A los 18 no se piensa en las consecuencias. Se ama con las tripas, se cree con los puños apretados, se corre sin mirar adónde. Esta inconsciencia, a veces bendita, otras desnortada, me libró de la apatía… y me lanzó contra muros que, con los años, aprendí a rodear. No para evitar la pelea, sino por aprender que no todas las batallas merecen ser libradas.
Hoy no me gusta negar esa versión mía. Al contrario, tengo que agradecerle mucho. Pero he aprendido a escuchar (un poco más) antes de hablar, a respirar antes de arder. Los ímpetus de los 18 han sido útiles, igual que esa llama que te arranca de la oscuridad; pero que se consume pronto si uno no la sabe dirigir y alimentar, si no aprende. En fin: no arder más sin un objetivo y visión es muestra de que estás haciendo algo bueno con el tiempo que vas dejando atrás.
Con los años comprendí que vivir con intensidad no quiere decir vivir a ciegas. El cambio no está afuera sino dentro. Error no significa fracaso, sino brújula que apunta a tu interior. Y crecer no es renunciar a esa energía, antes bien, darle un fin.
No quiero regresar a los 18, ni intentar estúpidamente fingir que los tengo. Quiero seguir caminando con ese fuego en los talones y la mirada que he aprendido: la que duda, la que se permite caer, pero no deja de levantarse.
Ser joven hasta que te mueres no es cuestión de años, sino de no estancarte. Pero, ahora sé, que no es lo mismo moverse que huir.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Sé buena persona y por favor no castigues mis marchitas neuronas con otra escritura que no sea la respetuosa con la puntuación y la ortografía, el censor que llevo dentro te lo recompensará continuando dormido.