domingo, 12 de julio de 2026

Donde no hay gloria

Cuando sonó la sirena, Iván estaba sentado frente a la ventana empañada del barracón. Tenía las botas desatadas y una mancha de tinta en el pulgar. Afuera, la nieve estaba gris junto a las cocinas. Dentro olía a tabaco rancio y a ropa húmeda.

Los oficiales nunca pronunciaban bien su apellido. Al principio los corregía; luego dejó de hacerlo. Le quedaban dos días antes del embarque, o eso decían. «Al frente», repetían, como si no fuera aquel lugar del que los hombres volvían mutilados, cuando volvían.

Iván había leído los panfletos y escuchado los discursos. Hablaban de defender la patria y de limpiarla de traidores. Las palabras las pronunciaban hombres a los que él solo había visto detrás de una tribuna.

—Lo que tienes es miedo —le dijo su padre antes de cerrar la puerta.

Tenía miedo, pero no tanto al disparo o a la trinchera como a regresar igual que los soldados que se quedaban callados durante la cena y se sobresaltaban cuando alguien cerraba una puerta.

Su madre no dijo nada al verlo con el uniforme. Lo abrazó demasiado fuerte y luego le alisó una manga.

—No eres un traidor por no querer ir —le había dicho Clara la noche anterior.

Se habían encontrado en la antigua biblioteca del pueblo. Clara le llevaba dos años y, de vez en cuando, le pasaba libros que no podían encontrarse allí.

—¿Y si solo tengo miedo? —preguntó él.

Clara tardó en responder.

—Puede ser. Pero sería peor fingir que quieres ir.

Su hermano había muerto en la primera ofensiva. La caja llegó cerrada. En el documento adjunto habían escrito mal su nombre. Desde entonces, Clara evitaba hablar de la guerra.

En el cuartel desconfiaban de Iván. Se burlaban de sus preguntas y de la costumbre que tenía de apartarse cuando los demás empezaban a gritar. Uno de los que más lo provocaban se había orinado encima al ver pasar un convoy cargado de ataúdes. Nadie volvió a mencionarlo.

La víspera de la marcha, Iván salió del barracón antes de que encendieran las luces. En el bosque no se detuvo hasta dejar de oír a los centinelas. Se sentó detrás de un tronco caído y escribió una nota sobre una piedra. Tuvo que empezar dos veces porque le temblaban las manos.

«No puedo ir. No quiero matar a nadie ni morir por una causa en la que no creo. Puede que sea miedo».

Al regresar, se quitó el uniforme y trató de doblarlo. Una de las mangas quedó torcida. Dejó la nota encima y salió por la puerta trasera.

No sabía cuánto tardarían en registrar el bosque. Tampoco sabía qué harían con sus padres. Pensó en volver, pero siguió andando.

Cuando alcanzó el camino, la sirena sonó otra vez. Iván apretó el paso.

domingo, 5 de julio de 2026

Bajo el paraguas de tu voz

A esa hora, los charcos se repetían con una insistencia casi cruel, y los neones gastados de un bar de copas apenas alumbraban la sombra oblicua de un puente que servía de techo a un cartón extendido. El viento no soplaba: empujaba. Y él caminaba desde hacía horas con la cabeza agachada, el cuello del abrigo subido y los zapatos empapados.

No tenía claro por qué acudía a verla. Habían pasado semanas, quizá meses, desde la última vez que compartieron algo más que silencio. Y, sin embargo, en aquella noche sucia y hostil, la idea de verla se impuso como un instinto. Como un animal herido que vuelve al arbusto donde se refugió de pequeño.

En la esquina de Bravo Murillo con Raimundo Fernández Villaverde, la lluvia caía con más rabia. La acera estaba salpicada de colillas mojadas, restos de papel grasiento y un coche con las ventanillas empañadas, donde una pareja discutía sin moverse de sus asientos. Cruzó sin mirar. No había nadie que quisiera atropellarle.

Marina vivía en un piso interior, sin ascensor. La puerta de su edificio se abría mal: había que empujar con la rodilla y un poco con el alma. Él subió los escalones contándolos, como cuando era pequeño y su madre le decía que el miedo se vencía haciendo las cosas con precisión.

Ella abrió sin preguntar quién era.

—Pensé que estabas muerto o que te habías ido para siempre —dijo, sin rencor ni alegría.

No se miraron. Él entró, empapado, con un olor metálico que se mezclaba con el aroma a tabaco. Arrojó el abrigo sobre una silla sin fijarse. El cuarto estaba casi a oscuras, iluminado únicamente por una lámpara junto al sofá, donde se amontonaban libros y revistas viejas. En la mesa baja había una taza medio vacía y un cenicero con colillas recientes. La radio sonaba en voz baja con un locutor que hablaba de política.

—No sabía a dónde ir —dijo él en tono de disculpa, apoyándose en la librería.

Marina no contestó de inmediato. Fue hasta la cocina y regresó con un vaso de hierbas mallorquinas que dejó frente a él. Después tomó asiento, arropándose con una bata azul descolorida.

—Esta no es una posada —comentó al cabo de unos momentos—. No puedo ofrecer alojamiento. Ni siquiera para mí misma.

—Lo entiendo —respondió él con una media sonrisa cansada—. Pero no tengo otro lugar adonde ir.

El silencio se instaló entre ellos, espeso y cálido. Afuera, la lluvia golpeaba el cristal sin ritmo alguno.

Ella encendió un pitillo y le ofreció otro. Fumaron sin hablar. Él pensó en la oficina, en la cara vacía de su jefe, en los cafés tibios y en los compañeros que hablaban de fútbol para no hablar de sus propias vidas. Pensó también en las noches de insomnio. En la radio como único consuelo. En los pasos resonando por los pasillos vacíos de su edificio.

Ella se acercó a la ventana y la abrió un poco. Entró aire húmedo y fresco. Luego se volvió hacia él.

—No te quedes si mañana vas a desaparecer de nuevo sin avisar.

Él no respondió enseguida.

Se acercó y apoyó la cabeza en su hombro.

Marina no dijo nada. Se limitó a posar una mano sobre su espalda.

La lluvia seguía golpeando los cristales. La radio continuaba murmurando noticias que ninguno de los dos escuchaba.