejo desenfocado que devuelve una imagen verdadera y distorsionada.

—“Déjame pasar”— dijo con una voz que retumbó en un murmullo.

Desde entonces, Alfeo no fue el mismo. Algo le bullía en el pecho como un ratón enjaulado en una caja de huesos. Comenzó a esculpir de noche, a gritar en sueños, a garabatear frases sin sentido en su habitación: “Tengo una bestia en el alma con hambre de mí”.

Cada vez que aparecía —ya fuera desnuda y salpicada de plumas o bien armada de espinas—, le ofrecía un fruto imaginario, y él, fiel a la pasión que consumía sus días, lo aceptaba sumiso. Pues era una pasión mayúscula, una fiebre ardiente, una espina que se hincaba más hondo con cada caricia. Pero también era una condena. Ella no hacía el amor: masticaba su alma y se la devolvía transformada, cargada de nuevos matices.

Una mañana, al contemplar su reflejo en un espejo, Alfeo se descubrió observándose desdeñoso: tenía un cuerno diminuto, aunque visible en la frente. Al tocarse, manó la sangre.

El cura del barrio -ciego de nacimiento, pero clarividente en lo concerniente a las almas de los hombres- le dijo sin preámbulos:

—Ese demonio no procede de fuera. Eres tú.

Y Alfeo lloró, no de miedo, sino porque una repentina lucidez se apoderó de él, como si una luz se encendiera en medio de una cripta en mitad de la noche. Y en ese momento buscó la redención. Se ató a una roca como Prometeo y dejó que los días le royeran. Pero cada noche, la mujer sin nombre acudía a lamerle las heridas con una lengua de fuego.

—No huyas —le decía —de aquello que te da forma. Esta grieta por donde entras es la puerta a tu verdadero ser.

Alfeo intentó rezar, pero las palabras se le derretían en la boca como hostias podridas y amargas. Quemó las estatuas, pero entre las cenizas se dibujaba visible el rostro de ella. Trató de arrojarlas al río, pero el agua se abrió como si no quisiera tocarlas.

Una tarde de otoño oscura, con una bandada de cuervos posados en las ramas secas de los árboles, Alfeo encontró algo inesperado mientras buscaba entre sus viejas pertenencias. Envuelta en un trozo de tela áspera, había una figura tallada en oscuro mármol que representaba su cuerpo desnudo con el pecho abierto y un corazón de obsidiana en su interior, riendo con una boca formada por espinas afiladas en lugar de labios.

De repente comprendió que alejar el mal no era la solución. Debía aprender a convivir con él, equilibrar su presencia sin dejarse dominar por sus oscuros influjos.

Aquella noche se encontró cara a cara con la mujer sin nombre. Sin miedo ni súplicas, le plantó cara con valentía.

—No pretendo redimirme —le dijo con firmeza—, pero tampoco pienso someterme a tu voluntad.

Por primera vez, ella esbozó una tenue sonrisa, efímera como un espejismo.

—Ahora que te has visto tal cual eres, elige tu camino.

No resonaron truenos ni acudieron espíritus celestiales. Solo el silencio ocupó el espacio entre ellos. Fue entonces cuando Alfeo sintió que algo antes roto se reconstruía en su interior, como huesos dislocados que vuelven a su sitio.

Desde aquel día, Alfeo deambula tranquilo por las calles desiertas. Ya no plasma versos en las paredes, pero sus manos conservan las cenizas de antiguos dolores.

Cuentan que parece un santo o un lunático. Quien contempla sus figurillas talladas —donde la sangre mana de la piedra y los cuerpos suspiran— siente que algo les observa desde dentro, una fuerza primigenia, aunque maltrecha, que se agita en lo más hondo.

Y en cada obra se distinguen sutilmente dos formas entrelazadas: una boca que ríe y otra que reza en silencio.

domingo, 19 de abril de 2026

Alta capacidad para molestar (y reflexionar)

Un día Diego fue enviado al pasillo de la clase por ser demasiado ingenioso. La profesora le gritó: “¿Qué dirían tus padres si los llamara ahora?”. Él respondió: “…¡Hola!”.

