domingo, 12 de abril de 2026

Ratas solitarias: diario de la jaula

Me despierto temblando. El cuerpo pide. Hay algo más que también. No es ruido, pero se parece. Empuja desde dentro, como si alguien insistiera detrás de una puerta que no encuentro.

Tenía quince años cuando la probé. Ese día no venía nadie a casa. Nadie iba a venir. Mi madre ya no estaba. Mi padre sí, pero en sentido administrativo. Llegaba tarde, dejaba el vaso, a veces ni se sentaba. Una vez se quedó dormido con la luz encendida y la tele sin sonido. Estuve mirándole un rato. Luego me fui a la cocina. No comí.

Aprendí a no pedir. A no molestar. A no ocupar demasiado sitio.

La primera vez fue en casa de Nico. El colchón estaba húmedo. No pregunté de qué. Había una mancha oscura cerca de la almohada. Me dijo «relájate». Me reí. No mucho. La aguja entró.

No fue placer. Fue parar. Como si alguien por fin cerrara algo.

Luego vino lo demás. Mentir. Robar. Esperar. Portales fríos. Un baño con la luz rota. Un grifo que goteaba y ese sonido aprendes, se te queda dentro. A veces lo oigo aunque no esté.

No es que sea una historia. Es siempre lo mismo, pero cada vez un poco peor. Sin arco. Sin punto de inflexión que te puedas contar.

La adicción se quedó. Y no era solo la sustancia, tampoco era solo lo otro. Algunos días lo buscaba. Otros no. Había días en los que no quería que parara. Eso es verdad también, aunque no lo diga en los grupos.

Nadie me llamó por mi cumpleaños. Nunca. El mono sí. Siempre a la misma hora.

Me interné tres veces.

La primera fui yo. Pensé que bastaba con salir de aquello. Paredes blancas. Luz que no cambia. Silencio de hospital, que es distinto al otro. Nadie te toca. Eso es lo primero que notas. Me quitaron la sustancia. El resto seguía. Eso no lo medían. Salí y tardé cuatro meses.

La segunda vez vino mi hermana. Estaba furiosa. Eso no lo recuerdo mucho porque llegué muy mal. Había un hombre en el grupo que lloraba todas las mañanas en el desayuno y nadie le decía nada. Eso sí lo recuerdo. Salí más limpio, eso decían. Más fácil de mirar.

Tardé siete meses. La tercera vez estaba Lara.

Tenía las uñas negras, mal pintadas. Se le caían trozos mientras hablaba. Nos sentábamos en el patio. A veces fumábamos. A veces no. Me contó lo de su hija antes que lo de su madre. No sé por qué recuerdo ese orden.

Con ella lo que empujaba desde dentro no desaparecía, pero se movía. Se apartaba un poco. No era lo mismo que parar. Era otra cosa. No tengo nombre para eso.

Se fue con el alta. Sin despedirse mucho. No le pregunté nada. Tampoco habría cambiado nada.

Luego dejé de pensar un tiempo.

Hace poco conocí a Claudia. Tiene cuarenta y cinco años. Limpia escaleras. Sus manos huelen a lejía. Y a café. Me deja sentarme en su cocina. A veces hablo demasiado. Otras no digo nada. Ella tampoco pregunta por qué. Dice que no soy un error. No le creo. Pero vuelvo.

Anoche recaí. No fue mucho. Lo suficiente. No quería parar del todo, solo bajar un poco, eso es la verdad, si es que importa la distinción.

Desperté en su sofá. La manta pesaba. Olía limpio. En la mesa había un vaso de zumo. No dijo nada. Ni una pregunta.

Me quedé mirando el vaso más tiempo del normal. Tenía pulpa.

Hoy iré al grupo. Me sentaré. Escucharé. Alguien dirá que está mejor.

Yo estaré allí pensando en si el grifo de Nico seguirá goteando.

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Sé buena persona y por favor no castigues mis marchitas neuronas con otra escritura que no sea la respetuosa con la puntuación y la ortografía, el censor que llevo dentro te lo recompensará continuando dormido.