domingo, 26 de abril de 2026

Bajo el silencio del deseo

Bajo las campanas de la iglesia del barrio antiguo, donde el moho lo impregnaba todo, entre los callejones de aquella ciudad que nadie quería reconocer, y donde los hombres de uñas sucias y manos agarrotadas acudían a citas con muchachas de mirada pícara apoyadas en farolas, vivía Alfeo. Sin corazón en el pecho y sin sangre en las venas, dormía pocas horas; y cuando lograba soñar, lo hacía en blanco y negro, oyendo nombres susurrados que se le escapaban al despertar. Tallaba figuras de piedra, aunque no les dotaba de rostro, pulía aquella parte hasta dejarla lisa como el cristal, temeroso de que si abrían los ojos lo reconocieran.

Una noche, bajo la llovizna, encontró a la mujer. No tenía nombre o quizá demasiados. Estaba sentada en un banco de piedra, vestida con un traje rojo que parecía cosido con pétalos de carne y ceniza. Al acercarse, ella lo miró como en un espejo desenfocado que devuelve una imagen verdadera y distorsionada.

—“Déjame pasar”— dijo con una voz que retumbó en un murmullo.

Desde entonces, Alfeo no fue el mismo. Algo le bullía en el pecho como un ratón enjaulado en una caja de huesos. Comenzó a esculpir de noche, a gritar en sueños, a garabatear frases sin sentido en su habitación: “Tengo una bestia en el alma con hambre de mí”.

Cada vez que aparecía —ya fuera desnuda y salpicada de plumas o bien armada de espinas—, le ofrecía un fruto imaginario, y él, fiel a la pasión que consumía sus días, lo aceptaba sumiso. Pues era una pasión mayúscula, una fiebre ardiente, una espina que se hincaba más hondo con cada caricia. Pero también era una condena. Ella no hacía el amor: masticaba su alma y se la devolvía transformada, cargada de nuevos matices.

Una mañana, al contemplar su reflejo en un espejo, Alfeo se descubrió observándose desdeñoso: tenía un cuerno diminuto, aunque visible en la frente. Al tocarse, manó la sangre.

El cura del barrio -ciego de nacimiento, pero clarividente en lo concerniente a las almas de los hombres- le dijo sin preámbulos:

—Ese demonio no procede de fuera. Eres tú.

Y Alfeo lloró, no de miedo, sino porque una repentina lucidez se apoderó de él, como si una luz se encendiera en medio de una cripta en mitad de la noche. Y en ese momento buscó la redención. Se ató a una roca como Prometeo y dejó que los días le royeran. Pero cada noche, la mujer sin nombre acudía a lamerle las heridas con una lengua de fuego.

—No huyas —le decía —de aquello que te da forma. Esta grieta por donde entras es la puerta a tu verdadero ser.

Alfeo intentó rezar, pero las palabras se le derretían en la boca como hostias podridas y amargas. Quemó las estatuas, pero entre las cenizas se dibujaba visible el rostro de ella. Trató de arrojarlas al río, pero el agua se abrió como si no quisiera tocarlas.

Una tarde de otoño oscura, con una bandada de cuervos posados en las ramas secas de los árboles, Alfeo encontró algo inesperado mientras buscaba entre sus viejas pertenencias. Envuelta en un trozo de tela áspera, había una figura tallada en oscuro mármol que representaba su cuerpo desnudo con el pecho abierto y un corazón de obsidiana en su interior, riendo con una boca formada por espinas afiladas en lugar de labios.

De repente comprendió que alejar el mal no era la solución. Debía aprender a convivir con él, equilibrar su presencia sin dejarse dominar por sus oscuros influjos.

Aquella noche se encontró cara a cara con la mujer sin nombre. Sin miedo ni súplicas, le plantó cara con valentía.

—No pretendo redimirme —le dijo con firmeza—, pero tampoco pienso someterme a tu voluntad.

Por primera vez, ella esbozó una tenue sonrisa, efímera como un espejismo.

—Ahora que te has visto tal cual eres, elige tu camino.

No resonaron truenos ni acudieron espíritus celestiales. Solo el silencio ocupó el espacio entre ellos. Fue entonces cuando Alfeo sintió que algo antes roto se reconstruía en su interior, como huesos dislocados que vuelven a su sitio.

Desde aquel día, Alfeo deambula tranquilo por las calles desiertas. Ya no plasma versos en las paredes, pero sus manos conservan las cenizas de antiguos dolores.

