Cuando sonó el despertador, descubrió que ya estaba despierto; su cuerpo se le había adelantado. Apagó el aparato con rapidez y se dirigió al baño con paso cansino, arrastrando sus zapatillas desgastadas.
El café ya estaba listo cuando bajó. Había programado la cafetera la noche anterior. Bebió un zumo industrial mientras el olor del café llenaba la estancia. Era un hábito cómodo, pero monótono.
Vestido como siempre, con su camisa a cuadros y sus pantalones grises, salió con prisa sin hablar con la portera, como de costumbre. Pensó por un instante que era el momento de cambiar aquello, pero, aun así, apresuró el paso, como cada día.
En el trabajo, todo se repetía: el vigilante, el torno de acceso, el ascensor y su silla que rechinaba. Cumplía bien con su trabajo, pero llevaba tiempo esperando que algo cambiara.
Un día, cuando el ascensor se averió, subió por las escaleras malhumorado. En uno de los pisos chocó con una mujer de sonrisa cálida que le hizo sentirse extraño en su propia vida.
Al llegar a su oficina, decidió no encender la radio enseguida. Solía escuchar el informativo de las ocho, pero aquella mañana se tomó unos minutos antes de empezar. Se quedó de pie, todavía con el abrigo puesto, mirando la pantalla apagada del ordenador. Le asaltó una sensación absurda: lo que no hacía en ese instante parecía pesar más que cualquier tarea pendiente.
A lo largo de la semana volvió a encontrarse con la mujer en dos ocasiones. Nunca en el mismo lugar. Una vez la vio en el vestíbulo de la oficina; otra, en los pasillos. No era particularmente joven ni bella, pero hablaba con una calma natural, como si supiera que no estaba diciendo nada profundo y, aun así, no le importara.
—¿Siempre pides el mismo café? —le preguntó un miércoles mientras esperaban juntos en la cola de la cafetería de la planta baja.
Miguel parpadeó, confundido, y tardó algunos segundos en responder.
—Nunca me había detenido a pensarlo —contestó con sinceridad.
Esa tarde cambió un poco su ruta habitual al regresar a casa. En lugar de pasar por delante de la papelería cerrada y la frutería ya casi sin género, se detuvo en una ferretería donde el encargado tarareaba una canción que sonaba en LOS40 Classic.
En las semanas siguientes fue introduciendo pequeños cambios en su rutina: probó un desodorante diferente, modificó sus trayectos de siempre, eligió otra mesa en la cafetería del trabajo. Un día, sin planearlo, se detuvo en una librería. Compró un libro de cuentos, aunque hacía años que no leía ninguno. Le gustó la idea de retomar una antigua afición.
El cambio no fue agradable al principio. Hubo días en los que anhelaba volver al piloto automático. Elegir de nuevo era como poner a trabajar un músculo atrofiado: molestaba. Pero al menos empezaba a comprobar que podía mover las piezas del día a su manera.
La mujer —Sofía, según sabría después— dejó de aparecer en su trayecto matutino. Un día dejó de ver su silueta familiar cruzando la calle principal del pueblo. Miguel no lo notó de inmediato. Para entonces ya se detenía en detalles que antes ni veía.
Descubrió que le gustaba estar a solas. Seguía haciendo muchas de sus tareas de forma mecánica, pero ya no llenaba cada silencio con la radio ni cada espera con impaciencia. A veces se quedaba quieto, sin hacer nada en particular, y eso le bastaba.
La rutina seguía allí, pero ya no le parecía una estructura cerrada. Cuando despertaba unos minutos antes que el despertador, se quedaba mirando la luz que se filtraba entre las lamas de la persiana. No buscaba una lección en aquello. Le bastaba con verlo.
Y una mañana, casi sin darse cuenta, supo por fin qué debía hacer...