Justo catorce segundos después de ese comentario, el alumno de 16 años más brillante del colegio se encontraba en el pasillo, con la puerta del aula cerrándose detrás de él con un golpe que transmitía más resignación que enojo. Ya no le sorprendía ser enviado al pasillo. Lo que le intrigaba era si los maestros compartían una hoja de cálculo con sus ocurrencias. Hubiera tenido sentido.

El director del instituto, don Eduardo, llevaba meses tratando de categorizar a Diego: ciertamente era brillante, pero también un dolor de cabeza envuelto en sutil ironía o crudo sarcasmo, según fuera momento. Según el psicopedagogo, poseía “altas capacidades globales”, lo que en el lenguaje del profesorado se traducía como “un problema complejo de manejar con un aura de genio prematuro”.

—¿Otra vez, Diego? —preguntó don Eduardo sin levantar la vista del informe del incidente cuando el chico apareció por su oficina.

—No me diga que esperaba una visita de cortesía.

—Tu tutor dice que respondiste a la profesora de Literatura con una broma sobre tus padres.

—Técnicamente, fue una simulación telefónica. Humor situacional. El contexto es importante.

—Las clases no son un monólogo de comedia.

—Tampoco parecen formar parte de una institución que fomenta el pensamiento crítico, pero aquí vamos, sobreviviendo.

Don Eduardo suspiró. Había aprendido a no seguirle el juego. Era como discutir con un espejo que devolvía el reflejo aumentado y con subtítulos.

Dentro de la clase, Álvaro no se destacaba por levantar la mano con frecuencia, sino más bien por sus comentarios dichos en voz baja que solían llegar justo antes de que el maestro cambiara de tema. Era como pequeñas bombas retóricas. No insultaba, no gritaba, ni interrumpía: simplemente planteaba preguntas que ponían incómodos a los adultos.

—¿Por qué debo analizar este poema de una manera tan estructurada si no logro encontrarle sentido de esa forma? —cuestionó Álvaro durante la clase de Lengua.

—Debemos interpretar los textos siguiendo las reglas académicas —respondió su profesora con calma.

—Entiendo que haya un orden establecido, pero a veces las normas sofocan la creatividad —replicó Álvaro. Algunos compañeros rieron, aunque otros lo miraban con admiración y fastidio mezclados. Carla, una compañera cercana, era de las pocas capaces de ver más allá de sus palabras.

—Eres tan inteligente que a veces resultas molesto —le dijo durante un recreo—.

—Supongo que la ironía es mi manera de lidiar con lo que pienso acerca de todo este sinsentido —respondió Álvaro—.

—Lo que haces no es usar la ironía, es trinchera. ¿De qué te escondes?

Esta pregunta lo tomó por sorpresa, pues requería una respuesta sincera. Y eso era justo lo que más le incomodaba, incluso más que las reprimendas del director.

El momento en el que todo empezó a cambiar llegó en la clase de Filosofía. El profesor propuso debatir acerca de la educación actual y Álvaro, por una vez, habló sin sarcasmo.

—Creo que este sistema aplasta la curiosidad en lugar de alimentarla. Se premia la obediencia disfrazada de mérito. Y a quien piensa diferente lo tachan de “problemático”.

—Es una opinión válida —reconoció el maestro, sorprendido—. ¿Pero no crees que generalizas?

—¿Y usted no ha estado haciendo lo mismo, pero a la inversa? —replicó Álvaro. Algunos aplaudieron espontáneamente. El profesor no lo detuvo.

—Busco darle sentido a lo que aprendemos, más allá de acumular logros vacíos o repetir ideas ajenas.

Tras su intervención, las palabras de Álvaro resonaron por toda la escuela: había hablado con convicción. Sin bromas ni indirectas. Era como si el bufón de la corte se hubiera quitado la máscara para decir la verdad.

A la semana, lo citaron a una reunión con sus padres, la orientadora y la dirección. Todos conversaban con tacto, como si el chico fuera frágil.

—Tiene un gran potencial, pero debe integrarse —dijo la orientadora.

—¿A qué? —preguntó Álvaro—. ¿A fingir que aprendo, aunque solo memorizo? ¿A no cuestionar?

—No se trata de reprimirte —intervino el director—, sino de enfocar tu inteligencia de forma constructiva.

