Buenas tardes. Habla el comandante desde la cabina. Sí, ese que va a llevar este tubo de metal de 283 toneladas a 12.000 metros de altura a 900 kilómetros por hora.
Hoy no funciona el sistema de entretenimiento, así que no
habrá vídeo corporativo de seguridad con música de fondo ni modelos sonriendo
mientras te enseñan cómo abrocharte un cinturón. Mala suerte para el
departamento de marketing. Buena suerte para ti, porque en vez de eso vas a
escuchar la versión real. La que deberías haber oído desde el primer vuelo que
al que te subiste. Sin tonterías. Sin anestesia.
Vamos por partes.
Lo primero: si algo sale mal —y es raro, pero no imposible—,
tus probabilidades de sobrevivir no son tan malas como crees. En un aterrizaje
de emergencia normal, el 95 %
de los pasajeros salen por su propio pie. Si hablamos de una piña seria, de esas con fuego, humo, gritos y nervios destrozados,
aún así el 55 % sobrevive. Así que si esto se va al carajo, no te bloquees. Presta atención. Tienes que pensar rápido y actuar
mejor.
El 80 %
de los accidentes ocurren en los primeros tres minutos y los últimos ocho del vuelo. Es decir: justo ahora que estamos por
despegar y luego, cuando estemos bajando. Así que esos
no son los momentos para quitarte los zapatos, sacar el portátil o empezar a dormir como si fueras de granito o de mármol. Ojos abiertos. Sentido común
activado.
¿Los asientos más seguros del avión? No son los tuyos. Son
los nuestros, los de la tripulación, que están de espaldas al sentido de vuelo.
No es casualidad, es física básica. Los siguientes mejores están sobre las
alas, cerca de las salidas de emergencia. Si no estás en uno de esos, te ha
tocado el sitio malo, pero aún puedes hacer algo útil: mira ahora mismo dónde
está la salida más cercana. Y no me refiero a «allí, donde parpadea la
lucecita», me refiero a contar cuántas filas tienes entre tú y la puerta.
Porque si esto se llena de humo o queda boca abajo, o ambas cosas, vas a tener
que llegar a esa salida sin ver nada, tanteando asientos y respirando como si
tuvieras una bolsa en la cabeza.
¿Ves el cinturón? Sabes usarlo, claro. Todos creen que
saben. Pero cuando entras en modo pánico, la mitad intenta abrirlo como si
fuera el del coche. Spoiler: no funciona. No tiene botón. Tienes que levantar
una palanca. Hazlo ahora. Familiarízate con ese gesto, porque en un momento de
mierda, ese detalle puede marcar la diferencia entre salir o no.
Otra cosa: si se produce una evacuación en tierra, tenemos
90 segundos para sacaros a todos antes de que esto se convierta en una parrilla
humana. Y en esos 90 segundos, si tú decides que necesitas tu mochila, tu
ordenador o tus auriculares de 300 euros... estarás retrasando a todos los que
vienen detrás. Déjalo todo. Tus cosas no valen tu vida, ni la de los demás. Y
si me encuentro con tu maleta bloqueando mi salida, no esperes una sonrisa. Yo
también quiero salir de aquí.
¿Los chalecos salvavidas? Están ahí, sí. Debajo del asiento.
¿Te van a salvar la vida? Probablemente no. En el accidente del Hudson en 2009
nadie los necesitó. En el del Caribe en los 70 sí ayudaron, vale. Pero en
Etiopía, en el 96, muchos se los pusieron antes de tiempo, flotaron dentro del
avión y no pudieron salir. A ver si lo pillas: si los cambiamos por
chocolatinas, el resultado sería parecido. Así que no los toques salvo que
estés flotando en agua salada y aún respiras.
¿Más? Sí, las máscaras de oxígeno. Si perdemos presión en la cabina no vas a poder respirar. Por eso van a caer unas mascarillas del techo.
Ponte la tuya antes de jugar al salvador con quien tengas al lado. ¿Qué haré yo
en ese momento? Bajar el morro del avión y meterlo en picado. Vas a sentir una
caída como de montaña rusa, pero es normal. Lo he practicado más veces de las
que tú has echado gasolina. Eso sí, antes de hablar contigo por este micrófono,
tengo que avisar al control y a la compañía. Así que, si no digo nada durante 40
segundos, no es que esté tomando café. Estoy trabajando para que no mueras.
Y si no te da tiempo a ponerte la máscara... te vas a
desmayar. En un minuto o dos, cuando bajemos a una altitud respirable, volverás
en ti. Con suerte sin haber gritado demasiado.
¿Sabes cuál es el mayor riesgo ahora mismo? No, no es el
vuelo. Es que cuando abras el compartimento de equipaje, se te caiga encima una
botella de whisky del duty-free y le revientes el cráneo al que está sentado
debajo. Miles de heridos al año por eso. Turbulencias graves que mandan al
hospital: unas 60 en EE. UU.; es más probable que te partas la nariz por culpa
de una mochila mal colocada que por un airbag.
Y no te confíes con el carrito de las bebidas. Pesa más de
100 kilos cuando va lleno. Si te pilla mal sentado, te rompe una rodilla. Hay
casos. Muchos. Y aún estamos esperando que alguien en la aerolínea se digne a
ponerle algo de protección. Igual que esperamos tazas con tapa para que no
termines con café hirviendo en la entrepierna. Pero eso no vende, así que nada.
¿Y cómo puede volar todo esto si ni siquiera cierra bien tu
bandeja? Buena pregunta. Nos la hacemos también. Pero, estadísticamente hablando, tu riesgo de morir en este vuelo es de 1 entre 11 millones. Más fácil
que te caiga un rayo. Más probable es que te mate tu coche. Después del 11-S, un
montón de gente dejó de volar por miedo. ¿Resultado? Más muertos en carretera.
Casi 1600 personas más solo en EE. UU. por cambiar el avión por el coche.
Piensa en eso.
Vamos a despegar en unos minutos. El cinturón seguirá puesto
casi todo el trayecto. No porque estemos todo el tiempo en peligro, sino porque
los asistentes de vuelo no quieren que vayas paseándote mientras trabajan, ni
quieren esquivarte en el pasillo como si fuera una coreografía de TikTok.
Relájate. O no. Pero quédate quieto. Y si algo pasa,
recuerda lo que acabas de oír. No lo que te enseñaron con una sonrisa en un
vídeo que costó más que tu coche.
Buen vuelo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Sé buena persona y por favor no castigues mis marchitas neuronas con otra escritura que no sea la respetuosa con la puntuación y la ortografía, el censor que llevo dentro te lo recompensará continuando dormido.