domingo, 4 de octubre de 2026

La tinta que nunca deja de sangrar

Las calles de la ciudad goteaban bajo la llovizna, reflejando la luz amarillenta de las farolas como páginas mojadas de una novela inconclusa. En la niebla de la madrugada, un hombre de abrigo desgastado y ojos hundidos avanzaba sin prisa. En los labios llevaba un nombre que ya no se atrevía a pronunciar y, en el bolsillo, un papel arrugado donde, con tinta temblorosa, aún se leía: «Nunca te vayas sin despedirte».

El Club St. Germain respiraba un humo denso y olía a ginebra. El saxo de un músico de manos envejecidas desgarraba el aire con una melodía que a Jean le resultó demasiado familiar. Se deslizó entre las mesas, esquivando sombras, hasta llegar a la barra.

—Absenta —murmuró al camarero.

El verde licor cayó en el vaso.

—No has cambiado, Jean. Sigues bebiendo como si buscaras respuestas en el fondo.

La voz de Clémence atravesó el saxo. Ella estaba allí, vestida de negro, observándolo como si llevara un rato esperando.

—Y tú sigues apareciendo cuando ya no creo en milagros.

Se miraron. En aquel silencio estaban los cafés nocturnos compartidos y las despedidas que nunca habían sabido terminar. La última vez que la había visto, llevaba un abrigo rojo y hablaba de un viaje a Lisboa. A Lisboa no llegó. A él tampoco volvió. Durante años, Jean apenas había sabido qué hacer con ese recuerdo.

—He estado en Roma —dijo ella—. Intenté olvidarte allí, pero esta ciudad nunca terminó de soltarme.

Jean sonrió, un gesto torcido como el humo de su cigarrillo. El pianista acarició las teclas y, durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada.

—Dime, Clémence… ¿Qué hacemos con las historias que no terminan?

Ella se inclinó hasta quedar muy cerca de él, pero no llegó a rozarlo.

—Las seguimos escribiendo, Jean. Aunque duelan.

Jean bajó la mirada hacia el vaso. Afuera seguía lloviendo.

Metió una mano en el bolsillo y rozó el papel arrugado. Después volvió a mirarla. Por primera vez en años, no pensó en una despedida.