—¿Y si el problema no soy yo? ¿Y si el sistema no tiene sitio para alguien como yo?

Se hizo un incómodo silencio. Por primera vez, los mayores no supieron qué decir.

Tras esa reunión, Álvaro empezó a cambiar. No dejó el sarcasmo, que era parte de él, pero empezó a dosificarlo. Aprendió a escribir ensayos donde su crítica tuviera una verdadera estructura, donde sus ideas agudas pudieran señalar sin herir. Y, sobre todo, encontró cómo incomodar sin levantar trincheras.

Siguió siendo incisivo, sí. Pero también empezó a ser necesario. Algunos profes empezaron a escuchar más y corregir menos. Carla, por su parte, le dijo un día al caminar juntos hacia clase:

—Ahora tus frases ya no suenan a defensa. Suenan a propuestas.

Álvaro sonrió. Había descubierto que la ironía puede ser engañosa, pero también una puerta. Y que el sarcasmo, cuando nace del pensamiento y no del resentimiento, no es una burla: es una forma de esperanza con la ceja levantada.

Bola extra: https://www.bbc.com/mundo/vert-fut-60405341






domingo, 12 de abril de 2026

Ratas solitarias: diario de la jaula

Me despierto temblando. El cuerpo pide. Hay algo más que también. No es ruido, pero se parece. Empuja desde dentro, como si alguien insistiera detrás de una puerta que no encuentro.

Tenía quince años cuando la probé. Ese día no venía nadie a casa. Nadie iba a venir. Mi madre ya no estaba. Mi padre sí, pero en sentido administrativo. Llegaba tarde, dejaba el vaso, a veces ni se sentaba. Una vez se quedó dormido con la luz encendida y la tele sin sonido. Estuve mirándole un rato. Luego me fui a la cocina. No comí.

Aprendí a no pedir. A no molestar. A no ocupar demasiado sitio.

La primera vez fue en casa de Nico. El colchón estaba húmedo. No pregunté de qué. Había una mancha oscura cerca de la almohada. Me dijo «relájate». Me reí. No mucho. La aguja entró.

No fue placer. Fue parar. Como si alguien por fin cerrara algo.

Luego vino lo demás. Mentir. Robar. Esperar. Portales fríos. Un baño con la luz rota. Un grifo que goteaba y ese sonido aprendes, se te queda dentro. A veces lo oigo aunque no esté.

No es que sea una historia. Es siempre lo mismo, pero cada vez un poco peor. Sin arco. Sin punto de inflexión que te puedas contar.

La adicción se quedó. Y no era solo la sustancia, tampoco era solo lo otro. Algunos días lo buscaba. Otros no. Había días en los que no quería que parara. Eso es verdad también, aunque no lo diga en los grupos.

Nadie me llamó por mi cumpleaños. Nunca. El mono sí. Siempre a la misma hora.

Me interné tres veces.

La primera fui yo. Pensé que bastaba con salir de aquello. Paredes blancas. Luz que no cambia. Silencio de hospital, que es distinto al otro. Nadie te toca. Eso es lo primero que notas. Me quitaron la sustancia. El resto seguía. Eso no lo medían. Salí y tardé cuatro meses.

La segunda vez vino mi hermana. Estaba furiosa. Eso no lo recuerdo mucho porque llegué muy mal. Había un hombre en el grupo que lloraba todas las mañanas en el desayuno y nadie le decía nada. Eso sí lo recuerdo. Salí más limpio, eso decían. Más fácil de mirar.

Tardé siete meses. La tercera vez estaba Lara.

Tenía las uñas negras, mal pintadas. Se le caían trozos mientras hablaba. Nos sentábamos en el patio. A veces fumábamos. A veces no. Me contó lo de su hija antes que lo de su madre. No sé por qué recuerdo ese orden.

Con ella lo que empujaba desde dentro no desaparecía, pero se movía. Se apartaba un poco. No era lo mismo que parar. Era otra cosa. No tengo nombre para eso.

Se fue con el alta. Sin despedirse mucho. No le pregunté nada. Tampoco habría cambiado nada.

Luego dejé de pensar un tiempo.

