domingo, 8 de noviembre de 2026

El bibliotecario de veneno


Al segundo amanecer de octubre, un hombre sin nombre entró en la Biblioteca Desierta de Tlön, una ruina en perpetuo mantenimiento donde los libros se devoran entre sí. No caminaba: reptaba sobre rodillas enfermas, con la mandíbula desencajada por la sífilis y un cuaderno de tapas de cuero pegado al tórax con cinta adhesiva. Decía ser bibliotecario, pero nadie recordaba haberlo contratado. Tampoco nadie recordaba el contrato mismo.

El lugar estaba lleno de polvo y huecos. El polvo era palabras muertas. Los huecos, ideas que no habían sido pensadas todavía.

Entre los anaqueles cubiertos de moho, encontró un volumen escrito en tinta viva: al abrirlo, las letras huían de la página como insectos, reptaban por la piel del lector y se refugiaban en la tráquea. El hombre sonrió con encías grises. Había leído ese libro muchas veces, cada vez distinto.

—Las ideas fijas solo existen en mentes que se descomponen lentamente —murmuró, recordando la voz de su mentor, un duplicado de William S. Burroughs conservado en formol desde el 2051 en la biblioteca basal del Instituto Borgeano de Ginebra—. Todo pensamiento repetido es una droga, y toda droga merece ser traficada.

Sacó de su mochila una jeringuilla de texto comprimido. Las palabras en su interior estaban escritas en una lengua que no podía pronunciarse sin alterar la estructura del tiempo. Las inyectó directamente en su cuello. Las letras se mezclaron con su sangre, y durante exactamente 13 minutos fue capaz de leer el futuro. No el suyo. El del autor. El de Borges. El de un Borges que jamás había existido, pero que escribía aún, en un Aleph del Bronx.

Vio entonces lo que ningún lector debía ver: el final del libro que contenía todos los libros. No una apoteosis, sino una cancelación. Una disolución absoluta del lenguaje, una prosa tan perfecta que no decía nada. Cada palabra se plegaba sobre sí misma como una proteína al envenenarse. No había personajes, ni lugares, ni tiempo: solo narradores que se escribían unos a otros, como traficantes, pasándose notas dentro de paquetes de celofán.

El hombre (el bibliotecario, el adicto, el relator de sí mismo) cayó al suelo y convulsionó. Durante los espasmos, excretó un alfabeto entero. Lo recogió, letra por letra, y lo metió en una caja de cerillas. Escribió con orina una advertencia en la pared: «Este relato ha sido infectado. Leerlo equivale a soñar con una ciudad que no quiere despertar».

La policía cultural llegó demasiado tarde. El texto se había propagado por las paredes, por las baldosas, por los dientes del recepcionista ciego. Nadie recordaba su verdadero idioma. Nadie sabía ya si estaba narrando o siendo narrado.

Solo quedó la caja de cerillas, sellada con lacre. Decía: “Burroughs tradujo a Borges, pero lo hizo con cuchillas de afeitar”.

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