A veces me sorprende lo fácil que puede ser vivir sin realmente vivir. O, mejor dicho, simplemente sobrevivir. Respirar por inercia, moverse como siguiendo una coreografía sin comprender el porqué. Hace un par de días escuché un fragmento de conversación por la calle que sentí como un espejo puesto frente a algo que preferimos no mirar: ese tipo de vida suplente que ya nos la dan masticada, envuelta en rutinas, tareas y distracciones. Esa vida que se parece mucho a un engranaje, pero muy poco a un milagro.
El aburrimiento —decía aquella mujer— no nace de la vida en sí, sino de su ausencia. No porque no haya estímulos, sino porque hemos domesticado hasta lo más salvaje: el amor, el tiempo, incluso nuestros propios pensamientos. Y cuando todo se vuelve predecible, cuando incluso nosotros nos volvemos previsibles, ¿qué queda? Queda esa especie de silencio sordo que llamamos el aburrimiento. No es que no haya nada que hacer, es que todo lo que hacemos carece de sentido, como si estuviéramos atrapados en una versión diluida de lo que podría ser nuestra existencia.
Llevo dos días sintiendo esa idea resonar con fuerza en mi cabeza, destripando la forma en que vivimos hoy. Se espera que nos levantemos a una hora regular, cumplamos un horario, produzcamos, demos resultados y repitamos. Aplaudimos la eficiencia, pero rara vez nos preguntamos si lo que hacemos realmente merece la pena ser hecho. Incluso en el amor hay una domesticación peligrosa: las relaciones se vuelven contratos tácitos de presencia sin atención, de compañía sin mirada. La fidelidad —a nosotros mismos, a los demás, a lo que creemos— deja de ser una elección viva y se transforma en un hábito muerto.
La perplejidad del vacío, la exploración de la falta de sentido nos lleva a buscar diversión. Es curioso que la palabra “diversión” provenga de “divertere”, que significa salirse del camino. Nos escapamos a las pantallas, a los centros comerciales, a fines de semana hiperplaneados y los algoritmos nos dicen qué ver, comer y pensar. Pero, ¿qué pasaría si nos detuviéramos en vez de huir? ¿Y si buscáramos dentro en lugar de fuera lo que nos falta?
La naturaleza no experimenta aburrimiento. Cada ser vivo, nube y sombra en la pared posee lo irrepetible. El problema no radica afuera, sino en cómo nos relacionamos con el mundo. Hemos dejado de sorprendernos, no porque el mundo dejó de ser asombroso, sino por mirarlo con ojos adocenados. El mismo camino al trabajo podría variar diariamente si lo recorriéramos con nueva perspectiva. Pero no, lo recorremos con la mente en otro lugar, viviendo como tarea secundaria.
Creo que el antídoto para el aburrimiento no se encuentra en multiplicar actividades, sino en aprender a estar: presentes, atentos, vivos. Redescubrir el arte de demorarse, volver a mirar lo que creímos conocido. Quizás la alternativa resida en regresar, aunque sea gradualmente, a una vida no automatizada: elegida, cuestionada. Una vida donde el amor no se repite sino recrea, la fidelidad se decide no se impone y cada día posee lo inédito, aunque semejante. He aquí el camino, el único que merece ser recorrido.

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