Hace poco conocí a Claudia. Tiene cuarenta y cinco años. Limpia escaleras. Sus manos huelen a lejía. Y a café. Me deja sentarme en su cocina. A veces hablo demasiado. Otras no digo nada. Ella tampoco pregunta por qué. Dice que no soy un error. No le creo. Pero vuelvo.

Anoche recaí. No fue mucho. Lo suficiente. No quería parar del todo, solo bajar un poco, eso es la verdad, si es que importa la distinción.

Desperté en su sofá. La manta pesaba. Olía limpio. En la mesa había un vaso de zumo. No dijo nada. Ni una pregunta.

Me quedé mirando el vaso más tiempo del normal. Tenía pulpa.

Hoy iré al grupo. Me sentaré. Escucharé. Alguien dirá que está mejor.

Yo estaré allí pensando en si el grifo de Nico seguirá goteando.

domingo, 5 de abril de 2026

La belleza de lo finito

Pablo no dejó de creer de golpe. No hubo un día exacto, ni una escena memorable que luego pudiera contar como quien señala el principio de algo importante. Nadie se cae del caballo cada vez que cambia de idea. En su caso fue más lento, más desordenado. Casi imperceptible. Como esas casas antiguas que parecen seguir en pie durante años y un día, sin saber muy bien cuándo empezó el deterioro, descubres que por dentro ya no sostienen nada.

Se había criado en una familia católica, aunque no especialmente devota. En su casa la religión no ocupaba el centro de la vida, pero estaba en todas partes. En expresiones dichas sin pensar, en ciertos gestos heredados, en una vela por los muertos, en un “si Dios quiere” antes de hablar del futuro. Era menos una convicción que una costumbre; menos doctrina que clima. Nadie se paraba demasiado a examinarlo porque formaba parte de la casa igual que los muebles o las fotos viejas.

Con los años empezó a notar una incomodidad difícil de explicar. No era rabia, ni ganas de provocar. Más bien una sospecha callada. Le costaba aceptar que ciertas afirmaciones quedaran a salvo de toda pregunta solo por venir envueltas en tradición. No entendía por qué había que dar por buenas cosas que no podían contrastarse, ni por qué tantas veces se pedía consuelo a un relato que parecía sostenerse únicamente porque llevaba mucho tiempo entre nosotros.

No rompió con nada de forma dramática. Lo que hizo fue leer. Primero, libros de divulgación, alguna introducción a la filosofía, historia de las religiones. Después vinieron otros: neurociencia, escepticismo, teoría del conocimiento. Más que encontrar respuestas definitivas, fue aprendiendo a convivir con preguntas mejor formuladas. Y en ese proceso descubrió algo que le sorprendió: la gente no creyente no se parecía demasiado a la caricatura que tantas veces le habían presentado. No eran necesariamente cínicos, ni huecos, ni personas incapaces de asombro. Muchos, al contrario, parecían mirar la vida con una atención más desnuda.

Eso le importó. Porque durante mucho tiempo había oído que sin fe solo quedaban el vacío o la soberbia. Y a Pablo esa idea le parecía injusta. Empezó a pensar que quizá había algo más digno en intentar ser bueno sin premio, en cuidar a otros sin esperar compensación, en asumir que un acto vale por lo que hace aquí y no por lo que promete después.

Una vez, un conocido creyente, alguien a quien apreciaba de verdad, le preguntó si no se sentía solo sin Dios. Pablo respondió que no, aunque tardó un poco en encontrar las palabras. No se sentía solo porque seguía acompañado, solo que de otro modo: por la música, por los libros, por la inteligencia de quienes antes que él habían intentado entender el mundo sin refugiarse en certezas fáciles, por la presencia de otra persona en silencio cuando el silencio basta. No creía en el alma, pero sí en algo que se le parecía desde otro lugar: en la huella que dejan los afectos, en las obras, en lo que una vida logra poner en manos de otra antes de terminar.

Con el tiempo entendió que renunciar a lo sobrenatural no lo había vuelto más frío, sino más responsable. Si nadie iba a venir a salvarlo, entonces tocaba mirar de frente, elegir, hacerse cargo. Y si esta vida era la única, eso no la volvía miserable. La volvía preciosa. Más frágil, sí. También más seria. Más difícil de malgastar sin sentir que uno está perdiendo algo irrepetible.

