La cafetera silbaba roncamente con sus últimos estertores sobre el hornillo, mientras los tímidos rayos de sol se filtraban entre las flores mustias de la cortina. Eran casi las siete de la mañana, como siempre. Y como siempre, Ana revolvía pensativa el azúcar en su vaso de Duralex, sin mirarlo, sin decir nada. El vapor empañaba ligeramente sus gafas. Llevaba puesta la bata gris desgastada, la misma de todos los días, aquella de la que nunca pudo quitar del todo la mancha de la cadera.
Sentado a la mesa se encontraba Julián, con su camiseta
blanca de tirantes que usaba para dormir. Sus manos eran ásperas y sus uñas
llevaban consigo la tierra perpetua del trabajo, aunque ya no recordaba si de
los ladrillos o de las cajas del almacén. Sorbo a sorbo, bebía el café en
silencio. El pan estaba algo duro, pero tampoco se quejaba.
Han vuelto a subir el butano —comentó Ana, sin levantar la
mirada.
Julián asintió con la cabeza. Ya no discutían sobre esos
temas. No por acuerdo expreso, sino por el cansancio acumulado.
Llevaban quince años viviendo en un piso de Orcasitas, en un
bloque de ladrillo visto donde todas las ventanas parecían observarse
mutuamente. Ropa tendida en las cuerdas del patio interior, olor a coliflor
hervida a media mañana y niños gritando desde temprano al bajar por las
escaleras empujándose. La vida continuaba, claro. Pero ellos se habían ido
quedando quietos y apagados, al igual que los muebles viejos que uno conserva
porque, total, ahí están.
A las ocho, Ana se iba al hospital, donde limpiaba desde las
9 de la mañana hasta que le dolía la espalda por el esfuerzo. Al terminar su
turno, tomaba el metro y regresaba a su casa con los pies cansados, llevando una
bolsa con algunas frutas y verduras. Por su parte, Julián salía de su trabajo
un poco antes, pedaleando en su bicicleta, hacia el polígono industrial donde
se dedicaba a descargar cajas de lo que hubiera cada día. Hace año y medio que le
pagaban en negro. Él decía que todo estaba bien, Ana prefería no opinar, ni decir
lo que realmente pensaba.
Últimamente, solo se comunicaban para tratar asuntos del día
a día, como pagar la comunidad o que había que cambiar una bombilla. Ya no hablaban
sobre sus anhelos o inquietudes personales. Los prolongados silencios se habían
apoderado de su tiempo en común, especialmente los fines de semana.
No obstante, habían compartido buenos momentos en el pasado,
como acudir juntos a la cola del paro, celebrar el bautizo de su sobrino o las
discusiones por no poder seguir pagando la hipoteca de su vivienda. También
habían atravesado momentos de incertidumbre e insomnio, apoyándose mutuamente.
En el pasado tuvieron ilusiones, aunque ahora ya ni siquiera recordaban con
claridad con qué planes soñaron. ¿Mudarse a una casa rural? ¿Montar un pequeño
negocio? ¿Comprar un perro? Al final no llevaron a cabo ninguno de esos
proyectos. Simplemente vivieron el presente.
Una noche, mientras veían un concurso en la tele, Ana
comentó en voz alta, sin pensar:
—A veces siento que estamos esperando que termine algo, pero
no sé bien el qué.
Julián bebió un sorbo de agua y cambió rápidamente de canal.
Ese tipo de reflexiones quedaban flotando en el ambiente,
aunque ya no dialogaban abiertamente sobre ellas. Al igual que un pequeño corte con un papel, que no sangra mucho, pero pica durante días.
En el hospital, Ana a veces veía a las otras chicas riéndose
con los celadores, o hablando de lo que harían el sábado por la noche con
emoción. Ella ya no hacía planes divertidos. Compraba comida para dos, aunque
ahora solía cocinar solo para uno, y dormía de costado en su lado de la cama.
Julián llegaba en silencio y encendía la radio, aunque realmente no la escuchaba.
Cenaban juntos, pero sin decir palabra. Un huevo frito, un poco de arroz si
había, lo que fuera.
Nunca se habían hecho promesas cariñosas de amor verdadero,
pero tampoco se gritaban. No era una guerra declarada, era un desgaste lento y
constante. Al igual que las escaleras del viejo edificio que rechinaban de tanto
uso. Y, aun así, había algo en la manera en que él cuidadosamente le pasaba su
abrigo sin decir palabra, o en cómo ella siempre le dejaba escondidas un par de
galletas caseras en su lonchera. Como si hubiera nostalgia por lo que fueron en
el pasado y que se resistía a desaparecer por completo.
Una tarde de domingo, él la encontró en el sofá, dormida, con
su bata puesta y la cabeza ladeada, un cigarro apagado en el cenicero. Se sentó
a su lado y la miró en silencio por un rato. Ana abrió los ojos con pesadez.
—¿Qué pasa? —preguntó con voz ronca.
—Nada. Que roncabas fuerte.
Ella soltó una risita corta y baja. Después se frotó los
ojos y se quedó mirando por la ventana.
—Julián... no vamos a ningún lado, ¿cierto?
Él no contestó. También miró por la ventana. La persiana de
los vecinos se movía con la brisa.
—No —dijo al fin—. Pero tampoco estamos tan mal.
Y era cierto. No había golpes violentos. No había gritos de cabreo.
Pero tampoco había abrazos cariñosos. Ni palabras de amor. Era una paz hueca y
vacía, como una casa sin habitantes.
Unos días después, Ana trajo una caja del trabajo. La dejó
junto a la cama.
—Voy a irme por una temporada. A casa de mi hermana.
Julián asintió. No hizo ninguna pregunta sobre cuánto tiempo
sería “una temporada”.
—Dejaré el juego de sábanas limpias en el primer cajón
—añadió ella, con un tono tan neutro como al hablar del tiempo que haría mañana.
El día que se marchó, no derramaron lágrimas. Se despidieron
como cuando se apaga una luz. Un beso en la mejilla, una maleta en la mano, la
sensación de que ya no quedaba más que decir.
Ana bajó por las escaleras cargando la maleta. Julián asomó
la cabeza por la ventana del patio trasero. La vio salir del portal y cruzar la
calle con paso firme. No miró hacia arriba.
Volvió a la cocina. El café estaba frío. Encendió la radio.
Una canción melancólica sonaba de fondo, aunque no la reconoció. Se sentó, como
siempre, frente al vaso de Duralex. Y, como siempre, pensó en bajar la basura.
Pero se quedó inmóvil.
Quizás mañana.

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Sé buena persona y por favor no castigues mis marchitas neuronas con otra escritura que no sea la respetuosa con la puntuación y la ortografía, el censor que llevo dentro te lo recompensará continuando dormido.