Cuentan que parece un santo o un lunático. Quien contempla sus figurillas talladas —donde la sangre mana de la piedra y los cuerpos suspiran— siente que algo les observa desde dentro, una fuerza primigenia, aunque maltrecha, que se agita en lo más hondo.

Y en cada obra se distinguen sutilmente dos formas entrelazadas: una boca que ríe y otra que reza en silencio.

domingo, 19 de abril de 2026

Alta capacidad para molestar (y reflexionar)

Un día Diego fue enviado al pasillo de la clase por ser demasiado ingenioso. La profesora le gritó: “¿Qué dirían tus padres si los llamara ahora?”. Él respondió: “…¡Hola!”.

Justo catorce segundos después de ese comentario, el alumno de 16 años más brillante del colegio se encontraba en el pasillo, con la puerta del aula cerrándose detrás de él con un golpe que transmitía más resignación que enojo. Ya no le sorprendía ser enviado al pasillo. Lo que le intrigaba era si los maestros compartían una hoja de cálculo con sus ocurrencias. Hubiera tenido sentido.

El director del instituto, don Eduardo, llevaba meses tratando de categorizar a Diego: ciertamente era brillante, pero también un dolor de cabeza envuelto en sutil ironía o crudo sarcasmo, según fuera momento. Según el psicopedagogo, poseía “altas capacidades globales”, lo que en el lenguaje del profesorado se traducía como “un problema complejo de manejar con un aura de genio prematuro”.

—¿Otra vez, Diego? —preguntó don Eduardo sin levantar la vista del informe del incidente cuando el chico apareció por su oficina.

—No me diga que esperaba una visita de cortesía.

—Tu tutor dice que respondiste a la profesora de Literatura con una broma sobre tus padres.

—Técnicamente, fue una simulación telefónica. Humor situacional. El contexto es importante.

—Las clases no son un monólogo de comedia.

—Tampoco parecen formar parte de una institución que fomenta el pensamiento crítico, pero aquí vamos, sobreviviendo.

Don Eduardo suspiró. Había aprendido a no seguirle el juego. Era como discutir con un espejo que devolvía el reflejo aumentado y con subtítulos.

Dentro de la clase, Álvaro no se destacaba por levantar la mano con frecuencia, sino más bien por sus comentarios dichos en voz baja que solían llegar justo antes de que el maestro cambiara de tema. Era como pequeñas bombas retóricas. No insultaba, no gritaba, ni interrumpía: simplemente planteaba preguntas que ponían incómodos a los adultos.

—¿Por qué debo analizar este poema de una manera tan estructurada si no logro encontrarle sentido de esa forma? —cuestionó Álvaro durante la clase de Lengua.

—Debemos interpretar los textos siguiendo las reglas académicas —respondió su profesora con calma.

—Entiendo que haya un orden establecido, pero a veces las normas sofocan la creatividad —replicó Álvaro. Algunos compañeros rieron, aunque otros lo miraban con admiración y fastidio mezclados. Carla, una compañera cercana, era de las pocas capaces de ver más allá de sus palabras.

—Eres tan inteligente que a veces resultas molesto —le dijo durante un recreo—.

—Supongo que la ironía es mi manera de lidiar con lo que pienso acerca de todo este sinsentido —respondió Álvaro—.

—Lo que haces no es usar la ironía, es trinchera. ¿De qué te escondes?

Esta pregunta lo tomó por sorpresa, pues requería una respuesta sincera. Y eso era justo lo que más le incomodaba, incluso más que las reprimendas del director.

El momento en el que todo empezó a cambiar llegó en la clase de Filosofía. El profesor propuso debatir acerca de la educación actual y Álvaro, por una vez, habló sin sarcasmo.

—Creo que este sistema aplasta la curiosidad en lugar de alimentarla. Se premia la obediencia disfrazada de mérito. Y a quien piensa diferente lo tachan de “problemático”.

—Es una opinión válida —reconoció el maestro, sorprendido—. ¿Pero no crees que generalizas?

—¿Y usted no ha estado haciendo lo mismo, pero a la inversa? —replicó Álvaro. Algunos aplaudieron espontáneamente. El profesor no lo detuvo.

—Busco darle sentido a lo que aprendemos, más allá de acumular logros vacíos o repetir ideas ajenas.

Tras su intervención, las palabras de Álvaro resonaron por toda la escuela: había hablado con convicción. Sin bromas ni indirectas. Era como si el bufón de la corte se hubiera quitado la máscara para decir la verdad.

A la semana, lo citaron a una reunión con sus padres, la orientadora y la dirección. Todos conversaban con tacto, como si el chico fuera frágil.

