La semana pasada dejamos a Julián solo... pero ¿y si en realidad todo hubiese sucedido al revés?
La cafetera silbaba sobre la cocina, desprendiendo un aroma cálido que inundaba cada rincón. Como cada mañana, Ana tarareaba alguna melodía al remover el azúcar en su taza. No era una canción conocida, sino que surgía de su armonía interna. Llevaba puesta su bata gris, aunque esta vez se veía más alegre gracias a la bufanda escarlata que colgaba jovial de su cuello, aportando un toque de color en la monotonía habitual.
Julián entró en la cocina frotándose los ojos, aún somnoliento. Llevaba puesta su camiseta blanca y bostezaba sonoramente.
—¿Seguimos con el concierto matutino? —bromeó, recostado en el marco de la puerta.
Ana sonrió sin mirarlo, absorta en sus pensamientos.
—Eso espero, cada día —respondió con suavidad.
Le sirvió una taza de café y tomaron asiento frente a frente. Sus manos, endurecidas por el trabajo diario, sostenían la taza con una extraña delicadeza, como quien sujeta algo frágil del que aún no se atreve a hablar plenamente. Mientras daba pequeños mordiscos a una rebanada de pan, comentó:
—Vuelve a subir el precio del butano.
—¿Otra vez? —dijo Julián, frunciendo el ceño—. Tendremos que racionar el agua caliente.
—O aprovecharla los dos a la vez —agregó Ana con naturalidad.
Soltaron una carcajada sincera, carente de exageraciones, clara y limpia. Había sutiles pinceladas de ironía y cansancio tras los años, pero sobre todo reinaba la complicidad de quienes se conocen a fondo.
Durante quince años habían vivido en el mismo edificio de Orcasitas, congeniando como sus viejas cicatrices y haciéndose unos con ellas. Las ventanas de los vecinos sostenían conversaciones mudas a distancia, aunque ya no les importaban los detalles. Habían empezado a poner motes cariñosos a los vecinos: la señora de los pajarillos, el niño espadachín, el hombre del tercero que silba tangos porteños. En la ropa tendida se adivinaban pasados y presentes, y el olor a coliflor hervida les arrancaba carcajadas que repetían como bromas de esas que son solo para dos.
A las ocho, Ana partía hacia el hospital. Pero desde hacía meses, antes de abordar el metro, pasaba por la cafetería de la esquina a tomar un segundo café con Clara, su compañera de la limpieza. Mientras, Julián, pedaleaba rumbo al polígono, donde descargaba cajas y cuanto le encargaran hacer, comentando con sus colegas novedades del taller y del mundo. Aún cobraba en B, sí, pero recientemente había empezado a asistir a clases de mecánica dos noches por semana. Ana lo alentaba sin necesidad de decir mucho. Le preparaba bocadillos con notitas dentro: "Si hoy no te descoyuntas, al menos pártete de la risa".
Los fines de semana el silencio brillaba por su ausencia, discusiones sobre películas de la tele, partidas de cartas mal jugadas, tardes en el parque donde hablaban de todo sin necesidad de completar frases poblaban las horas de esos dos días que pasaban como un suspiro.
—¿Crees que si hubiéramos tenido hijos todo habría sido distinto? —le preguntó Ana un sábado al anochecer, mientras compartían una cerveza en un banco del paseo.
—Claro que habría sido distinto —respondió Julián, encogiendo los hombros—. Pero no significa que fuera mejor.
Ana lo miró durante largo rato.
—A veces siento que todo podría quebrarse en cualquier momento —susurró Julián una noche, mientras fumaba en el balcón.
—Todo cambia constantemente —respondió Ana con calma—. Incluso lo que parece más sólido.
Permanecieron en silencio durante unos minutos, observando las luces de la ciudad y escuchando el murmullo de la gente en la calle. La vida seguía su curso, aunque ellos no siempre pudieran comprenderlo.
Una mañana, mientras preparaban el desayuno juntos, Ana soltó de pronto:
—A veces pienso en irme lejos por un tiempo, solo para ver mundo. Obviamente contigo, si quisieras acompañarme.
Julián se sorprendió ante la idea, aunque no le desagradaba. Miró a Ana y sonrió.
—Podríamos pensarlo. Aunque no cambiaría nuestra vida aquí, ni lo que hemos construido.
Ella asintió, satisfecha. Sabía que Julián la entendería sin necesidad de grandes explicaciones.
Pasaban los días en la calma de su rutina, diciéndose más con gestos que con palabras. Él le hacía las tareas de casa junto con ella, ella le acariciaba el rostro al pasar a su lado. Caminaban de la mano sin darse cuenta.
Un domingo, mientras el olor a pan recién horneado inundaba la calle, Ana preparó una caja para llevar a la colecta del barrio. Julián la acompañó, como tantas otras veces. La vida continuaba a su alrededor, y ellos forma parte de ella.
Quizás mañana sería distinto, pensaba Julián a menudo. Quizás mañana encontrarían nuevas respuestas.

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