domingo, 3 de mayo de 2026

Eduardo y Clara, una elegía del 68

El café tenía un nombre francés que nadie lograba pronunciar correctamente. Estaba ubicado en una esquina tranquila y contaba con amplios ventanales que se abrían a una calle empedrada por donde los autos pasaban tan despacio como los interminables días de verano de agosto. Dentro del local se percibía un aroma que mezclaba la fragancia de libros nuevos abiertos y el humo suave del tabaco rubio; todo al compás pausado del preludio en do menor de Rachmaninov que sonaba en un tocadiscos algo desgastado.

Siempre se veían las mismas personas en el lugar: un poeta que ya no escribía más poemas; una mujer que leía los escritos de Beauvoir como si consultara un oráculo y algún estudiante de gafas redondeadas que aparentaba leer las obras de Sartre, pero en realidad observaba disimuladamente a las camareras del lugar. En medio de esa repetitiva escena cotidiana aparecieron ellos dos; él luciendo una barba cuidadosamente recortada y vistiendo trajes de lino claro; su expresión parecía directamente sacada de una película de Antonioni. Ella era alta y vestía de forma elegante, sin alardes ni estridencias; llevaba consigo un aire de descuido calculado en su atuendo, como si quisiera que el mundo percibiera cuántas cosas le importaban realmente. Siempre se sentaban juntos en la mesa cerca del piano, sin tocarse jamás y apenas hablaban. Sin embargo, todo en ellos era como un diálogo intenso y mayormente silencioso.

Se llamaban Eduardo y Clara, si bien nadie lo sabía a ciencia cierta; el camarero era quien lo había deducido al escucharlos en una breve discusión que apenas duró unos instantes. Fue algo insignificante, como una nota discordante en una melodía casi perfectamente armoniosa.

En la universidad él impartía clases sobre estética mientras ella provenía de una familia que aún recordaba melancólicamente las temporadas en París y los veranos en Cadaqués; los conciertos en casa del tío José quedaban grabados en su memoria por la presencia de un joven Montsalvatge que una vez tocó allí. Su unión había sido más producto del entorno que del deseo genuino; formaban parte de esa especie de parejas destinadas al adiós perpetuo, casi como si compartieran el espacio pero no el aliento vital.

Aquellos años eran extraños. Las paredes aún escuchaban, los libros llegaban envueltos en papel de estraza, y las conversaciones verdaderas se daban en voz baja, tras dos copas de vino tinto y la certeza de que nadie más oía. Tratando de encontrar un espacio propio dentro del ambiente que se respiraba entre las sombras del cineclub de los jueves estaba Clara; allí disfrutaba de películas polacas que susurraban al oído verdades prohibidas para este lado del mundo donde aún se oían voces autoritarias. Mientras tanto, Eduardo hallaba consuelo sonoro en la música; atesoraba impecablemente una colección de vinilos como si fuesen fragmentos de una memoria intocablemente pura. En ocasiones, al hablar sobre el futuro, lo hacían de forma automática como si estuvieran repitiendo una frase que habían memorizado sin realmente creer en ello.

Un día de invierno, Clara dejó de frecuentar el café sin que nadie preguntara por ella. Eduardo seguía apareciendo más tarde de lo habitual, como si aguardara encontrársela por casualidad. Sin embargo, nunca tuvo éxito. Comenzó a redactar cartas que jamás envió. En una de esas cartas —que más adelante quemaría— escribió: “Te he amado manteniendo la lealtad de lo que no se pronuncia. Cada pausa entre nosotros representaba una manera de no perderte”.

La realidad resultó ser muy prosaica. Clara se encontraba enferma; su prima mencionó algo acerca de sus pulmones una tarde mientras recogía los libros que Clara le había prestado y que él no había leído aún. Eduardo deambuló durante semanas sin rumbo por las calles mojadas de la ciudad, envuelto en su abrigo de tweed como un lector culto; de esas personas que citan a Rilke para evitar derramar lágrimas.

Finalmente la visitó. Fue un martes, al caer la tarde. Clara se encontraba junto a la ventana, cubierta con una manta que desprendía el suave aroma de lavanda y nostalgia suspendida en el tiempo. Los dos mantuvieron una conversación que resonaba como aquellas que tienen lugar, sabiendo que todo lo importante ya fue dicho en otro momento o en alguna otra habitación del pasado. Él trajo consigo un disco de Schubert y ella le ofreció una taza de té que no probaron.

—¿Por qué vienes ahora? — preguntó ella con curiosidad en lugar de reproche.

—Porque nunca me fui.

Sonrieron juntos por última vez.

Clara murió una mañana de abril, sin ceremonias ni ningún tipo de despedida formal. Su familia organizó un funeral austero, lleno de flores blancas y gente bien vestida que hablaba en susurros sobre lo que nunca había sucedido. Eduardo no habló. Llevaba un pañuelo gris en el bolsillo izquierdo de la chaqueta y sus ojos reflejaban tristeza y apatía. Esa noche volvió al café. El pianista tocaba algo de Satie, y el camarero le preguntó si deseaba lo de siempre. Eduardo asintió con un gesto leve. Se sentó en la misma mesa, junto al piano. Frente a él, la silla vacía era más elocuente que cualquier monumento.

Durante varias semanas, sin falta alguna, continuó realizando esa rutina familiar en el lugar habitual que frecuentaba regularmente; en ocasiones portaba consigo un libro para sumergirse en sus páginas o simplemente una libreta en blanco donde plasmaba de manera desorganizada frases inconclusas que rondaban por su mente inquieta y creativa. Una tarde cualquiera y sin previo aviso, cesó por completo su presencia en aquel rincón cargado de recuerdos y nostalgia impregnada en cada esquina del establecimiento; no pasó nada dramático que justificara su ausencia repentina y silenciosa. El camarero observó la mesa vacía y desprovista de vida, como si estuviera recogiendo un eco del pasado que se desvanecía lentamente entre las sombras del crepúsculo cotidiano.

Se rumorea que se fue al extranjero a trabajar en una universidad del sur de Francia donde enseñaba sobre la relación entre el tiempo en la literatura. Algunos afirman haberlo visto comprando una edición antigua de “La nausea” en una librería de Lyon. Otros creen que vive solo en una casa tranquila rodeada por un jardín escuchando música de Mahler, mientras reflexiona sobre si el verdadero amor implica acompañar hasta el umbral sin atreverse a dar el paso definitivo.

Hoy, en ese café, que ha cambiado de nombre y ahora ofrece capuchinos excesivamente dulces, aún se encuentra el viejo tocadiscos que de vez en cuando sorprende a alguien al descubrir un viejo disco de Schubert reproduciéndose sin motivo aparente alguno— En esos instantes fugaces el tiempo parece detenerse y aquellos presentes – sin sospecharlo – escuchan el eco de pasos ya olvidados.

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