Cuando sonó la sirena, Iván estaba sentado frente a la ventana empañada del barracón. Tenía las botas desatadas y una mancha de tinta en el pulgar. Afuera, la nieve estaba gris junto a las cocinas. Dentro olía a tabaco rancio y a ropa húmeda.
Los oficiales nunca pronunciaban bien su apellido. Al principio los corregía; luego dejó de hacerlo. Le quedaban dos días antes del embarque, o eso decían. «Al frente», repetían, como si no fuera aquel lugar del que los hombres volvían mutilados, cuando volvían.
Iván había leído los panfletos y escuchado los discursos. Hablaban de defender la patria y de limpiarla de traidores. Las palabras las pronunciaban hombres a los que él solo había visto detrás de una tribuna.
—Lo que tienes es miedo —le dijo su padre antes de cerrar la puerta.
Tenía miedo, pero no tanto al disparo o a la trinchera como a regresar igual que los soldados que se quedaban callados durante la cena y se sobresaltaban cuando alguien cerraba una puerta.
Su madre no dijo nada al verlo con el uniforme. Lo abrazó demasiado fuerte y luego le alisó una manga.
—No eres un traidor por no querer ir —le había dicho Clara la noche anterior.
Se habían encontrado en la antigua biblioteca del pueblo. Clara le llevaba dos años y, de vez en cuando, le pasaba libros que no podían encontrarse allí.
—¿Y si solo tengo miedo? —preguntó él.
Clara tardó en responder.
—Puede ser. Pero sería peor fingir que quieres ir.
Su hermano había muerto en la primera ofensiva. La caja llegó cerrada. En el documento adjunto habían escrito mal su nombre. Desde entonces, Clara evitaba hablar de la guerra.
En el cuartel desconfiaban de Iván. Se burlaban de sus preguntas y de la costumbre que tenía de apartarse cuando los demás empezaban a gritar. Uno de los que más lo provocaban se había orinado encima al ver pasar un convoy cargado de ataúdes. Nadie volvió a mencionarlo.
La víspera de la marcha, Iván salió del barracón antes de que encendieran las luces. En el bosque no se detuvo hasta dejar de oír a los centinelas. Se sentó detrás de un tronco caído y escribió una nota sobre una piedra. Tuvo que empezar dos veces porque le temblaban las manos.
«No puedo ir. No quiero matar a nadie ni morir por una causa en la que no creo. Puede que sea miedo».
Al regresar, se quitó el uniforme y trató de doblarlo. Una de las mangas quedó torcida. Dejó la nota encima y salió por la puerta trasera.
No sabía cuánto tardarían en registrar el bosque. Tampoco sabía qué harían con sus padres. Pensó en volver, pero siguió andando.
Cuando alcanzó el camino, la sirena sonó otra vez. Iván apretó el paso.

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