.Nunca supiste bailar. Te movías como si el mundo girase a tu alrededor y el suelo solo sirviera para sostener tus caros zapatos italianos. Aún puedo verte aquella noche en la fiesta de los Estévez, rodeado de gente que reía demasiado fuerte y miraba demasiado poco. Sostenías una copa de bourbon y sonreías sin enseñar apenas los dientes, como si incluso eso pudiera resultar excesivo.
Yo llevaba un vestido azul medianoche con escote barco, el mismo del que dijiste que me hacía parecer «menos provinciana». Cuando pasaste frente a mí sin saludar, como si no hubiésemos compartido un diminuto apartamento en la Rue Jacob y revuelto juntos todas sus sábanas, supe que te habías convertido en lo que siempre quisiste ser: un desconocido famoso.
No eras actor, aunque muchos lo creían. Tenías aquel aire de tragedia elegante y pronunciabas frases a medias que parecían citas de otro. Decías ser hijo de diplomáticos, aunque nunca supe en qué embajada habías aprendido a mentir con tanta naturalidad. Tu nombre, Marcelo, con «c» suave, sonaba como el de un perfume caro que decepciona al destaparlo.
Cuando llegamos a Tánger en marzo del 82, aún creía que había algo en ti digno de ser comprendido. Caminábamos entre los zocos, tú con las camisas de lino abiertas hasta el pecho y aquella indiferencia fotogénica que atraía las miradas. Decías cosas como «el mundo es un teatro y nunca fui bueno siguiendo guiones». Yo, que entonces todavía confundía la autenticidad con una forma de amor, anotaba tus frases en servilletas de café.
La suite del hotel daba al Estrecho, pero tú insistías en mantener las cortinas cerradas.
«Demasiada luz desgasta la belleza», murmuraste una mañana mientras encendías un cigarrillo con la misma mano que me había acariciado unos minutos antes.
Creo que empecé a entenderte entonces.
Regresamos a Madrid con maletas llenas de recuerdos innecesarios: alfombras en mal estado, túnicas de algodón y hasta un elefante de marfil tallado que acabarías regalando a una periodista de RTVE. Tú retomaste tus noches de juerga, los brindis y los coqueteos con mujeres que cultivaban cierta afectación parisina. Yo tardé algo más en comprender que nuestro viaje había terminado antes de coger el avión de vuelta.
Todo aquello regresó a mi memoria esa noche en casa de los Estévez. Yo había jurado que no iría, pero pudo más la curiosidad. Quería saber si aún conseguías ser el centro de gravedad de cualquier habitación.
Y allí estabas, impecable con tu traje blanco y otra copa de bourbon en la mano.
Me acerqué no para hablar contigo, sino para comprobar qué había hecho el tiempo. Tenías una arruga nueva junto a la comisura de los labios y, a tu lado, una mujer que no debía de pasar de los veinte.
Te saludé como quien devuelve un libro ya leído.
«Marcelo, qué sorpresa. ¿Sigues fingiendo que nada te importa?»
Sonreíste de aquella manera tuya, sin enseñar demasiado los dientes. No respondiste.
Más tarde te encontré solo en el jardín. Mirabas el reflejo de las luces en la piscina con una atención que nunca te había visto prestar a casi nada. Me acerqué sin saber muy bien por qué.
«¿Alguna vez sentiste algo verdadero?», te pregunté.
Encendiste un cigarrillo despacio y dejaste escapar el humo antes de contestar.
«No en un sentido convencional.
Eso fue todo.
Volví a casa sola en un taxi. Tras la ventanilla pasaban los escaparates iluminados de Madrid. Recordé Tánger, la Rue Jacob, tus frases, tus silencios. No lloré. Hacía meses que había dejado de hacerlo por ti. Pero sentí algo pequeño y preciso bajo las costillas y comprendí que algunas heridas no desaparecen. Aprenden a no verse.
A veces la gente me pregunta por ti. Qué fue de aquel hombre elegante y misterioso que siempre parecía envuelto en humo. Respondo que probablemente sigues en alguna fiesta hablando de ti mismo como si hablaras de otro. Siempre el personaje principal, nunca el autor.
Y algunas noches, cuando la nostalgia entra sin permiso, recuerdo tu voz pronunciando mi nombre con una ternura que entonces me parecía verdadera. Durante un instante breve, delicado y casi irreal, también yo creí en ti.
Pero ya ves: algunas verdades llegan disfrazadas de sarcasmo.
Y a ti, querido, el disfraz siempre te sentó de maravilla.

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