El olor a café frío y desinfectante barato impregna la oficina. Los fluorescentes zumban como insectos que no se ven. Daniel pulsa el teclado con la precisión de quien lleva quince años escribiendo correos sin que nada cambie. Un cliente se queja de una factura. Un compañero se ríe de manera forzada frente a la pantalla. La jornada avanza como un tren estropeado.
A las seis en punto apaga el monitor y toma su abrigo. Sale deprisa, anhelando distanciarse, aunque sabe que no es verdad. La ciudad le recibe con un fragor de ruidos: bocinazos, pasos apresurados, voces interrumpidas por el tráfico. Se levanta el cuello de la chaqueta. Abril debería ser más cálido, pero Madrid no se ajusta a las expectativas.
En el metro, se sienta junto a una mujer que mastica chicle y habla por el móvil a voz en grito. Daniel ve su reflejo en la ventana: treinta y ocho años, pelo cada vez más fino, mirada perdida. Recuerda vagamente haber tenido proyectos. A los veinticinco creía que la vida era mármol por esculpir. Ahora solo ve polvo en el suelo.
Regresa —a un piso alquilado en Delicias con muebles prestados y paredes pálidas— y se sirve pasta con tomate de lata. Casi no prueba bocado. Enciende la televisión, aunque no la mira. En algún momento, sin darse cuenta, se echa en el sofá quieto, como esperando una señal.
Eran las nueve de la noche y se sentía obligado a salir una vez más. No tenía un destino en mente, pero necesitaba moverse. Caminó por la ciudad como si fuera una bestia enjaulada, observando las terrazas repletas, los grupos que reían sin preocuparse por el día siguiente, los besos rápidos en los portales. Se detuvo frente a un escaparate lleno de luces de neón. Dentro, la gente bailaba. No parecía ser una discoteca, más bien un bar con música alta y personas demasiado jóvenes. No supo por qué entró.
El calor le golpeó la cara de repente. Olía a sudor, ginebra y perfume barato. Se apoyó en la barra y pidió un whisky. El camarero le sirvió sin mirarle. Daniel bebió apresuradamente. Observó la pista de baile. Nadie parecía estar con nadie y todos bailaban como si estuvieran solos. Esa soledad compartida le sacudió el pecho.
Una chica le sonrió. Era rubia, con los labios demasiado rojos y una camiseta ajustada con una frase en inglés. Daniel también sonrió, sin saber qué decir. Ella se acercó y le gritó algo al oído que no entendió, pero asintió. Terminó bailando con ella, torpe, rígido, como si llevara un cuerpo que no era el suyo.
Relájate —le dijo ella. Y algo en su voz —no tanto el contenido sino el tono— le caló hondo. Porque eso era justo lo que no sabía hacer. Porque llevaba demasiado tiempo aferrado a su ansiedad, como si fuera una cuerda que lo mantenía en pie.
Bailan durante dos canciones con energía desbordante. De repente, ella desaparece entre la multitud, quizás dirigiéndose al baño o alejándose con alguien más. Daniel permanece solo en la pista, inmóvil, rodeado de cuerpos ajenos a su soledad. Perlas de sudor resbalan por su nuca bajo la intensidad luminosa. Cierra los ojos e intenta concentrarse únicamente en la fuerza primal del bajo, que golpea su pecho como un corazón ajeno al que late dentro. Sin comprender el porqué, de pronto levanta los brazos y comienza a moverse al ritmo de la música. No con gracia o estilo, solo cediendo a la necesidad interior.
Baila como si algo estuviera a punto de quebrarse dentro de sí. Como si pudiera sacudirse de encima todas las tardes rutinarias, las conversaciones vacías y las esperanzas siempre frustradas. Por un instante —mínimo y casi irreal— siente revivir.
Al salir del local, la calle se halla húmeda bajo una ligera llovizna. Camina sin rumbo fijo, sonriendo para sus adentros. No porque todo vaya a cambiar de un día para otro, sino porque por fin ha conseguido conectar consigo mismo a través de la danza.
Esa noche, al llegar a su hogar, no enciende la televisión. Se sienta junto a la ventana y contempla las farolas de la calle. Deja de pensar en el mañana e intenta no esperar nada. Pero en lo más recóndito de su ser, percibe una vibración nueva, un anhelo pequeño y casi imperceptible por seguir bailando.













