Al filo de las cuatro y media de la madrugada, mientras el vagón se volvía un refugio tibio de murmullos y conversaciones apagadas, ella apoyó la cabeza en mi hombro y cerró los ojos. El tren se deslizaba pausadamente, como si en lugar de avanzar recordara, y cada pequeña sacudida fuese el eco de algo antiguo. A través de los ventanales empañados no distinguía si lloviznaba o si era el frío el que nos soñaba.
—Si nos bajáramos en la próxima parada y siguiéramos caminando hasta desaparecer —susurró, sin abrir los ojos—. ¿Qué crees que pasaría?
No respondí. Lo entendí después: a veces, una respuesta arruina lo que todavía podría pasar.
El reloj sobre la puerta marcaba una hora equivocada. O quizá era el mundo el que estaba desajustado. En aquel momento me pareció lógico pensar que el tiempo podía doblarse como papel y esconderse en los pliegues más absurdos. Ella, con su chaqueta de color cereza y los auriculares a medio poner, parecía una aparición de otro tiempo, de otro lugar. Un sueño en el que uno podría quedarse a vivir.
Cada madrugada volvíamos juntos en aquel tren de la línea azul, después de turnos que sabían a cafeína y fluorescentes mortecinos. Pero lo que importaba no era eso, sino el minuto exacto en que el silencio se volvía cómplice y las farolas proyectaban nuestras siluetas como si fuesen promesas.
Una madrugada bajamos en una estación desconocida. Las letras del letrero parecían bailar en la niebla. Caminamos sin rumbo cierto por calles que no salían en los mapas, siguiendo la música que se escapaba de los auriculares. El mundo parecía hecho de una materia más liviana, casi imposible.
Nos sentamos en un columpio destartalado, en un parque desolado. Sacó una bebida tibia de la mochila y la compartimos. Sabía a mandarina pasada y a algo que no quisimos nombrar.
—Aquí el tiempo no sirve de mucho. Estamos nosotros, y lo que dure esto —dijo, convencida.
Asentí con la cabeza. Le habría dado cualquier cosa con tal de alejarnos de la lógica, de la rutina y de esas mañanas en que el microondas pita como si viniera a devolvernos al mundo.
Al volver en tren, noté que los relojes ya no marcaban el paso de las horas. Sus esferas mostraban en su lugar puntos de luz que giraban en espirales multicolores, como si se hubieran rendido a una belleza absurda. Ella reía, y su risa tenía algo que no quería dejar de escuchar.
A veces pienso que seguimos en ese parque. Que en alguna parte imposible existe ese tren que no termina de detenerse, esa estación donde la niebla no se disipa, ese columpio donde ella vuelve a apoyar la cabeza en mi hombro como si el mundo no pudiera alcanzarnos.
Pero cada mañana me despierto solo. La ventana está empañada y el reloj del pasillo parpadea a las seis con un dígito medio fundido. Preparo un café despacio. Lo bebo sin ganas. Fuera, los trenes siguen pasando. Ya no subo a ninguno. Ya no.
Porque en algún lugar, en esa zona confusa entre el sueño y la vigilia, sé que ella me espera.
Y aún le debo una respuesta.

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Sé buena persona y por favor no castigues mis marchitas neuronas con otra escritura que no sea la respetuosa con la puntuación y la ortografía, el censor que llevo dentro te lo recompensará continuando dormido.