domingo, 17 de mayo de 2026

Nada que decir, todo por sentir

La cafetera silbaba roncamente con sus últimos estertores sobre el hornillo, mientras los tímidos rayos de sol se filtraban entre las flores mustias de la cortina. Eran casi las siete de la mañana, como siempre. Y como siempre, Ana revolvía pensativa el azúcar en su vaso de Duralex, sin mirarlo, sin decir nada. El vapor empañaba ligeramente sus gafas. Llevaba puesta la bata gris desgastada, la misma de todos los días, aquella de la que nunca pudo quitar del todo la mancha de la cadera.

Sentado a la mesa se encontraba Julián, con su camiseta blanca de tirantes que usaba para dormir. Sus manos eran ásperas y sus uñas llevaban consigo la tierra perpetua del trabajo, aunque ya no recordaba si de los ladrillos o de las cajas del almacén. Sorbo a sorbo, bebía el café en silencio. El pan estaba algo duro, pero tampoco se quejaba.

Han vuelto a subir el butano —comentó Ana, sin levantar la mirada.

Julián asintió con la cabeza. Ya no discutían sobre esos temas. No por acuerdo expreso, sino por el cansancio acumulado.

Llevaban quince años viviendo en un piso de Orcasitas, en un bloque de ladrillo visto donde todas las ventanas parecían observarse mutuamente. Ropa tendida en las cuerdas del patio interior, olor a coliflor hervida a media mañana y niños gritando desde temprano al bajar por las escaleras empujándose. La vida continuaba, claro. Pero ellos se habían ido quedando quietos y apagados, al igual que los muebles viejos que uno conserva porque, total, ahí están.

A las ocho, Ana se iba al hospital, donde limpiaba desde las 9 de la mañana hasta que le dolía la espalda por el esfuerzo. Al terminar su turno, tomaba el metro y regresaba a su casa con los pies cansados, llevando una bolsa con algunas frutas y verduras. Por su parte, Julián salía de su trabajo un poco antes, pedaleando en su bicicleta, hacia el polígono industrial donde se dedicaba a descargar cajas de lo que hubiera cada día. Hace año y medio que le pagaban en negro. Él decía que todo estaba bien, Ana prefería no opinar, ni decir lo que realmente pensaba.

Últimamente, solo se comunicaban para tratar asuntos del día a día, como pagar la comunidad o que había que cambiar una bombilla. Ya no hablaban sobre sus anhelos o inquietudes personales. Los prolongados silencios se habían apoderado de su tiempo en común, especialmente los fines de semana.

No obstante, habían compartido buenos momentos en el pasado, como acudir juntos a la cola del paro, celebrar el bautizo de su sobrino o las discusiones por no poder seguir pagando la hipoteca de su vivienda. También habían atravesado momentos de incertidumbre e insomnio, apoyándose mutuamente. En el pasado tuvieron ilusiones, aunque ahora ya ni siquiera recordaban con claridad con qué planes soñaron. ¿Mudarse a una casa rural? ¿Montar un pequeño negocio? ¿Comprar un perro? Al final no llevaron a cabo ninguno de esos proyectos. Simplemente vivieron el presente.

Una noche, mientras veían un concurso en la tele, Ana comentó en voz alta, sin pensar:

—A veces siento que estamos esperando que termine algo, pero no sé bien el qué.

Julián bebió un sorbo de agua y cambió rápidamente de canal.

Ese tipo de reflexiones quedaban flotando en el ambiente, aunque ya no dialogaban abiertamente sobre ellas. Al igual que un pequeño corte con un papel, que no sangra mucho, pero pica durante días.

En el hospital, Ana a veces veía a las otras chicas riéndose con los celadores, o hablando de lo que harían el sábado por la noche con emoción. Ella ya no hacía planes divertidos. Compraba comida para dos, aunque ahora solía cocinar solo para uno, y dormía de costado en su lado de la cama. Julián llegaba en silencio y encendía la radio, aunque realmente no la escuchaba. Cenaban juntos, pero sin decir palabra. Un huevo frito, un poco de arroz si había, lo que fuera.

