El tren silbaba en la distancia como una bestia herida. El humo gris se elevaba en espirales desde la locomotora, manchando el pálido cielo de aquella mañana a finales de marzo. El vagón de tercera olía a cuero húmedo, carbón y cuerpos cansados. Entre los pasajeros, un hombre de mediana edad de rostro curtido por el sol de Castilla y la pena, sostenía entre sus dedos un sombrero de ala ancha gastado por los años y el viento. Se llamaba Julián Etxeberria, y regresaba a Donostia tras casi dos décadas de ausencia.
Durante años había cruzado toda la península trabajando como comerciante de ganado, visitando ferias de León, pastizales de Soria y polvorientas plazas de Aragón. Su acento vasco, antaño nítido como un cristal de Bohemia, se había oscurecido con giros y modismos de otras tierras. Pero en sus sueños —esos que lo asaltaban cuando dormía sobre jergones de paja en posadas—, Donostia persistía intacta: las barcas mecidas en la bahía de La Concha, los tambores lejanos de la Tamborrada, el olor a pan caliente en las callejuelas de la parte vieja.
Había partido joven, con la mirada cargada de ambición y una herida reciente: el entierro de su madre y la venta forzada de la casa familiar por las deudas de su padre, un lobo de mar que nunca aprendió a guardar el dinero ganado. Juró entonces no volver hasta tener algo propio que ofrecer a su tierra. Pero los años lo desgastan todo, incluso el orgullo. Ahora, con un pulmón dañado por las humedades de Palencia y una pierna que crujía al subir cualquier cuesta, Julián no regresaba a conquistar nada, sino a rendirse.
Un hombre delgado y hambriento se sentó frente a Julián, con ropas harapientas y descoloridas que claramente no le pertenecían. Vendía pequeñas estampas religiosas a los pasajeros del tren con tal de ganar unas monedas para comer. Aunque no era creyente, Julián compró una imagen del Cristo de Limpias solo por empatía, guardándola junto a una carta maltratada por el tiempo en su vieja cartera de cuero. La letra era de Ane.
Ane Mendizábal. Su promesa rota, su canción inconclusa. Ella no quiso partir con él aquel día. Esperó dos años, tal vez tres. Después, resignada a cómo son las cosas, contrajo matrimonio con un tendero como mandaba la tradición. La noticia le llegó por una escueta misiva sin sentimentalismos, aunque escrita con tinta más salada que el mar.
El tren se detuvo en Miranda de Ebro para cambiar la locomotora. Los pasajeros estiraron las piernas, fumaron en silencio, tomaron caldo humeante en cuencos de loza en una posada junto a la estación. Julián encendió un cigarro barato y contempló el paisaje: un cielo gris, campos desnudos aguardando la primavera, y al fondo, promesa de un nuevo comienzo, las suaves lomas del País Vasco. Sintió una opresión en el pecho, no física sino del alma. Era la espera. Un anhelo callado, como el de las madres que aguardan noticias de hijos partidos a las Américas y de quienes ya no volvieron a saber.
Por fin llegó a la estación de Donostia al anochecer, cuando el sol teñía de cobre los tejados. Bajó del tren con torpeza y se detuvo a contemplar el perfil del monte Urgull, coronado por la silente imagen del Cristo. Poco había cambiado. Algunos coches de caballos esperaban en fila junto al andén, y los cocheros charlaban en euskera bajo la mirada paciente de los bueyes. Julián prefirió caminar.
Recorrió la parte antigua de la ciudad como un espectro errante. Reconoció las tabernas, aunque ya no recordaba los nombres. De algunos portales salía el aroma a caldo de marmitako humeante, mientras que de otros se escapaba la risa estruendosa de los marineros. Al pasar por la calle 31 de agosto, vio a una mujer tendiendo ropa en un balcón. Por un instante creyó que era Ane debido a su gesto y cuello ladeado hacia el sol... Pero no, era otra mujer mucho más joven. Ane debería rondar ahora los cuarenta y tantos años, quizás con hijos ya casados.
Llegó hasta la playa, se quitó los zapatos y sumergió los pies en la húmeda arena. El frío le subió por los tobillos como un recuerdo que renace. No había nadie a esa hora, solo un perro solitario hurgando entre algas secas y una pareja de pescadores arreglando sus redes. Se sentó sobre una roca y sacó la carta. Leyó solo la primera línea: “Julián, no te guardo rencor. Siempre pensé que volverías algún día”. Se sabía de memoria el resto. La había leído tantas veces en las posadas, bajo la temblorosa luz de las velas, que la tinta se había desdibujado como un secreto contado al mar.
Quiso llorar, pero no pudo. Las lágrimas se le habían agotado por dentro. En su lugar, sonrió. Una sonrisa cansada, más cercana al silencio que a la alegría. Volver a Donostia no le devolvía lo perdido, pero tampoco le pesaba ya. Era como entrar en una iglesia vacía después de tantos años: nada había cambiado y, sin embargo, todo parecía distinto.
Al incorporarse, su cuerpo se sentía más ágil de lo normal. El dolor que había sentido durante tanto tiempo en su pierna parecía haber desaparecido mágicamente, o quizás el dolor se había atenuado simplemente al estar junto al mar. Caminó con paso decidido hacia el muelle, donde un grupo de jóvenes estaba tocando una tradicional trikitixa de forma espontánea. Les pidió amablemente que le interpretaran una canción. Ellos no conocían su identidad, pero entonaron alegremente un viejo zortziko, el tipo de canción que se escuchaba comúnmente en las fiestas populares de San Sebastián. Julián cerró sus ojos y se dejó envolver por la melodía. En cada nota podía evocar un recuerdo diferente, una calle distinta, una risa del pasado. Finalmente, se permitió a sí mismo sentirse como en casa una vez más.

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