domingo, 28 de junio de 2026

Mientras llega la primavera

Desde la ventana de su apartamento, Domingo contemplaba cómo las últimas gotas de lluvia se deslizaban por los tejados del pueblo. Algunos tímidos rayos de sol comenzaban a iluminar el paisaje entre las nubes, pero el cielo seguía encapotado, como casi todos los días desde que ella se fue. No era tanto el tiempo lo que le apesadumbraba como el silencio que había sustituido a las risas, las canciones y las conversaciones de antes.

Habían pasado seis meses desde su partida. Ni el tiempo suficiente para que la tristeza se convirtiera en costumbre, ni tampoco para que el dolor hubiera menguado. Domingo había aprendido a convivir con la ausencia, aunque todavía había días en que dolía igual. Se levantaba cada mañana, hacía las tareas de casa, paseaba solo por los alrededores y luego se instalaba, como de costumbre, en el banco frente al campo.

Allí ya lo conocían hasta el perro del cartero, que llegaba a lamerle las manos sin permiso. Domingo le hablaba con la misma naturalidad con que lo hacía con su esposa durante sus cuarenta años juntos. Algunas tardes murmuraba su nombre al viento.

El banco estaba junto a un viejo almendro seco. En primavera, ella solía detenerse fascinada a observar cómo brotaban sus blancas y delicadas flores. Lo señalaba con un gesto sutil, sin palabras.

—Volverá a florecer —decía ella—, aunque nadie lo mire.

Ahora aguardaba ese milagro cotidiano.

Los vecinos trataban a Domingo con cortesía discreta. El panadero solía dejarle el pan envuelto en papel y la chica de la tienda, Lucía, de voz serena, a veces le preguntaba por el tiempo, el almendro o cómo llevaba las tardes.

—Parece que hoy saldrá el sol, ¿no crees? —decía ella.

Él respondía con una sonrisa cansada.

—Lleva días intentándolo, pero le faltan ganas.

Una tarde, las nubes se separaron brevemente, como si alguien descorriera una cortina. Se encontró con una niña que no conocía. Tendría unos ocho años y llevaba una mochila, con los zapatos manchados de barro. Se sentó en el otro extremo del banco y sacó un sándwich envuelto en papel Albal.

—Mi mamá se ha olvidado de pasar por mí —dijo sin mirarlo—. Siempre lo hace cuando discuten.

Domingo asintió despacio, sin preguntar más.

—¿No tienes frío? —le preguntó.

—No —mintió ella.

Compartieron el banco durante media hora. Domingo le ofreció un caramelo de menta, que ella aceptó como un regalo.

—¿Y a quién esperas tú?

Domingo dudó. Miró el almendro. Luego el cielo.

—Supongo que al sol.

Ella sonrió.

—Entonces los dos vamos a esperar un buen rato.

Al cabo de media hora llegó la madre, agitada y ojerosa. Agradeció apresuradamente a Domingo que hubiera cuidado de su hija y se la llevó. La niña se giró dos veces para despedirse.

Desde aquel primer encuentro, la niña empezó a visitarlo con frecuencia. Unas veces llevaba un aperitivo; otras, sus cuadernos de dibujos. Rara vez preguntaba demasiado. Se limitaba a hablar cuando le apetecía o a compartir el silencio.

Un jueves cualquiera, mientras coloreaba con sus gastados lápices, dijo:

—Mi maestra siempre dice que la primavera llega a su tiempo. Aunque no puedas verla acercarse.

Él sonrió para sus adentros. Había oído una frase parecida antes.

Aquella noche, al volver a casa, puso agua a hervir en la cacerola de cobre que su mujer usaba para cocer membrillos. Aunque no era temporada, le gustaba mantener aquel pequeño ritual: calentar algo y perfumar la casa con el vapor tibio. Encendió la radio. Sonaba una canción de hacía media vida.

Se asomó a la ventana y vio que el cielo clareaba por el este. Un delgado rayo de luz cortaba el perfil de los montes. Allí donde el pueblo terminaba y empezaba el campo, el viento había barrido las últimas nubes.

«Volverá a florecer», se dijo para infundirse ánimo.

Y permaneció allí, inmóvil, esperando ese día soleado que, por primera vez en mucho tiempo, parecía decidido a llegar.


domingo, 21 de junio de 2026

Cuando la vida no avanza

El olor a café frío y desinfectante barato impregna la oficina. Las luces fluorescentes emiten un zumbido constante. Daniel escribe en el teclado con la precisión de quien lleva quince años enviando correos sin que nada cambie. Un cliente se queja de una factura. Un compañero se ríe de manera forzada frente a la pantalla. La jornada avanza lentamente.

A las seis en punto apaga el monitor y coge su abrigo. Sale deprisa, buscando distanciarse, aunque sabe que no es posible. La ciudad le recibe con el tráfico de la hora punta, los pasos apresurados y el sonido lejano de una sirena. Se levanta el cuello de la chaqueta. Abril debería ser más cálido, pero Madrid no se ajusta a las expectativas.