Nunca se habían hecho promesas cariñosas de amor verdadero, pero tampoco se gritaban. No era una guerra declarada, era un desgaste lento y constante. Al igual que las escaleras del viejo edificio que rechinaban de tanto uso. Y, aun así, había algo en la manera en que él cuidadosamente le pasaba su abrigo sin decir palabra, o en cómo ella siempre le dejaba escondidas un par de galletas caseras en su lonchera. Como si hubiera nostalgia por lo que fueron en el pasado y que se resistía a desaparecer por completo.

Una tarde de domingo, él la encontró en el sofá, dormida, con su bata puesta y la cabeza ladeada, un cigarro apagado en el cenicero. Se sentó a su lado y la miró en silencio por un rato. Ana abrió los ojos con pesadez.

—¿Qué pasa? —preguntó con voz ronca.

—Nada. Que roncabas fuerte.

Ella soltó una risita corta y baja. Después se frotó los ojos y se quedó mirando por la ventana.

—Julián... no vamos a ningún lado, ¿cierto?

Él no contestó. También miró por la ventana. La persiana de los vecinos se movía con la brisa.

—No —dijo al fin—. Pero tampoco estamos tan mal.

Y era cierto. No había golpes violentos. No había gritos de cabreo. Pero tampoco había abrazos cariñosos. Ni palabras de amor. Era una paz hueca y vacía, como una casa sin habitantes.

Unos días después, Ana trajo una caja del trabajo. La dejó junto a la cama.

—Voy a irme por una temporada. A casa de mi hermana.

Julián asintió. No hizo ninguna pregunta sobre cuánto tiempo sería “una temporada”.

—Dejaré el juego de sábanas limpias en el primer cajón —añadió ella, con un tono tan neutro como al hablar del tiempo que haría mañana.

El día que se marchó, no derramaron lágrimas. Se despidieron como cuando se apaga una luz. Un beso en la mejilla, una maleta en la mano, la sensación de que ya no quedaba más que decir.

Ana bajó por las escaleras cargando la maleta. Julián asomó la cabeza por la ventana del patio trasero. La vio salir del portal y cruzar la calle con paso firme. No miró hacia arriba.

Volvió a la cocina. El café estaba frío. Encendió la radio. Una canción melancólica sonaba de fondo, aunque no la reconoció. Se sentó, como siempre, frente al vaso de Duralex. Y, como siempre, pensó en bajar la basura. Pero se quedó inmóvil.

Quizás mañana.

 


domingo, 10 de mayo de 2026

Redescubriendo el ser: una vida más allá de la evasión


A veces me sorprende lo fácil que puede ser vivir sin realmente vivir. O, mejor dicho, simplemente sobrevivir. Respirar por inercia, moverse como siguiendo una coreografía sin comprender el porqué. Hace un par de días escuché un fragmento de conversación por la calle que sentí como un espejo puesto frente a algo que preferimos no mirar: ese tipo de vida suplente que ya nos la dan masticada, envuelta en rutinas, tareas y distracciones. Esa vida que se parece mucho a un engranaje, pero muy poco a un milagro.

El aburrimiento —decía aquella mujer— no nace de la vida en sí, sino de su ausencia. No porque no haya estímulos, sino porque hemos domesticado hasta lo más salvaje: el amor, el tiempo, incluso nuestros propios pensamientos. Y cuando todo se vuelve predecible, cuando incluso nosotros nos volvemos previsibles, ¿qué queda? Queda esa especie de silencio sordo que llamamos el aburrimiento. No es que no haya nada que hacer, es que todo lo que hacemos carece de sentido, como si estuviéramos atrapados en una versión diluida de lo que podría ser nuestra existencia.

Llevo dos días sintiendo esa idea resonar con fuerza en mi cabeza, destripando la forma en que vivimos hoy. Se espera que nos levantemos a una hora regular, cumplamos un horario, produzcamos, demos resultados y repitamos. Aplaudimos la eficiencia, pero rara vez nos preguntamos si lo que hacemos realmente merece la pena ser hecho. Incluso en el amor hay una domesticación peligrosa: las relaciones se vuelven contratos tácitos de presencia sin atención, de compañía sin mirada. La fidelidad —a nosotros mismos, a los demás, a lo que creemos— deja de ser una elección viva y se transforma en un hábito muerto.

