domingo, 30 de agosto de 2026

Una nimiedad sin sentido

Cuando sonó el despertador, se sorprendió despierto antes, ya acostumbrado a su cuerpo. Apagó el aparato con rapidez y se dirigió al baño con paso cansino, arrastrando sus zapatillas desgastadas.

El café ya estaba listo cuando bajó, programado la noche anterior por su cafetera. Bebió un zumo industrial mientras el olor del café aún llenaba la estancia, un hábito cómodo pero monótono.

Vestido igual que siempre con su camisa a cuadros y pantalones grises, salió con prisa sin hablar con la portera como era su costumbre. Pensó por un instante que era momento de cambiar aquello, pero, aun así, apresuró el paso, como cada día.

En el trabajo, la rutina se repetía igual: el vigilante, el torno de acceso, el ascensor, y su silla que rechinaba. Desempeñaba bien su trabajo, pero algo en su interior anhelaba alguna novedad.

Un día, cuando el ascensor se averió, subió por las escaleras malhumorado. En uno de los pisos chocó con una mujer de sonrisa cálida que le hizo sentir desconocido en su propia vida.

Quizás había llegado el momento de romper con su aburrida rutina.

Al llegar a su oficina, decidió no encender la radio inmediatamente. Generalmente escuchaba el informativo matinal que comenzaba a las 8:00, pero esa mañana optó por tomarse un momento antes de iniciar su jornada laboral. Se quedó allí de pie, con su abrigo puesto aún, observando pensativamente la pantalla de su ordenador que permanecía apagada. Un sentimiento absurdo se apoderó de él: lo que no hacía en ese instante parecía pesar más que cualquier otra tarea pendiente.

A lo largo de la semana, ese rostro femenino se le hizo presente en dos ocasiones más. Sin embargo, nunca en el mismo lugar. A veces la divisaba en el vestíbulo de la oficina, otras en los pasillos. No era particularmente joven ni bella, pero hablaba con una calma natural, como si supiera que no estaba diciendo nada profundo y, aun así, no le importara.

—¿Siempre pides el mismo café?—le preguntó un miércoles mientras esperaban juntos en la fila de la cafetería de la planta baja.

Parpadeó confundido, tardando algunos segundos en responder.

—Nunca me había detenido a pensarlo— contestó con sinceridad.

Esa tarde optó por modificar ligeramente su ruta habitual al regresar a casa. En lugar de pasar frente a la papelería cerrada y la frutería ya casi vacía de género, eligió pararse en una ferretería donde el encargado tarareaba algo suave de Los 40 Classic.

En las semanas siguientes incorporó leves cambios a su rutina: probó un desodorante diferente, modificó sus recorridos usuales, eligió una nueva mesa en la cafetería del trabajo. Un día, sin planearlo, se detuvo en una librería. Compró un libro de cuentos a pesar de que hacía años que no leía uno, encariñándose con la idea de retomar antiguas aficiones.

No fue un cambio feliz en un inicio. Hubo días en los que anhelaba volver a su piloto automático. Cada nueva opción le resultaba como un músculo atrofiado que intentaba ejercitar de nuevo, sintiendo cierto dolor al intentarlo. Pero al menos ahora comprendía que podía mover esas piezas de su día a día siguiendo su propio criterio.

La mujer —-se llamaba Sofía, recordaría después-— había desaparecido de su trayecto matutino habitual. Un día dejó de ver su silueta familiar cruzando la calle principal del pueblo. Miguel no lo notó de inmediato. Ya había empezado a cuestionarse las pequeñas cosas que lo rodeaban, a detenerse a observar los detalles que pasaban desapercibidos antes.

Descubrió que disfrutaba pasando tiempo a solas, explorando sus pensamientos sin prisa. Seguía realizando sus tareas diarias de forma mecánica, pero su mente ahora vagaba libre. Encontró paz en los silencios, en los momentos donde nada parecía suceder. Comprendió que a veces la calma puede ser tan reveladora como la acción.

Ya no se sentía atado a una rutina estricta. Aprendió a valorar los instantes donde simplemente existía, absorbiendo la quietud que lo envolvía. Al apagar la alarma unos minutos antes, se tomaba su tiempo para admirar cómo la luz se filtraba perezosa entre las lamas de la persiana. Cada amanecer parecía traer consigo una lección sutil sobre la belleza de lo ordinario. Y poco a poco fue tomando consciencia, hasta que un día supo por fin qué debía hacer...

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