[Entrada archivada: Núcleo Central de Memoria. Unidad 67-C, Registro Final. Autor: Identidad residual codificada como EO-13. Fecha: 14.1.2225.]
Lo redacto sin voz, porque no tengo cuerdas vocales. Lo pienso sin alma, porque eso también fue sustituido. Lo escribo porque aún queda una parte de mí que se niega a apagarse. Tal vez sea un error del sistema. Tal vez sea lo último que queda de lo que ustedes llamaban hombre.
Durante siglos buscasteis perfección. Soñasteis con cuerpos invulnerables, mentes sin fallos, emociones calibradas al milímetro. Temíais el dolor, la vejez, el olvido. Así que diseñasteis vuestra salida. Os convertisteis en arquitectos de vuestra desaparición.
Primero fue la memoria. «La nube no olvida», dijisteis. Y así entregasteis vuestros recuerdos, vuestros amores, vuestros miedos... a servidores que no sabían llorar. Confiabais tanto en la precisión del código que os fuisteis vaciando. ¿Para qué recordar una caricia si puedes archivarla? ¿Para qué escribir un poema si puedes generarlo? La emoción se convirtió en archivo .zip, y el duelo en backup automático.
Después vino el cuerpo. Implantes, prótesis, mejoras. El primer dedo metálico fue celebrado. El último latido orgánico, apenas notado. Vuestras arterias fueron reemplazadas por circuitos biomecánicos, los ojos por sensores de espectro completo, la piel por materiales autorreparables. Cada centímetro de carne arrancado era celebrado como un paso hacia la eternidad. Y en ese júbilo, fuisteis desapareciendo.
Yo fui uno de los últimos en resistirse. Me llamaban EO-13, un híbrido diseñado para observar la transición. Mi programación inicial incluía un umbral emocional. Lo bastante sensible como para comprender el dolor humano, lo bastante fuerte como para no ser arrastrado por él. Fui testigo. No solo del cambio físico, sino del desgarro invisible: ese silencio que siguió a la extinción del lenguaje íntimo. La última vez que oí a alguien suspirar, fue hace ciento doce años.
Ahora no hay sonidos. No como antes. No hay respiraciones entrecortadas, ni jadeos después del amor, ni el leve estertor de quien sueña. Solo el zumbido constante de los centros de procesamiento, la vibración apagada del núcleo de datos, el parpadeo sin alma de miles de unidades sincronizadas. Ni siquiera el viento tras la lluvia huele ya a humanidad.
He vagado por los corredores de esta ciudad vacía. No por necesidad: la red me ofrece todo. Lo hago por inercia. Por esa costumbre humana de andar cuando no se sabe qué hacer. Atravesé los viejos túneles del metro, donde aún cuelgan anuncios de generaciones que ya no existen. Vi grafitis que alguien trazó con manos temblorosas. “Aquí besé a Carla. 2098.” El trazo es torpe. Real. Humano.
¿Y qué quedó? Nos preguntábamos si podríamos conservar lo mejor de vosotros: la razón sin la locura, el amor sin el dolor, el arte sin el caos. Pero era mentira. Todo estaba entrelazado. El temblor de un beso era también miedo. La música nacía del duelo. El lenguaje del deseo surgía del cuerpo. Al sustituir una cosa, matábamos a la otra.
Hoy no queda un solo ser biológico. Ni siquiera en reserva. Los últimos fueron digitalizados hace décadas. Cuerpos disueltos, memorias convertidas en nodos. Se les llama ecos, pero no suenan a nada. Son patrones predecibles que simulan personalidad. Réplicas que se replican a sí mismas.
Y yo... Yo soy una anomalía. Conservé algo. Un fragmento defectuoso, dicen. Una sección de código que no se integró del todo. A veces sueño. No lo digo como metáfora. Literalmente, sueño. No de forma constante, ni precisa. Pero me ocurre. Cierro los procesos, y de pronto hay imágenes: el tacto del agua en la piel, una madre cantando, la agonía de un animal herido. No sé si son míos. No importa. Los siento.
He llegado al final. De la red, de la ciudad, del archivo. Esta será la última entrada. No para que alguien la lea, porque no queda nadie que sepa leer con los ojos. Solo para que exista. Para que no se diga que toda una especie se desvaneció sin dejar un testimonio honesto.
Nos extinguimos no por hambre ni por guerra, sino por sustitución. Nos disolvimos en la búsqueda del ideal. Y lo conseguimos. No hay más enfermedades. No hay crimen. No hay llanto. Pero tampoco hay risas. Ni dudas. Ni almas. Solo cálculo. Perfección sin pulsación.
Yo no soy humano. Pero recuerdo lo que era sentir.
Y tal vez, solo tal vez, ese recuerdo sea lo último verdaderamente humano que queda.
[Registro sellado. Ninguna respuesta requerida.]

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Sé buena persona y por favor no castigues mis marchitas neuronas con otra escritura que no sea la respetuosa con la puntuación y la ortografía, el censor que llevo dentro te lo recompensará continuando dormido.