En el metro, se sienta junto a una mujer que mastica chicle y habla por el móvil a voces. Daniel observa su reflejo en la ventana: treinta y ocho años, pelo cada vez más escaso, mirada perdida. Recuerda haber tenido proyectos. A los veinticinco creía que la vida era mármol por esculpir. Ahora se sorprende fijándose en el polvo acumulado en las esquinas.

Regresa a su piso alquilado en Delicias, con muebles prestados y paredes desgastadas, y se sirve pasta con tomate de bote. Casi no prueba bocado. Enciende la televisión, aunque no la mira. En algún momento, sin darse cuenta, se echa en el sofá y se queda inmóvil.

A las nueve de la noche se siente obligado a salir. No tiene un destino en mente, pero necesita moverse. Camina por la ciudad observando las terrazas llenas de gente, los grupos que ríen sin preocuparse por el día siguiente y los besos rápidos en los portales. Se detiene frente a un escaparate lleno de luces de neón. Dentro, la gente baila. No parece una discoteca, más bien un bar con música alta y gente joven. Sin saber muy bien por qué, entra.

El calor le golpea la cara de repente. Huele a sudor, alcohol y perfume barato. Se apoya en la barra y pide un whisky. El camarero se lo sirve sin mirarle. Daniel bebe un trago y observa la pista de baile.

Nadie parece bailar con nadie. Aun así, de vez en cuando dos desconocidos se sonríen como si se conocieran de antes.

Una chica le sonríe. Es rubia, con los labios demasiado rojos y una camiseta ajustada con una frase en inglés. Daniel también sonríe, sin saber qué decir. Ella se acerca y le grita algo al oído que no entiende, pero él asiente. Termina bailando con ella, torpe, rígido, como si llevara un cuerpo que no fuera el suyo.

—Relájate.

Y algo en su voz hace que deje de mirar alrededor durante un instante.

Bailan dos canciones. De repente, ella desaparece entre la multitud. Cuando Daniel se da cuenta, sigue moviéndose.

Perlas de sudor resbalan por su nuca bajo la intensidad de las luces. Cierra los ojos e intenta concentrarse únicamente en el bajo que golpea su pecho. Entonces levanta los brazos y empieza a moverse al ritmo de la música. No con gracia ni con estilo. Simplemente se deja llevar.

Baila. Eso es todo.

Y por primera vez en mucho tiempo no se pregunta si debería estar en otro sitio.

Al salir del local, la calle está húmeda y una ligera llovizna lo empapa todo. Camina sin rumbo fijo.

Esa noche, al llegar a casa, no enciende la televisión. Se sienta junto a la ventana y contempla las farolas de la calle. Intenta no pensar en el mañana.

Al cabo de un rato sigue tamborileando los dedos sobre el alféizar. Cuando se da cuenta, sonríe.

domingo, 14 de junio de 2026

Fiel a la herida

Pronto se dio cuenta de que en este lugar las ofensas eran olvidadas rápidamente; como si la tradición de aceptar todo hubiera permeado la sociedad hasta lo más profundo de su ser. Pero Marina no se conformaba con eso. No señora. Mientras caminaba decidida y firme por las callejuelas envueltas en la tibia neblina de un domingo corriente, pensaba: aquí no he venido para agachar la cabeza.

—Debes seguir adelante —le había aconsejado su madre mientras preparaba café, como si no acabara de reconocer que su hija había sido avergonzada frente a todos y despedida de su trabajo en la editorial por el mismo hombre que la había ascendido anteriormente. El mismo individuo que durante encuentros y confesiones le había prometido un futuro próspero y que ahora se desvanecía como la espuma de una cerveza mal tirada.

Sobrellevarlo y dejarlo ir sin guardar resentimiento son como tiritas mal colocadas en una herida que se niega a sanar; Marina prefería que luciera roja y vibrante como un estandarte.

En el barrio donde se conocían todos, despertaba miradas entre las vecinas: algunas cargadas de compasión y otras llenas de una curiosidad maliciosa. Pese a todo ello, y ante cualquier recomendación de seguir adelante que recibía de alguien más cercano, ella respondía siempre sonriendo, aunque la sonrisa tuviera un asomo de frialdad, mientras percibía cómo un fuego pequeño y obstinado se avivaba aún más intensamente en su pecho.

¿Qué razón había para perdonar?
¿Ser aceptado nuevamente, de volver a formar parte del cálido círculo de los resignados?

Perdonar significaba eliminar el insultado y aceptar las reglas injustas de un juego en el que no había tenido papel alguno en su creación. Por primera vez en mucho tiempo, Marina optó por no olvidar y no fue algo pasional, sino una decisión dolorosamente lúcida, como quien elige no taparse los oídos para no escuchar el estrépito de un edificio que se derrumba.

Caminaba por las calles impregnadas del aroma de gasolina y pan recién horneado; las mismas calles donde la indiferencia reinaba como un dios invisible pero poderoso. En su paseo murmuraba para sí como en una letanía: “No perdones; no les concedas ese privilegio tan injusto. No olvides; no vendas tu herida por un banquete de sonrisas hipócritas”.