La perplejidad del vacío, la exploración de la falta de sentido nos lleva a buscar diversión. Es curioso que la palabra “diversión” provenga de “divertere”, que significa salirse del camino. Nos escapamos a las pantallas, a los centros comerciales, a fines de semana hiperplaneados y los algoritmos nos dicen qué ver, comer y pensar. Pero, ¿qué pasaría si nos detuviéramos en vez de huir? ¿Y si buscáramos dentro en lugar de fuera lo que nos falta?

La naturaleza no experimenta aburrimiento. Cada ser vivo, nube y sombra en la pared posee lo irrepetible. El problema no radica afuera, sino en cómo nos relacionamos con el mundo. Hemos dejado de sorprendernos, no porque el mundo dejó de ser asombroso, sino por mirarlo con ojos adocenados. El mismo camino al trabajo podría variar diariamente si lo recorriéramos con nueva perspectiva. Pero no, lo recorremos con la mente en otro lugar, viviendo como tarea secundaria.

Creo que el antídoto para el aburrimiento no se encuentra en multiplicar actividades, sino en aprender a estar: presentes, atentos, vivos. Redescubrir el arte de demorarse, volver a mirar lo que creímos conocido. Quizás la alternativa resida en regresar, aunque sea gradualmente, a una vida no automatizada: elegida, cuestionada. Una vida donde el amor no se repite sino recrea, la fidelidad se decide no se impone y cada día posee lo inédito, aunque semejante. He aquí el camino, el único que merece ser recorrido.

domingo, 3 de mayo de 2026

Eduardo y Clara, una elegía del 68

El café tenía un nombre francés que nadie lograba pronunciar correctamente. Estaba ubicado en una esquina tranquila y contaba con amplios ventanales que se abrían a una calle empedrada por donde los autos pasaban tan despacio como los interminables días de verano de agosto. Dentro del local se percibía un aroma que mezclaba la fragancia de libros nuevos abiertos y el humo suave del tabaco rubio; todo al compás pausado del preludio en do menor de Rachmaninov que sonaba en un tocadiscos algo desgastado.

Siempre se veían las mismas personas en el lugar: un poeta que ya no escribía más poemas; una mujer que leía los escritos de Beauvoir como si consultara un oráculo y algún estudiante de gafas redondeadas que aparentaba leer las obras de Sartre, pero en realidad observaba disimuladamente a las camareras del lugar. En medio de esa repetitiva escena cotidiana aparecieron ellos dos; él luciendo una barba cuidadosamente recortada y vistiendo trajes de lino claro; su expresión parecía directamente sacada de una película de Antonioni. Ella era alta y vestía de forma elegante, sin alardes ni estridencias; llevaba consigo un aire de descuido calculado en su atuendo, como si quisiera que el mundo percibiera cuántas cosas le importaban realmente. Siempre se sentaban juntos en la mesa cerca del piano, sin tocarse jamás y apenas hablaban. Sin embargo, todo en ellos era como un diálogo intenso y mayormente silencioso.

Se llamaban Eduardo y Clara, si bien nadie lo sabía a ciencia cierta; el camarero era quien lo había deducido al escucharlos en una breve discusión que apenas duró unos instantes. Fue algo insignificante, como una nota discordante en una melodía casi perfectamente armoniosa.

En la universidad él impartía clases sobre estética mientras ella provenía de una familia que aún recordaba melancólicamente las temporadas en París y los veranos en Cadaqués; los conciertos en casa del tío José quedaban grabados en su memoria por la presencia de un joven Montsalvatge que una vez tocó allí. Su unión había sido más producto del entorno que del deseo genuino; formaban parte de esa especie de parejas destinadas al adiós perpetuo, casi como si compartieran el espacio pero no el aliento vital.

Aquellos años eran extraños. Las paredes aún escuchaban, los libros llegaban envueltos en papel de estraza, y las conversaciones verdaderas se daban en voz baja, tras dos copas de vino tinto y la certeza de que nadie más oía. Tratando de encontrar un espacio propio dentro del ambiente que se respiraba entre las sombras del cineclub de los jueves estaba Clara; allí disfrutaba de películas polacas que susurraban al oído verdades prohibidas para este lado del mundo donde aún se oían voces autoritarias. Mientras tanto, Eduardo hallaba consuelo sonoro en la música; atesoraba impecablemente una colección de vinilos como si fuesen fragmentos de una memoria intocablemente pura. En ocasiones, al hablar sobre el futuro, lo hacían de forma automática como si estuvieran repitiendo una frase que habían memorizado sin realmente creer en ello.

