Un día Diego fue enviado al pasillo de la clase por ser demasiado ingenioso. La profesora le gritó: “¿Qué dirían tus padres si los llamara ahora?”. Él respondió: “…¡Hola!”.
Justo catorce segundos después de ese comentario, el alumno
de 16 años más brillante del colegio se encontraba en el pasillo, con la puerta
del aula cerrándose detrás de él con un golpe que transmitía más resignación
que enojo. Ya no le sorprendía ser enviado al pasillo. Lo que le intrigaba era
si los maestros compartían una hoja de cálculo con sus ocurrencias. Hubiera
tenido sentido.
El director del instituto, don Eduardo, llevaba meses
tratando de categorizar a Diego: ciertamente era brillante, pero también un
dolor de cabeza envuelto en sutil ironía o crudo sarcasmo, según fuera momento.
Según el psicopedagogo, poseía “altas capacidades globales”, lo que en el
lenguaje del profesorado se traducía como “un problema complejo de manejar con
un aura de genio prematuro”.
—¿Otra vez, Diego? —preguntó don Eduardo sin levantar la
vista del informe del incidente cuando el chico apareció por su oficina.
—No me diga que esperaba una visita de cortesía.
—Tu tutor dice que respondiste a la profesora de Literatura
con una broma sobre tus padres.
—Técnicamente, fue una simulación telefónica. Humor
situacional. El contexto es importante.
—Las clases no son un monólogo de comedia.
—Tampoco parecen formar parte de una institución que fomenta
el pensamiento crítico, pero aquí vamos, sobreviviendo.
Don Eduardo suspiró. Había aprendido a no seguirle el juego.
Era como discutir con un espejo que devolvía el reflejo aumentado y con
subtítulos.
Dentro de la clase, Álvaro no se destacaba por levantar la
mano con frecuencia, sino más bien por sus comentarios dichos en voz baja que
solían llegar justo antes de que el maestro cambiara de tema. Era como pequeñas
bombas retóricas. No insultaba, no gritaba, ni interrumpía: simplemente
planteaba preguntas que ponían incómodos a los adultos.
—¿Por qué debo analizar este poema de una manera tan
estructurada si no logro encontrarle sentido de esa forma? —cuestionó Álvaro
durante la clase de Lengua.
—Debemos interpretar los textos siguiendo las reglas
académicas —respondió su profesora con calma.
—Entiendo que haya un orden establecido, pero a veces las
normas sofocan la creatividad —replicó Álvaro. Algunos compañeros rieron,
aunque otros lo miraban con admiración y fastidio mezclados. Carla, una
compañera cercana, era de las pocas capaces de ver más allá de sus palabras.
—Eres tan inteligente que a veces resultas molesto —le dijo
durante un recreo—.
—Supongo que la ironía es mi manera de lidiar con lo que
pienso acerca de todo este sinsentido —respondió Álvaro—.
—Lo que haces no es usar la ironía, es trinchera. ¿De qué te
escondes?
Esta pregunta lo tomó por sorpresa, pues requería una
respuesta sincera. Y eso era justo lo que más le incomodaba, incluso más que
las reprimendas del director.
El momento en el que todo empezó a cambiar llegó en la clase
de Filosofía. El profesor propuso debatir acerca de la educación actual y
Álvaro, por una vez, habló sin sarcasmo.
—Creo que este sistema aplasta la curiosidad en lugar de
alimentarla. Se premia la obediencia disfrazada de mérito. Y a quien piensa
diferente lo tachan de “problemático”.
—Es una opinión válida —reconoció el maestro, sorprendido—.
¿Pero no crees que generalizas?
—¿Y usted no ha estado haciendo lo mismo, pero a la inversa?
—replicó Álvaro. Algunos aplaudieron espontáneamente. El profesor no lo detuvo.
—Busco darle sentido a lo que aprendemos, más allá de
acumular logros vacíos o repetir ideas ajenas.
Tras su intervención, las palabras de Álvaro resonaron por
toda la escuela: había hablado con convicción. Sin bromas ni indirectas. Era
como si el bufón de la corte se hubiera quitado la máscara para decir la
verdad.
A la semana, lo citaron a una reunión con sus padres, la
orientadora y la dirección. Todos conversaban con tacto, como si el chico fuera
frágil.
—Tiene un gran potencial, pero debe integrarse —dijo la
orientadora.
—¿A qué? —preguntó Álvaro—. ¿A fingir que aprendo, aunque
solo memorizo? ¿A no cuestionar?
—No se trata de reprimirte —intervino el director—, sino de
enfocar tu inteligencia de forma constructiva.
—¿Y si el problema no soy yo? ¿Y si el sistema no tiene sitio
para alguien como yo?
Se hizo un incómodo silencio. Por primera vez, los mayores
no supieron qué decir.
Tras esa reunión, Álvaro empezó a cambiar. No dejó el
sarcasmo, que era parte de él, pero empezó a dosificarlo. Aprendió a escribir
ensayos donde su crítica tuviera una verdadera estructura, donde sus ideas
agudas pudieran señalar sin herir. Y, sobre todo, encontró cómo incomodar sin
levantar trincheras.
Siguió siendo incisivo, sí. Pero también empezó a ser
necesario. Algunos profes empezaron a escuchar más y corregir menos. Carla, por
su parte, le dijo un día al caminar juntos hacia clase:
—Ahora tus frases ya no suenan a defensa. Suenan a
propuestas.
Álvaro sonrió. Había descubierto que la ironía puede ser
engañosa, pero también una puerta. Y que el sarcasmo, cuando nace del
pensamiento y no del resentimiento, no es una burla: es una forma de esperanza
con la ceja levantada.
Bola extra: https://www.bbc.com/mundo/vert-fut-60405341

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Sé buena persona y por favor no castigues mis marchitas neuronas con otra escritura que no sea la respetuosa con la puntuación y la ortografía, el censor que llevo dentro te lo recompensará continuando dormido.