Ahí encontró una forma de sentido. No un sentido total, ni blindado contra el miedo, ni eterno. Algo más modesto que todo eso, y quizá por lo mismo más verdadero: la certeza de que lo finito no rebaja el valor de las cosas. A veces se lo da.

Si quieres, también puedo hacer una segunda versión más literaria, más sobria o más “invisible” todavía.

domingo, 29 de marzo de 2026

Carta para cuando ya no esté

No sé si esto que estoy escribiendo algún día se leerá. Puede que estas palabras queden aprisionadas entre las páginas de este cuaderno lleno de tachones, guardado entre libros que nadie abrirá. O tal vez, si sopla el viento en la dirección correcta, sean mis nietos los que las encuentren en el momento de su madurez; cuando estén en condiciones de comprender que su abuelo también fue un niño... y que también anduvo perdido.

Tengo setenta y dos años, que no sé si son muchos, pero a mí me pesan todos y cada uno de ellos. He sido varias personas. Un buen hijo, un padre amoroso, un empleado obediente, ciudadano ejemplar. Me afeitaba cada mañana e iba a una oficina donde se hablaba mucho y se decidía muy poco. Cumplía todas las peticiones de quien mandaba, aunque a menudo no las entendiera bien. Durante mucho tiempo confundí disciplina con virtud.

Cuando miro hacia atrás veo... no que haya perdido una vida, pero sí una vida en la que la vendí varias veces mis convicciones por un plato de lentejas. Fui educado, como tantos otros, para pensar que en la autoridad se encuentra una forma de sabiduría. Que aquel que está por encima es superior, lo merece más y ve más lejos. Y habiendo aprendido una idea así desde la cuna, por medio de cuentos, premios y castigos, ¿cómo voy a ser capaz de olvidarla?

Cuando yo era niño me enseñaron a no mentir, a compartir con mi prójimo lo que era mío; y, por último, a no imponerme a los demás por la fuerza. Pero cuando fui creciendo descubrí que, por el contrario, la vida del adulto se rige por estas tres cosas. Quien más miente sube más alto. Compartir es una amenaza si no viene empaquetado en un logo. Y la fuerza —ya sea física, económica o burocrática— es la ley de los que triunfan.

Recuerdo un momento (no sabría precisar cuál y cuándo) cuando comencé a vislumbrar la fisura. Tal vez cuando estaba en la empresa de logística y un grupo de nosotros empezamos a autoorganizarnos. No por rebeldía, sino por necesidad: la dirección era ineficaz, caótica y sorda. Así fue como inventamos nuestro propio sistema de trabajo: repartimos las tareas entre los que mejor podían abordarlas y en los horarios más cómodos para ellos, tomamos las decisiones en asamblea y rotábamos los turnos más duros. Organizados así, las cosas funcionaron mucho mejor.

Un día, uno de los gerentes vino a felicitarnos y creyó que algún supervisor había decidido esta forma de trabajo. Cuando le dijimos que habíamos hecho esto por nuestra cuenta, sin haber pedido permiso a nadie, se molestó. ¿Cómo es posible que a alguien le disguste el hecho de que todo funcione bien? Comprendí entonces lo esencial, el poder no busca soluciones, busca simplemente obediencia y no admite la autonomía, que amenaza su propia existencia.

Comencé a leer más libros, a cuestionar más la autoridad. Y un día descubrí a autores que no hablaban de la anarquía como el caos que uno ve en las noticias, sino como una forma muy humana de vivir. Me di cuenta de que todos los días somos anarquistas sin saberlo: la señora Juana cuida de una vecina sin pedir nada a cambio, don Pedro cocina a un enfermo, tú le enseñas a un amigo a manejar un aparato técnico. Ningún real decreto ordena que debamos practicar la solidaridad.

Pero vivimos inmersos en estructuras que nos alejan de esa verdad. Nos enseñan a doblegar nuestro juicio, a temer la libertad, a suponer que alguien siempre debe estar al mando. Pero ¿quién manda en una familia sana? Las mejores cosas que he vivido —-el amor, la amistad, la creación compartida-— ocurrieron sin contratos ni jerarquías.

