Pronto se dio cuenta de que en este lugar las ofensas eran olvidadas rápidamente; como si la tradición de aceptar todo hubiera permeado la sociedad hasta lo más profundo de su ser. Pero Marina no se conformaba con eso. No señora. Mientras caminaba decidida y firme por las callejuelas envueltas en la tibia neblina de un domingo corriente, pensaba: aquí no he venido para agachar la cabeza.
—Debes seguir adelante —le había aconsejado su madre mientras preparaba café, como si no acabara de reconocer que su hija había sido avergonzada frente a todos y despedida de su trabajo en la editorial por el mismo hombre que la había ascendido anteriormente. El mismo individuo que durante encuentros y confesiones le había prometido un futuro próspero y que ahora se desvanecía como la espuma de una cerveza mal tirada.
Sobrellevarlo y dejarlo ir sin guardar resentimiento son como tiritas mal colocadas en una herida que se niega a sanar; Marina prefería que luciera roja y vibrante como un estandarte.
En el barrio donde se conocían todos, despertaba miradas entre las vecinas: algunas cargadas de compasión y otras llenas de una curiosidad maliciosa. Pese a todo ello, y ante cualquier recomendación de seguir adelante que recibía de alguien más cercano, ella respondía siempre sonriendo, aunque la sonrisa tuviera un asomo de frialdad, mientras percibía cómo un fuego pequeño y obstinado se avivaba aún más intensamente en su pecho.
¿Qué razón había para perdonar?
¿Ser aceptado nuevamente, de volver a formar parte del cálido círculo de los resignados?
Perdonar significaba eliminar el insultado y aceptar las reglas injustas de un juego en el que no había tenido papel alguno en su creación. Por primera vez en mucho tiempo, Marina optó por no olvidar y no fue algo pasional, sino una decisión dolorosamente lúcida, como quien elige no taparse los oídos para no escuchar el estrépito de un edificio que se derrumba.
Caminaba por las calles impregnadas del aroma de gasolina y pan recién horneado; las mismas calles donde la indiferencia reinaba como un dios invisible pero poderoso. En su paseo murmuraba para sí como en una letanía: “No perdones; no les concedas ese privilegio tan injusto. No olvides; no vendas tu herida por un banquete de sonrisas hipócritas”.
Sabía que la resistencia no venía acompañada de himnos ni aplausos y que mantener la dignidad implicaba caminar en solitario en múltiples ocasiones; rechazar la mano que se ofrecía solo para intentar encubrir el daño causado por otros era su elección constante. No ansiaba venganza, sino algo más íntimo y valioso: preservar celosamente de sus propios recuerdos.
Se acercó al parque donde solía disfrutar de la lectura antes de que todo cambiara drásticamente. Eligió un banco desgastado y observó a su alrededor: risas de niños en el aire, perros que ladraban y madres charlando animadamente. El mundo continuaba su curso irracional y persistente, como si la traición no hubiera dejado una huella invisible en la realidad.
En contraste, ella apretaba su herida como si sostuviera un libro que nunca tuviera la intención de cerrar.
Sería suya.
No la rechazaría ni la embellecería.
Sería un acto de resistencia propio.
Cuando algún amigo bienintencionado le sugiriera nuevamente: “¿No crees que ya es tiempo de perdonar?", ella respondería sonriendo de la misma manera, pero expresando su decisión firme de no ceder. “No puedo perdonar porque eso sería ir en contra de lo que soy realmente y eso es algo que no puedo comprometer”.
Marina continuaba avanzando mientras algunos olvidaban y otros sacrificaban su orgullo por una tranquilidad efímera.
Donde algunos elegían olvidar el pasado reciente de manera conveniente; ella optaba por nutrir y proteger esos recuerdos como si fueran secretos personales preciados en un jardín privado y especial creado exclusivamente para resguardarlos. En ese espacio íntimo y único que cuidaba celosamente contra viento y marea nacería una sola flor que merecería toda su atención y esfuerzo para florecer radiante y hermosamente en medio de la adversidad diaria y los desafíos constantes que enfrentara; esa flor representaría su dignidad personal indestructible e invicta que nadie podría marchitar ni pisotear.

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