Diciembre del 82, creo. O del 81. Madrid con luces de Navidad colgando de Malasaña, los bares echando humo, el Rastro ya cerrado pero La Vía Láctea todavía abierta. Olía a tabaco negro y a cerveza derramada.
La Movida. Qué palabra más idiota.
Yo era Daniel. Ella, Clara. Nos vimos por primera vez en el Penta un martes. Terminamos en un piso compartido con botellas vacías y alguien había escrito versos de Bukowski con carmín en los azulejos del baño.
—Eres tan guapa que me duele la resaca.
—Y tú tan tonto que me haces reír.
Encendió un Fortuna. Me miró raro.
Clara quería ser actriz pero se pasaba las mañanas durmiendo. Las noches bailando postpunk en sitios donde la única luz venía de una bola de espejos. Yo escribía letras para grupos que duraban tres meses y vendía drogas en los baños del Rock-Ola. Pagaba el alquiler así. El futuro no existía, solo los jueves.
Me la encontré en La Vía Láctea con un abrigo de leopardo sintético, los labios rojos, los ojos hinchados. Nochebuena.
—¿Sabes qué día es? Nochebuena. Esa mierda donde todos fingen que nada ha cambiado.
Me reí porque tenía razón. Nos sentamos en una esquina. Había dos punks dormidos y una pareja comiéndose la cara.
—Vámonos —le dije—. A Lisboa. A París. A Torremolinos, qué más da.
Levantó la mano, señaló el local, la ciudad.
—¿Huir de qué? Esto somos nosotros.
Pidió otra copa.
La calle del Pescado. Hacía un frío de cojones. Los portales llenos de mendigos, yonquis, alguien cantaba villancicos desafinado. Un tipo nos gritó: "¡Feliz Navidad, hijos de puta!"
Clara se rio, se me abrazó:
—Esta ciudad es una madre borracha que te quiere y te echa de casa el mismo día.
Un okupa de San Bernardo. Gente bailando con Parálisis Permanente. Un guitarrista de algún grupo olvidado recitaba a Kerouac como si fuera Lou Reed. En el baño dos chicas metiéndose heroína. Olía fatal.
Clara desapareció. La vi besando a una tía que hacía esculturas. Me dolió, claro. Pero ya sabíamos hacernos daño.
Cuando volvió:
—Dani, esto está podrido. Tú y yo.
—¿Me estás dejando?
—Te estoy diciendo que lo nuestro es mentira. Nos hacemos daño porque no sabemos estar solos.
Me quedé callado.
—¿Entonces qué éramos?
—No sé. Una canción triste o algo así.
Cinco de la mañana. Gran Vía vacía, la luna en los charcos. Me paré delante de una juguetería.
—¿Te acuerdas cuando decías que tendríamos un hijo y le pondríamos Bowie?
—Me acuerdo. También decía que nos iríamos a Nueva York y tú serías famoso.
Me miró cansada.
Nos besamos. Sin ganas.
—Adiós, Clara.
—Hasta nunca.
Se fue con su abrigo de leopardo.
No volví a saber de ella. Me dijeron que Barcelona. Luego Londres. Que estuvo mal, luego mejor. Yo seguí en Madrid escribiendo letras para grupos que nadie recuerda.
A veces, cuando paso por La Vía Láctea de noche, creo verla bailando en una esquina. Pero no es ella.


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