Sí, hay días en que me recrimino no haberme dado cuenta antes. Pero, también sé que cada amanecer es diferente. La vida me enseñó despacio, a través de la frustración, la injusticia y, a veces, la ternura inesperada. Vi a comunidades organizarse tras un desastre mucho antes de que llegase el Estado. He visto trabajadores defender sus derechos desde abajo, con mayor generosidad que rabia. He visto a jóvenes construir huertos en solares abandonados y a jubilados enseñar oficios sin cobrar un euro.

A veces me preguntáis qué mundo deseo para vosotros. No quiero que viváis atrapados entre muros invisibles, ni que crezcáis creyendo que lo que dicta un manual es lo correcto. Quiero un mundo donde la libertad no sea una amenaza, sino algo que se cumpla. Donde el respeto no dependerá de usar un uniforme. Donde podamos organizarnos no porque nos obligan, sino porque unos confiamos en los otros.

¿Es utópico? Puede ser. Pero fue así mismo utópico volar, curar enfermedades, comunicarse con alguien al otro lado del mundo en el mismo instante en que uno habla. Las utopías son solamente los sueños que aún no hemos atrevido a tomar en serio.

Me gustaría que cuando penséis en mí, no sea como alguien que os dio respuestas, sino como alguien que aprendió a plantearse preguntas. Os dejo esta última: si fuéramos capaces de tratarnos mutuamente como tratamos a los que amamos —con paciencia, delicadeza y horizontalidad—, ¿qué clase de mundo construiríamos?

domingo, 22 de marzo de 2026

Viaje todo incluido


El vuelo salía de Barajas a las 8:45, y como buenos españoles, los Muñoz Serrano llegaron al aeropuerto a las 6:30, cargados de maletas, ilusiones y un bocadillo de lomo embutido en papel de aluminio con la precisión de una operación quirúrgica. Habían contratado un “Todo Incluido” en Cabo Verde con la agencia Paralelo Invertido y volaban en una aerolínea llamada Nieblajet, atraídos por la promesa irresistible del cartel que colgaba en el escaparate de la agencia: “NIÑOS GRATIS o con grandes dtos.”

—Esto nos viene que ni pintado, María —dijo Paco, ajustándose la riñonera—. Con lo que come el chico, lo vamos a amortizar.

—Sí, pero recuerda que tenemos que rellenar el formulario de menores para Javier y llevar su cartilla sanitaria.

Nadie reparó en el asterisco que titilaba como una luciérnaga asmática junto al reclamo. Un “*” con vocación de esfinge.

Fue en la puerta de embarque 9C, justo entre una máquina de café averiada y una familia británica disfrazada de langostinos sin hervir, donde ocurrió lo insólito. Apareció un hombre trajeado, con corbata turquesa, una carpeta y la expresión de quien vende tiempo a plazos.

—Buenos días, familia Muñoz Serrano, ¿verdad? Les traigo los niños.

—¿Cómo que los niños? —preguntó María, apretando a su hijo Javier contra la cadera como si fueran a subastarlo.

—Pues los niños gratis, claro. Un niño de 4 años, llamado Sandro, y una niña preadolescente, Saray, de 13. Tal como indica la promoción.

De la nada —o quizás del pasadizo entre el duty free y el baño de caballeros— surgieron los dos menores: Sandro, con un tambor de juguete y una pegatina en la frente que decía “Cliente Platino”, y Saray, vestida enteramente de negro, mascando chicle con ritmo de juicio final.

—Pero… ¡nosotros ya tenemos un hijo! —protestó Paco.

—Y ahora tienen tres. No se preocupe, son niños de stock, de la campaña primavera-verano. Comen poco y vienen con seguro de cancelación. Solo tienen que firmar aquí.

Ante la mirada perpleja de otros viajeros, que asentían con comprensión burocrática, la familia Muñoz Serrano firmó. Porque en este país uno firma primero y pregunta después.

La primera noche en Cabo Verde fue de adaptación. Javier se atrincheró junto al minibar, negándose a compartir habitación con “niños invasores”. Sandro intentó cazar un gecko con una pajita de coco. Saray declaró que era gótica transcendentalista y que no hablaría con nadie que no hubiera leído a Nietzsche en portugués.

