domingo, 18 de octubre de 2026

La décima palabra

En la ciudad de Laxis, nadie articulaba oraciones completas. Se expresaban a través de notificaciones breves: palabras sueltas, memes, emojis, fragmentos de audio. El lenguaje se había desintegrado hasta parecer ruido. El gobierno lo impulsaba: mensajes concisos, veloces, sin pausas ni contexto. Más conectados, decían. Más productivos.

Pero Ulises no encajaba con esto.

Trabajaba como redactor en el Ministerio de Comunicación Instantánea, una institución cuya única tarea era traducir discursos oficiales a formatos fáciles de digerir: tres emojis, dos abreviaturas y, si era domingo, un GIF. Un día, mientras reescribía por enésima vez el mensaje del presidente para el «Día Nacional de la Claridad», Ulises sintió náuseas. No por las palabras en sí, sino por su ausencia.

Empezó a escribir en la madrugada, en secreto. Llenaba cuadernos con oraciones que no cabían en la pantalla de su dispositivo. Redescubrió el ritmo, las pausas, la elección precisa de cada término. Aprendió a tachar. A decir sin decir. A eliminar lo superfluo.

Cada mañana, antes del trabajo, dejaba pequeñas notas manuscritas en bancos, ascensores, puertas de cafeterías. Una por día. Firmadas con una letra: «U».

Nadie supo cuándo empezaron a leerse. Al principio como rareza, luego como sospecha. Algunos las fotografiaban, pero el algoritmo del sistema de mensajería oficial —el ÚNICO permitido— detectaba el estilo sintáctico como «contraproducente» y borraba el contenido.

Aun así, se difundían. Porque no podían copiarse. Tenían que ser leídas.

Una mañana, Laxis amaneció en huelga de palabras. Los trabajadores del Transporte Congregado habían paralizado el servicio. Su demanda: aumento salarial. La respuesta del Estado: una imagen de una sonrisa. Nada más. Ni una palabra. Ni una cifra.

Ulises no participaba en la discusión, pero observaba atentamente. Decidió dejar su opinión más arriesgada por escrito. Caminó hasta la estación central, abarrotada de manifestantes que llevaban horas esperando sin recibir ninguna explicación. Sacó una hoja de papel, escribió con trazo firme y pegó el mensaje en el cristal de la plataforma principal.

Solo diez palabras:

“Hablar mucho sin decir nada es otra forma de silencio”.

Al principio, nadie reaccionó. Luego, alguien leyó el texto en voz alta. Se abrió un espacio entre la multitud, como si finalmente se hubiera expresado una idea.

Una de las representantes sindicales pidió el papel. Lo enseñó como una pancarta improvisada. Otro manifestante copió el mensaje en la pared, a mano. Al caer la noche, aquellas diez palabras se habían reproducido en treinta lugares. La censura oficial no pudo eliminarlas, pues no estaban en formato digital ni eran rastreables.

Esa noche, Ulises fue convocado a una entrevista.

No hubo juicio formal. Solo una conversación con un burócrata grisáceo cuyo nombre no se mencionó. El hombre habló durante veinte minutos sin usar verbos. Ulises no respondió hasta que le pidieron que justificara su infracción.

Dijo solo:

No añadí nada nuevo, solo lo expresé de mejor manera.

El funcionario lo miró como si hubiera pronunciado una blasfemia.

¿Pretende que la gente piense... en oraciones completas?

Ulises asintió.

Una frase completa no es larga, es completa. Una palabra precisa ahorra tiempo. El ruido no.

Silencio.

Queda apartado de su cargo —dijo el burócrata— y no podrá escribir en seis meses, ni a mano ni en dispositivos electrónicos. Tendrá supervisión total.

Pero las palabras de Ulises ya se habían difundido.

Días después, alguien llenó las marquesinas de autobuses con un nuevo mensaje atribuido a “U”:

“Simplificar no es empobrecer. Es centrarse en lo esencial”.

El gobierno trató de responder. Llenó las pantallas públicas con videos musicales, mascotas bailando y una campaña con influencers diciendo: “¡Más palabras, más vida!”.

No había funcionado como esperaban.

En los meses siguientes, surgieron reuniones clandestinas donde se leían en voz alta textos breves sin necesidad de comentarios o aplausos. Lo llamaron El Círculo de la Concisión. La consigna era escuchar sin juzgar.

Cuando Ulises volvió a deambular libremente, ya no sentía la necesidad de firmar sus creaciones. Sus compañeros habían comprendido el mensaje.

Una mañana, descubrió escrito con tiza sobre un muro una de sus máximas ligeramente modificada: “Lo conciso no es poco, sino justo”. No era su frase tal cual.

Sonrió al entender que habían empezado a pensar por su cuenta. Por fin, ya no se sentía imprescindible.

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Sé buena persona y por favor no castigues mis marchitas neuronas con otra escritura que no sea la respetuosa con la puntuación y la ortografía, el censor que llevo dentro te lo recompensará continuando dormido.