Sabía que la resistencia no venía acompañada de himnos ni aplausos y que mantener la dignidad implicaba caminar en solitario en múltiples ocasiones; rechazar la mano que se ofrecía solo para intentar encubrir el daño causado por otros era su elección constante. No ansiaba venganza, sino algo más íntimo y valioso: preservar celosamente de sus propios recuerdos.

Se acercó al parque donde solía disfrutar de la lectura antes de que todo cambiara drásticamente. Eligió un banco desgastado y observó a su alrededor: risas de niños en el aire, perros que ladraban y madres charlando animadamente. El mundo continuaba su curso irracional y persistente, como si la traición no hubiera dejado una huella invisible en la realidad.

En contraste, ella apretaba su herida como si sostuviera un libro que nunca tuviera la intención de cerrar.

Sería suya.
No la rechazaría ni la embellecería.
Sería un acto de resistencia propio.

Cuando algún amigo bienintencionado le sugiriera nuevamente: “¿No crees que ya es tiempo de perdonar?", ella respondería sonriendo de la misma manera, pero expresando su decisión firme de no ceder. “No puedo perdonar porque eso sería ir en contra de lo que soy realmente y eso es algo que no puedo comprometer”.

Marina continuaba avanzando mientras algunos olvidaban y otros sacrificaban su orgullo por una tranquilidad efímera.

Donde algunos elegían olvidar el pasado reciente de manera conveniente; ella optaba por nutrir y proteger esos recuerdos como si fueran secretos personales preciados en un jardín privado y especial creado exclusivamente para resguardarlos. En ese espacio íntimo y único que cuidaba celosamente contra viento y marea nacería una sola flor que merecería toda su atención y esfuerzo para florecer radiante y hermosamente en medio de la adversidad diaria y los desafíos constantes que enfrentara; esa flor representaría su dignidad personal indestructible e invicta que nadie podría marchitar ni pisotear.

domingo, 7 de junio de 2026

Fragmentos de un reloj que soñaba con desaparecer


Ghil Gam Szh nació cuando un engranaje de cobre suspiró sobre una nube fatigada. Su primer llanto fue el tintineo de cien mil péndulos partiéndose. Gobernaba Urûk-tik, la ciudad flotante, donde los relojes se derretían como manteca bajo soles que jamás amanecían del todo. Allí el tiempo reventaba en burbujas; cada una cargaba un recuerdo que se alquilaba como una habitación a la deriva.

Los espejos, rotos en carne viva, mostraban no rostros, sino ruinas de deseos. Ghil Gam Szh, bicéfalo y ausente, tiranizaba las sombras del pasado: no las personas, no los cuerpos, sino los ecos gastados de sus vidas marchitas.

Una noche sin contornos, cuando las campanas lloraban vino negro, Inkidu llegó: una criatura amasada de arena que cantaba canciones descompuestas, murmullos nunca escuchados por garganta alguna. La Asamblea de los Silencios lo había parido para arrancar las raíces de Ghil Gam Szh de su trono de vapor.

Se enfrentaron en la Plaza de las Horas Rancias. En lugar de golpes, se lanzaron los sueños más viejos que sus sangres recordaban: una nube deseando recordar la gravedad; una máquina anhelando descomponerse en brisa. Así comprendieron: eran astillas de un mismo árbol podrido que había olvidado su nombre.

Amigos —no como hermanos, sino como dos mitades que jamás encajarían del todo— partieron hacia el Bosque de los Cedros Invertidos. Allí los árboles se colgaban cabeza abajo, llorando savia que era también tiempo licuado. Hûmba Baa les esperaba, un monstruo de acertijos que sólo podían pronunciarse una vez, pues luego se deshacían como humo en las bocas. Lucharon no con armas, sino con visiones: Ghil Gam Szh abrió una herida en el pensamiento de Hûmba Baa, mientras Inkidu desgranaba canciones que infectaban de silencio los oídos del monstruo.

Cuando Hûmba Baa cayó, sus pensamientos rodaron como cabezas ciegas en la maleza. Pero las estrellas, custodias del desorden, alzaron su venganza: dictaron que el nombre de Inkidu sería borrado lentamente, como el rocío que el alba nunca recuerda.

Ghil Gam Szh, en su horror, emprendió el viaje a la Marisma de Pieles Vacías, donde los cuerpos olvidaban haber sido. Allí buscó a Utnapistigm, el sabio cuyo cuerpo era un papiro vivo de cicatrices. Aprendió que la inmortalidad era un latido reservado a quienes renunciaban a perseguirla: un pez que no puede ser atrapado porque ya es agua.

Ghil Gam Szh intentó salvar a Inkidu: tejió relojes con el humo de sus dos bocas, construyó puentes de burbujas de tiempo estancado, lloró espejos líquidos... Todo fue en vano.

Cuando regresó a Urûk-tik, el desierto de relojes rotos se había tragado el último eco de Inkidu. Ghil Gam Szh ascendió entonces a su trono de espuma. Sabía que su reino sería un temblor anónimo, una mueca sin historia, una gota disuelta en la eternidad de los relojes derretidos.

Y en alguna grieta del tiempo burbujeante, una voz imposible susurró un nombre que nadie, ni el viento, supo ya pronunciar.