—Tiene un gran potencial, pero debe integrarse —dijo la orientadora.

—¿A qué? —preguntó Álvaro—. ¿A fingir que aprendo, aunque solo memorizo? ¿A no cuestionar?

—No se trata de reprimirte —intervino el director—, sino de enfocar tu inteligencia de forma constructiva.

—¿Y si el problema no soy yo? ¿Y si el sistema no tiene sitio para alguien como yo?

Se hizo un incómodo silencio. Por primera vez, los mayores no supieron qué decir.

Tras esa reunión, Álvaro empezó a cambiar. No dejó el sarcasmo, que era parte de él, pero empezó a dosificarlo. Aprendió a escribir ensayos donde su crítica tuviera una verdadera estructura, donde sus ideas agudas pudieran señalar sin herir. Y, sobre todo, encontró cómo incomodar sin levantar trincheras.

Siguió siendo incisivo, sí. Pero también empezó a ser necesario. Algunos profes empezaron a escuchar más y corregir menos. Carla, por su parte, le dijo un día al caminar juntos hacia clase:

—Ahora tus frases ya no suenan a defensa. Suenan a propuestas.

Álvaro sonrió. Había descubierto que la ironía puede ser engañosa, pero también una puerta. Y que el sarcasmo, cuando nace del pensamiento y no del resentimiento, no es una burla: es una forma de esperanza con la ceja levantada.

Bola extra: https://www.bbc.com/mundo/vert-fut-60405341






domingo, 12 de abril de 2026

Ratas solitarias: diario de la jaula

Me despierto temblando. El cuerpo pide. Hay algo más que también. No es ruido, pero se parece. Empuja desde dentro, como si alguien insistiera detrás de una puerta que no encuentro.

Tenía quince años cuando la probé. Ese día no venía nadie a casa. Nadie iba a venir. Mi madre ya no estaba. Mi padre sí, pero en sentido administrativo. Llegaba tarde, dejaba el vaso, a veces ni se sentaba. Una vez se quedó dormido con la luz encendida y la tele sin sonido. Estuve mirándole un rato. Luego me fui a la cocina. No comí.

Aprendí a no pedir. A no molestar. A no ocupar demasiado sitio.

La primera vez fue en casa de Nico. El colchón estaba húmedo. No pregunté de qué. Había una mancha oscura cerca de la almohada. Me dijo «relájate». Me reí. No mucho. La aguja entró.

No fue placer. Fue parar. Como si alguien por fin cerrara algo.

Luego vino lo demás. Mentir. Robar. Esperar. Portales fríos. Un baño con la luz rota. Un grifo que goteaba y ese sonido aprendes, se te queda dentro. A veces lo oigo aunque no esté.

No es que sea una historia. Es siempre lo mismo, pero cada vez un poco peor. Sin arco. Sin punto de inflexión que te puedas contar.

La adicción se quedó. Y no era solo la sustancia, tampoco era solo lo otro. Algunos días lo buscaba. Otros no. Había días en los que no quería que parara. Eso es verdad también, aunque no lo diga en los grupos.

Nadie me llamó por mi cumpleaños. Nunca. El mono sí. Siempre a la misma hora.

Me interné tres veces.

La primera fui yo. Pensé que bastaba con salir de aquello. Paredes blancas. Luz que no cambia. Silencio de hospital, que es distinto al otro. Nadie te toca. Eso es lo primero que notas. Me quitaron la sustancia. El resto seguía. Eso no lo medían. Salí y tardé cuatro meses.

La segunda vez vino mi hermana. Estaba furiosa. Eso no lo recuerdo mucho porque llegué muy mal. Había un hombre en el grupo que lloraba todas las mañanas en el desayuno y nadie le decía nada. Eso sí lo recuerdo. Salí más limpio, eso decían. Más fácil de mirar.

Tardé siete meses. La tercera vez estaba Lara.

Tenía las uñas negras, mal pintadas. Se le caían trozos mientras hablaba. Nos sentábamos en el patio. A veces fumábamos. A veces no. Me contó lo de su hija antes que lo de su madre. No sé por qué recuerdo ese orden.

Con ella lo que empujaba desde dentro no desaparecía, pero se movía. Se apartaba un poco. No era lo mismo que parar. Era otra cosa. No tengo nombre para eso.

Se fue con el alta. Sin despedirse mucho. No le pregunté nada. Tampoco habría cambiado nada.

Luego dejé de pensar un tiempo.

