Murió en silencio, con la mirada clavada en el fluorescente del quirófano. Un paro cardíaco repentino. Ni gritos ni lágrimas. Solo un pitido largo. Al abrir los ojos, no encontró el cielo ni el infierno. Encontró barro.
El primer golpe del nuevo mundo fue literal. Desnudo, sin contexto, recibió el puñetazo de un guardia que no toleraba vagabundos junto a la muralla. Así comenzó su segunda vida: sin habilidades, sin espadas mágicas, sin el favor de un dios. Lo único que conservaba eran unos conocimientos de secundaria que, en aquel mundo, podían resultar más útiles de lo que había imaginado.
Al principio, sobrevivió con lo mínimo. Durante meses aprendió el idioma del reino de Lirandia mediante observación, repetición y errores. Luego, mientras trabajaba como peón en una posada, empezó a llevar un registro sencillo de ingresos, gastos y deudas, apoyándose en los ábacos del establecimiento. El dueño tardó poco en advertir que perdía menos dinero. Le ofreció un pequeño porcentaje. Aceptó, pero pidió algo más: tiempo para enseñar a los niños del pueblo.
Sabía que no cambiaría el mundo con ecuaciones básicas, pero podía dar herramientas. Ayudó a levantar una escuela con piedras recogidas del río. Enseñó el ciclo del agua, los principios de la palanca y algunas formas de aprovechar mejor el terreno. Probaban cosas. Algunas funcionaban; otras, no.
Con los años, los resultados empezaron a llamar la atención fuera del pueblo. Algunos comerciantes enviaron a sus hijos. Después llegaron los de familias acomodadas. Un escribano del conde oyó hablar de aquel hombre que llenaba cuadernos antes de tomar decisiones. Tiempo después, lo llamaron para asesorar en unas cosechas. Más tarde administró una comarca entera.
Nunca empuñó una espada. Nunca lanzó un hechizo. Pero organizó cosechas, ayudó a sanear canales, enseñó a hervir el agua cuando las fiebres se extendían y convenció a una pequeña generación de que hacerse preguntas no era cosa de brujas.
Amó dos veces. Primero a Tharn, un herrero de manos enormes y risa grave. Luego a Miriel, una curandera silenciosa de sonrisa torcida. Con cada uno compartió décadas distintas y, sin embargo, igual de intensas.
Murió viejo, cansado y satisfecho, en su cama, rodeado de los libros que había escrito durante años. La última imagen que vio fue una hoja cayendo al otro lado de la ventana.
Y volvió.
El humo del cigarro flotaba entre las persianas. Afuera, en París, seguía lloviendo. Era 1962 y se despertó en el cuerpo de un inspector de policía retirado, con una pistola oxidada en el cajón y un expediente olvidado lleno de nombres que no le decían nada.
Lo primero que notó fue la música: un saxofón salía de la radio, acompañado por un piano que parecía demorarse antes de cada nota. Lo segundo fue la herida en su memoria. Sabía quién era, pero no por qué estaba allí.
Las aceras brillaban bajo la lluvia y los cafés parecían hechos para conversaciones que nadie quería mantener en casa. Descubrió que tenía una cita con una mujer llamada Simone, en el bar «Le Fauve». Ella no sonreía mucho.
Una red de tráfico de obras de arte había dejado un cadáver en Montmartre, y su nombre, por alguna razón, aparecía en el diario del muerto. Comenzó a indagar. Volvió a tomar notas como había hecho tantos años atrás en Lirandia: observó patrones, analizó motivos, reconstruyó horarios. Donde otros hablaban de intuición, él prefería comprobar.
Cada respuesta complicaba la anterior.
Simone había mentido sobre su relación con el muerto. El comisario llevaba meses apartando determinadas pruebas. Ninguno de los dos, sin embargo, fue lo que más lo inquietó.
Fueron las caras.
Había algo en ciertos gestos, en ciertas maneras de callar o de inclinar la cabeza, que ya había visto antes. No sabía dónde. Al principio creyó que era el cansancio. Después empezó a anotar también eso.
Resolvió el caso. Entregó a los culpables y se apartó sin ruido. Poco después murió solo, en una habitación de hotel con vistas al Sena, el cigarro aún consumiéndose en el cenicero.
Cuando abrió los ojos de nuevo, no hubo sorpresa.
Solo un susurro: «Otra vez».
Y, en algún lugar, un piano repitió tres notas que creyó recordar.













