domingo, 7 de junio de 2026

Fragmentos de un reloj que soñaba con desaparecer


Ghil Gam Szh nació cuando un engranaje de cobre suspiró sobre una nube fatigada. Su primer llanto fue el tintineo de cien mil péndulos partiéndose. Gobernaba Urûk-tik, la ciudad flotante, donde los relojes se derretían como manteca bajo soles que jamás amanecían del todo. Allí el tiempo reventaba en burbujas; cada una cargaba un recuerdo que se alquilaba como una habitación a la deriva.

Los espejos, rotos en carne viva, mostraban no rostros, sino ruinas de deseos. Ghil Gam Szh, bicéfalo y ausente, tiranizaba las sombras del pasado: no las personas, no los cuerpos, sino los ecos gastados de sus vidas marchitas.

Una noche sin contornos, cuando las campanas lloraban vino negro, Inkidu llegó: una criatura amasada de arena que cantaba canciones descompuestas, murmullos nunca escuchados por garganta alguna. La Asamblea de los Silencios lo había parido para arrancar las raíces de Ghil Gam Szh de su trono de vapor.

Se enfrentaron en la Plaza de las Horas Rancias. En lugar de golpes, se lanzaron los sueños más viejos que sus sangres recordaban: una nube deseando recordar la gravedad; una máquina anhelando descomponerse en brisa. Así comprendieron: eran astillas de un mismo árbol podrido que había olvidado su nombre.

Amigos —no como hermanos, sino como dos mitades que jamás encajarían del todo— partieron hacia el Bosque de los Cedros Invertidos. Allí los árboles se colgaban cabeza abajo, llorando savia que era también tiempo licuado. Hûmba Baa les esperaba, un monstruo de acertijos que sólo podían pronunciarse una vez, pues luego se deshacían como humo en las bocas. Lucharon no con armas, sino con visiones: Ghil Gam Szh abrió una herida en el pensamiento de Hûmba Baa, mientras Inkidu desgranaba canciones que infectaban de silencio los oídos del monstruo.

Cuando Hûmba Baa cayó, sus pensamientos rodaron como cabezas ciegas en la maleza. Pero las estrellas, custodias del desorden, alzaron su venganza: dictaron que el nombre de Inkidu sería borrado lentamente, como el rocío que el alba nunca recuerda.

Ghil Gam Szh, en su horror, emprendió el viaje a la Marisma de Pieles Vacías, donde los cuerpos olvidaban haber sido. Allí buscó a Utnapistigm, el sabio cuyo cuerpo era un papiro vivo de cicatrices. Aprendió que la inmortalidad era un latido reservado a quienes renunciaban a perseguirla: un pez que no puede ser atrapado porque ya es agua.

Ghil Gam Szh intentó salvar a Inkidu: tejió relojes con el humo de sus dos bocas, construyó puentes de burbujas de tiempo estancado, lloró espejos líquidos... Todo fue en vano.

Cuando regresó a Urûk-tik, el desierto de relojes rotos se había tragado el último eco de Inkidu. Ghil Gam Szh ascendió entonces a su trono de espuma. Sabía que su reino sería un temblor anónimo, una mueca sin historia, una gota disuelta en la eternidad de los relojes derretidos.

Y en alguna grieta del tiempo burbujeante, una voz imposible susurró un nombre que nadie, ni el viento, supo ya pronunciar.