domingo, 31 de mayo de 2026

Eran estaciones, no trenes

Al filo de las cuatro y media de la madrugada, mientras el vagón se convertía en un útero cálido repleto de murmullos y conversaciones apagadas, ella recostó su cabeza sobre mi hombro y cerró sus ojos. El tren se deslizaba pausadamente, como si en lugar de avanzar recordara, y cada pequeño sacudir fuese el eco de un suspiro de antaño. A través de los ventanales empañados no podía ver si lloviznaba o si solo el frío nos estaba soñando.

—Si nos bajáramos en la próxima parada y siguiéramos caminando hasta desaparecer —susurró, sin abrir los ojos—. ¿Qué crees que sucedería?

No respondí. Lo supe después: a veces las respuestas arruinan las posibilidades.

El reloj sobre la puerta marcaba una hora equivocada. O quizás era el mundo el que estaba desajustado. En aquel momento me pareció lógico pensar que el tiempo se podía doblegar como papel y esconderse en los pliegues más absurdos. Ella, con su chaqueta color cereza y los audífonos a medio poner, parecía una aparición de otro tiempo, de otro lugar. Un sueño en el que uno podría quedarse a vivir.

Cada madrugada, regresábamos juntos en ese tren de la línea azul, después de turnos que sabían a cafeína y fluorescentes mortecinos. Pero lo que importaba no era eso, sino el minuto exacto en que el silencio se volvía cómplice y las farolas proyectaban nuestras siluetas como si fuesen promesas.

En una ocasión bajamos en una estación desconocida. Las letras del letrero parecían bailar en la niebla. Caminamos sin rumbo cierto por calles que no salían en los mapas, siguiendo solo la música que se escapaba de los auriculares. El mundo parecía hecho de una materia más liviana, próxima a la risa impredecible de los gatos.

Nos instalamos en un columpio destartalado en un parque desolado. Sacó una bebida tibia de su mochila y la compartimos. Su sabor a mandarina rancia evocaba promesas olvidadas.

—Aquí el tiempo y el destino carecen de sentido. Solo importamos nosotros y cuánto dure este momento— afirmó con convicción.

Asentí con la cabeza. Le habría dado cualquier cosa con tal de alejarnos de la lógica, la rutina y las mañanas en las que el microondas nos recuerda lo efímeros que somos.

Al volver en tren noté que los relojes ya no marcaban el paso de las horas. Sus esferas mostraban en su lugar puntos luminosos que giraban en espirales multicolores, como si se hubieran entregado a una belleza absurda. Ella reía y su risa era un himno silencioso de aquellos que no quieres dejar de escuchar.

A veces pienso que seguimos en ese parque. Que en algún rincón irreal de lo real, existe ese tren que no termina de detenerse, esa estación donde la niebla no se disipa, ese columpio donde su cabeza sigue recostándose en mi hombro como si el mundo no pudiera alcanzarnos.

Pero cada mañana me despierto solo. La ventana está empañada y el despertador del pasillo parpadea a las seis con un dígito medio fundido. Preparo un café lentamente. Lo bebo despacio. Fuera, los trenes siguen pasando. Ya no subo a ninguno. Ya no.

Porque en algún lugar, entre el sueño y la vigilia, entre lo real y lo imaginado, sé que ella me espera.

Y aún le debo una respuesta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Sé buena persona y por favor no castigues mis marchitas neuronas con otra escritura que no sea la respetuosa con la puntuación y la ortografía, el censor que llevo dentro te lo recompensará continuando dormido.