Un día de invierno, Clara dejó de frecuentar el café sin que nadie preguntara por ella. Eduardo seguía apareciendo más tarde de lo habitual, como si aguardara encontrársela por casualidad. Sin embargo, nunca tuvo éxito. Comenzó a redactar cartas que jamás envió. En una de esas cartas —que más adelante quemaría— escribió: “Te he amado manteniendo la lealtad de lo que no se pronuncia. Cada pausa entre nosotros representaba una manera de no perderte”.

La realidad resultó ser muy prosaica. Clara se encontraba enferma; su prima mencionó algo acerca de sus pulmones una tarde mientras recogía los libros que Clara le había prestado y que él no había leído aún. Eduardo deambuló durante semanas sin rumbo por las calles mojadas de la ciudad, envuelto en su abrigo de tweed como un lector culto; de esas personas que citan a Rilke para evitar derramar lágrimas.

Finalmente la visitó. Fue un martes, al caer la tarde. Clara se encontraba junto a la ventana, cubierta con una manta que desprendía el suave aroma de lavanda y nostalgia suspendida en el tiempo. Los dos mantuvieron una conversación que resonaba como aquellas que tienen lugar, sabiendo que todo lo importante ya fue dicho en otro momento o en alguna otra habitación del pasado. Él trajo consigo un disco de Schubert y ella le ofreció una taza de té que no probaron.

—¿Por qué vienes ahora? — preguntó ella con curiosidad en lugar de reproche.

—Porque nunca me fui.

Sonrieron juntos por última vez.

Clara murió una mañana de abril, sin ceremonias ni ningún tipo de despedida formal. Su familia organizó un funeral austero, lleno de flores blancas y gente bien vestida que hablaba en susurros sobre lo que nunca había sucedido. Eduardo no habló. Llevaba un pañuelo gris en el bolsillo izquierdo de la chaqueta y sus ojos reflejaban tristeza y apatía. Esa noche volvió al café. El pianista tocaba algo de Satie, y el camarero le preguntó si deseaba lo de siempre. Eduardo asintió con un gesto leve. Se sentó en la misma mesa, junto al piano. Frente a él, la silla vacía era más elocuente que cualquier monumento.

Durante varias semanas, sin falta alguna, continuó realizando esa rutina familiar en el lugar habitual que frecuentaba regularmente; en ocasiones portaba consigo un libro para sumergirse en sus páginas o simplemente una libreta en blanco donde plasmaba de manera desorganizada frases inconclusas que rondaban por su mente inquieta y creativa. Una tarde cualquiera y sin previo aviso, cesó por completo su presencia en aquel rincón cargado de recuerdos y nostalgia impregnada en cada esquina del establecimiento; no pasó nada dramático que justificara su ausencia repentina y silenciosa. El camarero observó la mesa vacía y desprovista de vida, como si estuviera recogiendo un eco del pasado que se desvanecía lentamente entre las sombras del crepúsculo cotidiano.

Se rumorea que se fue al extranjero a trabajar en una universidad del sur de Francia donde enseñaba sobre la relación entre el tiempo en la literatura. Algunos afirman haberlo visto comprando una edición antigua de “La nausea” en una librería de Lyon. Otros creen que vive solo en una casa tranquila rodeada por un jardín escuchando música de Mahler, mientras reflexiona sobre si el verdadero amor implica acompañar hasta el umbral sin atreverse a dar el paso definitivo.

Hoy, en ese café, que ha cambiado de nombre y ahora ofrece capuchinos excesivamente dulces, aún se encuentra el viejo tocadiscos que de vez en cuando sorprende a alguien al descubrir un viejo disco de Schubert reproduciéndose sin motivo aparente alguno— En esos instantes fugaces el tiempo parece detenerse y aquellos presentes – sin sospecharlo – escuchan el eco de pasos ya olvidados.