Las calles de la ciudad goteaban bajo la llovizna, reflejando la luz amarillenta de las farolas como si fueran páginas mojadas de una novela inconclusa. En la niebla de la madrugada, un hombre de abrigo desgastado y ojos hundidos avanzaba sin prisa, como quien lleva una melodía en el alma. Llevaba en los labios un nombre que ya no se atrevía a pronunciar y en el bolsillo un papel arrugado donde, con tinta temblorosa, aún se leía: «Nunca te vayas sin despedirte».
El Club St. Germain respiraba un humo denso, perfumado de ginebra y olvido. El saxo de un músico de manos envejecidas desgarraba el aire con una melodía que parecía narrar todos los amores imposibles de la historia. Él se deslizó entre las mesas, esquivando sombras, hasta llegar a la barra. —Absenta,— murmuró al camarero, y el verde licor llegó a su vaso como una caricia del otro lado del tiempo.
—No has cambiado, Jean. Sigues bebiendo como si buscaras respuestas en el fondo del vaso.
La voz de Clémence llegó como un disparo suave, una nota suspendida en el filo del saxo. Ella estaba allí, vestida de negro, con la mirada de quien ha leído demasiadas cartas sin remitente.
—Y tú sigues apareciendo cuando ya no creo en milagros.
Se miraron. Sus ojos contenían el abismo de todos los cafés nocturnos compartidos, de todas las despedidas escritas en la niebla. La última vez que la había visto, llevaba un abrigo rojo y la promesa de un viaje a Lisboa. No se fue. Tampoco se quedó. Se convirtió en un espectro en la periferia de su memoria.
—He estado en Roma —dijo ella—. Aprendí a olvidarte en los callejones, pero esta ciudad no me dejó.
Jean sonrió, un gesto torcido, como el humo de su cigarrillo. El pianista acarició las teclas y el aire se cargó de una melancolía azul, esa que solo entienden los corazones que han sido desterrados de su propio hogar.
—Dime, Clémence... ¿Qué hacemos con las historias que no terminan?
Ella se inclinó, sus labios a centímetros de los suyos, pero sin rozarlos. En su mirada estaba el eco de Hemingway, la canción de Paolo Conte, de todas las noches que nunca se convirtieron en amaneceres.
—Las seguimos escribiendo, Jean. Aunque duelan. Aunque nos destruyan.
Y así, entre la música, el alcohol y los recuerdos que nunca se disuelven del todo, la historia continuó. La ciudad, testigo silencioso, los guardó en su noche infinita, en la brisa que arrastra confesiones y en la tinta que nunca deja de sangrar.

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Sé buena persona y por favor no castigues mis marchitas neuronas con otra escritura que no sea la respetuosa con la puntuación y la ortografía, el censor que llevo dentro te lo recompensará continuando dormido.