Mi nombre es Xel N-7 y desayuno microplásticos con leche de algas rehidratada. A veces, para ocasiones especiales como el Equinoccio de los Archidatos o el aniversario de la Gran Desconexión, me doy el gusto de sazonar el batido con virutas de batería de litio reciclada. Una delicatessen, según el canon del Regreso Nutricional Ancestral.
La llaman «dieta del Antropoceno». Yo la sigo con fervor casi litúrgico, como muchos de mi generación. Lo hacemos por respeto. Por conexión. Por lo que ellos llamaban alma, y nosotros apenas podemos conceptualizar como un algoritmo de herencia cultural.
Vivimos en cupólpolis flotantes, donde los drones domésticos tienen más derechos legales que los humanos sin contrato vitalicio. La Tierra—o la franja habitable que queda—es administrada por el Comité de Custodia Planetaria, una mezcla entre tribunal moral y jardineros planetarios. El oxígeno se factura. El agua se negocia en la Bolsa de los Recursos. Y, sin embargo, cada tarde me siento en mi cápsula-nido, activo la atmósfera de dióxido del archivo sensorial y me preparo un guiso histórico: arroz sintético con perlas de poliestireno, salsa plúmbea y una cucharada de nostalgia líquida con sabor a gasolina.
—Por los Ancestros, murmuro antes del primer bocado.
Los ancestros. Esa gente errática, fascinante, llena de contradicciones. Crearon redes de datos planetarias, viajaron al espacio, y al mismo tiempo, bebían café en tazas desechables mientras quemaban carbono como si no existiera el mañana. Y para ellos, no existió.
En la cápsula-museo del Sector Viajero del Macroarchivo Global, se conserva un holograma de la pirámide de Decathlon, una colosal estructura en forma de tetraedro que los expertos del Ministerio de Arqueología Emocional creen que funcionaba como centro espiritual, dedicado al culto de la pesca y el consumo recreativo. Unos sostienen que era una tumba ceremonial; otros, que era un estadio de iniciación para guerreros llamados «turistas».
He soñado con caminar por sus pasillos, empapado del olor a plástico y cuero sintético, tocando cada artefacto: cañas sagradas, redes rituales, chaquetas con camuflaje de pantano.
En mis paseos matinales por el Jardín de los Errores—una recreación botánica de los residuos del siglo XXI—me cruzo a menudo con el viejo Zao-3, que reniega de nuestras costumbres. Lo escuché una vez llamar a la dieta del Antropoceno «una perversión arqueológica». Dijo que glorificar el pasado tóxico era como construir una catedral en honor al colapso.
—¿Y qué propones tú? ¿Que los olvidemos? —le dije, mientras mordía un snack con núcleo de silicona saborizado.
—Propongo que aprendamos de ellos, no que los imitemos como si fueran dioses estragados por el plomo.
Pero la imitación es la forma más profunda de afecto. Y el afecto, en nuestra era transbiológica, es un bien escaso.
En la Cúpula de Exposición Número 12 hay una ciudad sumergida llamada Miami. Bueno, no exactamente una ciudad, sino una instalación visual basada en restos encontrados por los buzos historiadores: fragmentos de hoteles, flotadores rosados, y objetos sagrados como los «airpods», que se cree usaban para meditar en aislamiento sonoro. Los niños se ríen al ver los maniquíes vestidos con jeans, mientras los adultos murmuran letanías frente al altar de un Tesla disecado.
Yo no me río. Yo mastico plomo, con respeto.
Por las noches, cuando los drones-cantores entonan el zumbido vespertino, me acuesto y pienso en un humano del año 2021. Quizá uno que sostenía una lata de refresco y contemplaba, sin saberlo, el final de su especie desde la comodidad de un sofá de poliéster.
¿Pensaría en mí? ¿En nosotros? ¿En el legado accidental que dejó al verter su botella en el océano?
La dieta del Antropoceno no es solo alimento. Es arqueología digestiva. Es ritual de redención. Es la forma en que convertimos la ruina en memoria, y la memoria en cuerpo.
Mañana probaré una nueva receta: hamburguesa de cartucho de impresora con aderezo de PVC. Dicen que era uno de los sabores más auténticos de la era tóxica.
Y yo quiero recordarles como eran. No como deberían haber sido.
