Desde la ventana de su apartamento, Domingo contemplaba cómo las últimas gotas de lluvia se deslizaban por los tejados del pueblo. Algunos tímidos rayos de sol comenzaban a iluminar el paisaje entre las nubes, pero el cielo seguía encapotado, como casi todos los días desde que ella se fue. No era tanto el tiempo lo que le apesadumbraba, como el vacío en su hogar: ese murmullo sordo que antes resonaba con risas, canciones y charlas divertidas.
Habían pasado seis meses desde su partida. Ni el tiempo suficiente para que la tristeza se convirtiera en costumbre, ni tan poco para que el dolor hubiera menguado. Domingo se encontraba en ese punto intermedio del duelo donde la ausencia dejó de quemar, pero la herida permanecía abierta. Se levantaba cada día realizando las tareas mecánicamente, paseaba solo por los alrededores y luego se instalaba, como de costumbre, en el banco frente al campo.
Allí ya lo conocían hasta el perro del cartero, que llegaba a lamerle las manos sin permiso. Domingo le hablaba con la misma naturalidad con que lo hacía con su amada esposa durante sus cuarenta años juntos. Algunas tardes murmuraba su nombre al viento, como si el aire pudiera llevar el mensaje hasta donde ella estuviera.
El banco estaba junto a un viejo almendro seco. En primavera, a pesar de la tristeza, ella solía detenerse fascinada a observar cómo brotaban sus blancas y delicadas flores. Lo señalaba con un gesto sutil, sin palabras, como si la belleza del mundo mereciera ser contemplada en silencio.
—Volverá a florecer —decía ella—, aunque nadie lo mire.
Ahora, él aguardaba ese milagro cotidiano: la flor que renace sin testigos.
Los vecinos trataban a Domingo con cortesía discreta, como a alguien que ha encontrado su lugar en la comunidad. El panadero solía dejarle el pan envuelto en papel, y la chica de la tienda, Lucía de voz serena, a veces le preguntaba sobre el tiempo, el almendro o cómo llevaba las tardes.
—Parece que hoy saldrá el sol, ¿no crees?—decía ella.
Y él sonreía con resignada esperanza.
—Lleva días intentándolo, pero le faltan ganas.
Una tarde, las nubes se separaron brevemente, como si alguien corriera una cortina. Se encontró con una niña que no conocía. Tendría unos ocho años y llevaba una mochila, con zapatos manchados de barro. Se sentó en el otro extremo del banco y sacó un sándwich envuelto en papel Albal.
—Mi mamá se ha olvidado de pasar por mí— dijo sin mirarlo —. Siempre lo hace cuando discuten.
Domingo asintió despacio, sin preguntar sobre la discusión, pues no era de su incumbencia.
—¿No tienes frío?—le preguntó.
—No— mintió ella.
Compartieron el banco durante media hora. Domingo le ofreció un caramelo de menta que ella aceptó como un regalo.
—¿Y a quién esperas tú?—le preguntó ella.
Domingo dudó y miró el almendro, el suelo, el cielo. Se encogió de hombros.
—Supongo que al sol.
Ella lo miró con madurez impropia de su edad.
—Entonces los dos vamos a esperar un buen rato.
Al cabo de media hora llegó la madre, agitada y ojerosa. Agradeció apresuradamente a Domingo que hubiera cuidado a su hija y se llevó a la niña, que se giró dos veces para despedirse con la energía de quien cree que habrá otro día.
Desde su primer encuentro, solía visitarla con frecuencia. Unas veces llevaba un aperitivo, otras sus cuadernos de dibujos. Rara vez preguntaba demasiado. Se limitaba a escucharla si quería conversar, y a compartir su compañía si no.
Un jueves cualquiera, mientras ella coloreaba con sus gastados lápices, le dijo:
—Mi maestra siempre dice que la primavera llega a su tiempo. Aunque no puedas verla acercarse.
Él sonrió para sus adentros. Había oído una frase parecida antes, pronunciada con mayor dulzura.
Aquella noche, al volver a casa, puso agua a hervir en la cacerola de cobre que su mujer usaba para cocer membrillos. Aunque no era temporada, le gustaba establecer su ritual: calentar algo, perfumar el ambiente con su vapor tibio. Encendió la radio y sonaba una canción de hace media vida, una de esas que dicen poco y lo dicen todo.
Se asomó a la ventana y divisó que el cielo clareaba por el este. Un delgado rayo de luz cortaba el perfil de los montes. Allí donde el pueblo termina y el campo se abría, el viento había barrido las últimas nubes.
“Volverá a florecer”, se dijo para infundirse ánimo. Como quien se hace una promesa al corazón.
Y permaneció allí, inmóvil, esperando ese día soleado que, por primera vez en mucho tiempo, parecía decidido a llegar.

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