Hace poco conocí a Claudia. Tiene cuarenta y cinco años. Limpia escaleras. Sus manos huelen a lejía. Y a café. Me deja sentarme en su cocina. A veces hablo demasiado. Otras no digo nada. Ella tampoco pregunta por qué. Dice que no soy un error. No le creo. Pero vuelvo.

Anoche recaí. No fue mucho. Lo suficiente. No quería parar del todo, solo bajar un poco, eso es la verdad, si es que importa la distinción.

Desperté en su sofá. La manta pesaba. Olía limpio. En la mesa había un vaso de zumo. No dijo nada. Ni una pregunta.

Me quedé mirando el vaso más tiempo del normal. Tenía pulpa.

Hoy iré al grupo. Me sentaré. Escucharé. Alguien dirá que está mejor.

Yo estaré allí pensando en si el grifo de Nico seguirá goteando.

domingo, 5 de abril de 2026

La belleza de lo finito

Pablo no dejó de creer de golpe. No hubo un día exacto, ni una escena memorable que luego pudiera contar como quien señala el principio de algo importante. Nadie se cae del caballo cada vez que cambia de idea. En su caso fue más lento, más desordenado. Casi imperceptible. Como esas casas antiguas que parecen seguir en pie durante años y un día, sin saber muy bien cuándo empezó el deterioro, descubres que por dentro ya no sostienen nada.

Se había criado en una familia católica, aunque no especialmente devota. En su casa la religión no ocupaba el centro de la vida, pero estaba en todas partes. En expresiones dichas sin pensar, en ciertos gestos heredados, en una vela por los muertos, en un “si Dios quiere” antes de hablar del futuro. Era menos una convicción que una costumbre; menos doctrina que clima. Nadie se paraba demasiado a examinarlo porque formaba parte de la casa igual que los muebles o las fotos viejas.

Con los años empezó a notar una incomodidad difícil de explicar. No era rabia, ni ganas de provocar. Más bien una sospecha callada. Le costaba aceptar que ciertas afirmaciones quedaran a salvo de toda pregunta solo por venir envueltas en tradición. No entendía por qué había que dar por buenas cosas que no podían contrastarse, ni por qué tantas veces se pedía consuelo a un relato que parecía sostenerse únicamente porque llevaba mucho tiempo entre nosotros.

No rompió con nada de forma dramática. Lo que hizo fue leer. Primero, libros de divulgación, alguna introducción a la filosofía, historia de las religiones. Después vinieron otros: neurociencia, escepticismo, teoría del conocimiento. Más que encontrar respuestas definitivas, fue aprendiendo a convivir con preguntas mejor formuladas. Y en ese proceso descubrió algo que le sorprendió: la gente no creyente no se parecía demasiado a la caricatura que tantas veces le habían presentado. No eran necesariamente cínicos, ni huecos, ni personas incapaces de asombro. Muchos, al contrario, parecían mirar la vida con una atención más desnuda.

Eso le importó. Porque durante mucho tiempo había oído que sin fe solo quedaban el vacío o la soberbia. Y a Pablo esa idea le parecía injusta. Empezó a pensar que quizá había algo más digno en intentar ser bueno sin premio, en cuidar a otros sin esperar compensación, en asumir que un acto vale por lo que hace aquí y no por lo que promete después.

Una vez, un conocido creyente, alguien a quien apreciaba de verdad, le preguntó si no se sentía solo sin Dios. Pablo respondió que no, aunque tardó un poco en encontrar las palabras. No se sentía solo porque seguía acompañado, solo que de otro modo: por la música, por los libros, por la inteligencia de quienes antes que él habían intentado entender el mundo sin refugiarse en certezas fáciles, por la presencia de otra persona en silencio cuando el silencio basta. No creía en el alma, pero sí en algo que se le parecía desde otro lugar: en la huella que dejan los afectos, en las obras, en lo que una vida logra poner en manos de otra antes de terminar.

Con el tiempo entendió que renunciar a lo sobrenatural no lo había vuelto más frío, sino más responsable. Si nadie iba a venir a salvarlo, entonces tocaba mirar de frente, elegir, hacerse cargo. Y si esta vida era la única, eso no la volvía miserable. La volvía preciosa. Más frágil, sí. También más seria. Más difícil de malgastar sin sentir que uno está perdiendo algo irrepetible.

Ahí encontró una forma de sentido. No un sentido total, ni blindado contra el miedo, ni eterno. Algo más modesto que todo eso, y quizá por lo mismo más verdadero: la certeza de que lo finito no rebaja el valor de las cosas. A veces se lo da.

Si quieres, también puedo hacer una segunda versión más literaria, más sobria o más “invisible” todavía.