A la mañana siguiente, ya en el buffet del hotel, María intentó encajar la situación con estoicismo vacacional.

—Bueno, por lo menos no pagan. Y la niña se ha comido tres flanes, eso se nota en la amortización.

Sandro desapareció a media tarde. Lo encontraron durmiendo dentro de un tambor lavadora en la lavandería del hotel, cubierto de arroz basmati. A Saray la pillaron escribiendo “LA VIDA ES UN BUFÉ DECADENTE” en los espejos del ascensor con salsa de chocolate.

—¿Y si los devolvemos? —sugirió Paco, mientras un camarero intentaba explicar que los niños, una vez entregados, no tenían devolución.

—Solo cambio por mascota o anciano dependiente —aclaró el recepcionista con tono de tratado notarial.

Al séptimo día, y tras una excursión fallida en catamarán —en la que Saray se encadenó simbólicamente al mástil “en contra del turismo patriarcal”—, los Muñoz Serrano ya eran una unidad familiar irreconocible. Javier empezaba a admirar a Saray como a una profeta de dibujos animados y Sandro había sido nombrado “niño del mes” por el equipo de animación por su habilidad para gritar “¡COCTEL GRATIS!”, cada vez que veía a un adulto somnoliento.

El último día, cuando ya creían que la pesadilla absurdamente reglada llegaba a su fin, apareció de nuevo el hombre de la corbata turquesa.

—Bueno, familia, espero que hayan disfrutado su estancia. Aquí tienen sus vales para la próxima promoción.

—¿Qué promoción?

—ABUELOS GRATIS. Les entregaremos dos jubilados seleccionados al azar de entre los viajeros del IMSERSO de este año en el momento del aterrizaje. Uno con artrosis y otro con opiniones políticas inestables. ¡Buen viaje de regreso!

Los Muñoz Serrano no respondieron. Solo asintieron. Como quien comprende, al fin, que la lógica ha dimitido y el absurdo gobierna con mayoría absoluta.

domingo, 15 de marzo de 2026

Retrato en gris

Siempre llueve en Oviedo; la ciudad parece llorar desde adentro cuando las aceras brillan como ojos cansados en medio del frío invierno y el aire se impregna de un aroma entre humeante y familiar que evoca melodías inesperadas pero reconocibles para todos.

Margo camina bajo la lluvia sin paraguas mientras siente las gotas en su piel como recuerdos lejanos de un amor olvidado en el tiempo pasado. Tiene el cabello mojado que se pega a su cuello mientras fuma a pesar de no ser de su agrado; como si buscara recordarse a sí misma que lo mejor de su vida quedó atrás hace mucho tiempo. Luce una gabardina gastada que perteneció a su madre, debajo de la cual llevaba un vestido azul marino con cuello blanco; ese tipo de prenda que evoca fragancias de una infancia perdida.

Cuando entró en el café que frecuentaba, el “Dólar”, se encontró rodeada de lámparas de tulipa verde y espejos antiguos que reflejan la historia del lugar en cada grieta y mancha de los cristales opacos de tanto uso. Una melodía suave llena el ambiente del local y se desliza por sus oídos como un gato mojado moviéndose entre los charcos del alma en busca de descanso y consuelo.

—“Sweet Jane”, murmura Caleb sin dirigirle la mirada desde su rincón cerca de la ventana empañada. —

Sonriendo suavemente, ella toma asiento frente al hombre sin solicitar autorización; haciendo algo común en los desconocidos que comparten una conexión más allá de simples nombres o gestos cotidianos.

Caleb tiene un rostro definido y angulado y sus ojos parecen cansados como si hubiera pasado noches sin dormir en condiciones durante años. Tiene aspiraciones artísticas y lo demuestra dibujando en servilletas o recibos e incluso en los sobres que encuentra en buzones ajenos. Llevaba un abrigo manchas de óleo seco y por las muchas frases garabateadas en tinta negra sobre este.

Margo sacó de su bolso una foto antigua, que mostraba a una niña de aproximadamente seis años, luciendo trenzas y una sonrisita traviesamente inclinada mientras estaba sentada en un columpio de hierro.

—“Es mi hermana,” comenta, “la única persona que realmente me quería, se fue a Berlín y ya no llama”.

Observarla es como escuchar una canción que ya no causa dolor pero que aún resuena en el ambiente.

—“Tal vez prefiere no regresar bajo la lluvia”, comenta él.

No es necesario decir mucho más, las palabras fluyen suavemente entre ellos como música de fondo recordando una tarde interminable.

Las semanas parecen repetirse una y otra vez como un déjà vu constante para Margo en la tienda de libros de segunda mano donde trabaja; un lugar donde nadie parece comprar nada, pero todos disfrutan ojeando, con miradas culpables, los ejemplares viejos cargados de polvo y recuerdos pasados llenos de nostalgia y melancolía. A ella le encanta especialmente el aroma que emana de los lomos deteriorados de los libros antiguos y la sensación al tacto que ofrecen los márgenes manuscritos por desconocidos ya ausentes de este mundo terrenal. De vez en cuando se permite el atrevimiento de llevarse consigo alguna página suelta cargada de historias olvidadas para guardarla como un valioso secreto debajo de su colchón, como si se tratara de una confesión íntima que solo ella comprende.

Caleb vive en una buhardilla sin luz solar directa; el techo es bajo. Toma un poco de pintura y crea retratos imaginarios de mujeres inexistentes y de hombres que sollozan en silencio. Escribe nombres de desconocidos y anhela recibir cartas, seguro de que nunca llegarán.

Por las tardes se encuentran en lugares diferentes cada vez; ya sea en el parque o bajo el techo de alguna parada de autobús cercana. No suelen hablar mucho; se dedican más bien a mirarse intensamente. Margo descansa su cabeza en su hombro y él le relata historias inventadas especialmente para ella; como la de caballos ciegos atravesando desiertos salados o trenes que solo hacen paradas para pasajeros melancólicos. Además, le habla sobre ciudades donde nunca cae ni una gota de lluvia.

Una noche, él entonó una canción para Margo; era una melodía tenue y apagada que apenas se escuchaba como un susurro y su voz sonaba ronca como una bufanda deshilachada al cantarla. Ella permaneció inmóvil como si el sonido la estuviera cosiendo de nuevo en el corazón.

—¿Podrías decirme quién era esa mujer?, preguntó con curiosidad.

Mientras Caleb encendía un cigarrillo, el aroma del asfalto mojándose se colaba por la ventana abierta.

—Una joven en Lisboa vendía tarjetas postales en la Alfama y sus ojos brillaban como faros apagados. Me dejó una nota dentro de una botella que decía “No seas tan triste”.

—¿Realmente eras así?

—Sin duda.

Aquel mes de abril, Oviedo se transformaba lentamente, mientras las flores asomaban tímidas entre los balcones envejecidos por el tiempo. Margo encontró inspiración para componer versos en los márgenes de las hojas de sus libros y Caleb dejaba su marca personal pintando una letra M en cada rincón que ella recorría.

Una tarde Margo no apareció como solía hacerlo siempre y él la esperó pacientemente hasta que cerraron el café por la noche. Caminó hasta su tienda para encontrarla cerrada. Pasaron tres días donde la incertidumbre lo invadió constantemente y luego siete días más que parecieron una eternidad. Después de eso simplemente, dejó de llevar la cuenta.

La lluvia no cesaba de caer como si lo hiciera por aburrido hábito.

Tres semanas más tarde después recibió una postal sin remitente; solo contenía una imagen de la catedral de Berlín y en la parte posterior escritas estas palabras cuidadosamente a mano: “El sabor de la lluvia en este lugar me evoca tu presencia. Aunque no soy feliz, tu recuerdo me ancla a la vida”.

Caleb clavó la postal en la pared, junto a los cuadros sin rostro y encendió la radio.

Sweet Jane volvía a sonar como un animal herido que todavía lucha por respirar.

Llueve constantemente aquí afuera y cada goterón que aparece en el techo parece llevar consigo un mensaje con su nombre escrito. Y él continúa con su arte, sin dejar de esperar. Sin embargo, ya no se hace ninguna pregunta.

A veces la memoria es el único refugio eterno al que podemos aferrarnos.