Siempre llueve en Oviedo; la ciudad parece llorar desde adentro cuando las aceras brillan como ojos cansados en medio del frío invierno y el aire se impregna de un aroma entre humeante y familiar que evoca melodías inesperadas pero reconocibles para todos.
Margo camina bajo la lluvia sin paraguas mientras siente las
gotas en su piel como recuerdos lejanos de un amor olvidado en el tiempo
pasado. Tiene el cabello mojado que se pega a su cuello mientras fuma a pesar
de no ser de su agrado; como si buscara recordarse a sí misma que lo mejor de
su vida quedó atrás hace mucho tiempo. Luce una gabardina gastada que
perteneció a su madre, debajo de la cual llevaba un vestido azul marino con
cuello blanco; ese tipo de prenda que evoca fragancias de una infancia perdida.
Cuando entró en el café que frecuentaba, el “Dólar”, se
encontró rodeada de lámparas de tulipa verde y espejos antiguos que reflejan la
historia del lugar en cada grieta y mancha de los cristales opacos de tanto
uso. Una melodía suave llena el ambiente del local y se desliza por sus oídos
como un gato mojado moviéndose entre los charcos del alma en busca de descanso
y consuelo.
—“Sweet Jane”, murmura Caleb sin dirigirle la mirada desde
su rincón cerca de la ventana empañada. —
Sonriendo suavemente, ella toma asiento frente al hombre sin
solicitar autorización; haciendo algo común en los desconocidos que comparten
una conexión más allá de simples nombres o gestos cotidianos.
Caleb tiene un rostro definido y angulado y sus ojos parecen
cansados como si hubiera pasado noches sin dormir en condiciones durante años.
Tiene aspiraciones artísticas y lo demuestra dibujando en servilletas o recibos
e incluso en los sobres que encuentra en buzones ajenos. Llevaba un abrigo
manchas de óleo seco y por las muchas frases garabateadas en tinta negra sobre
este.
Margo sacó de su bolso una foto antigua, que mostraba a una
niña de aproximadamente seis años, luciendo trenzas y una sonrisita
traviesamente inclinada mientras estaba sentada en un columpio de hierro.
—“Es mi hermana,” comenta, “la única persona que realmente
me quería, se fue a Berlín y ya no llama”.
Observarla es como escuchar una canción que ya no causa
dolor pero que aún resuena en el ambiente.
—“Tal vez prefiere no regresar bajo la lluvia”, comenta él.
No es necesario decir mucho más, las palabras fluyen
suavemente entre ellos como música de fondo recordando una tarde interminable.
Las semanas parecen repetirse una y otra vez como un déjà vu
constante para Margo en la tienda de libros de segunda mano donde trabaja; un
lugar donde nadie parece comprar nada, pero todos disfrutan ojeando, con
miradas culpables, los ejemplares viejos cargados de polvo y recuerdos pasados
llenos de nostalgia y melancolía. A ella le encanta especialmente el aroma que
emana de los lomos deteriorados de los libros antiguos y la sensación al tacto
que ofrecen los márgenes manuscritos por desconocidos ya ausentes de este mundo
terrenal. De vez en cuando se permite el atrevimiento de llevarse consigo
alguna página suelta cargada de historias olvidadas para guardarla como un
valioso secreto debajo de su colchón, como si se tratara de una confesión
íntima que solo ella comprende.
Caleb vive en una buhardilla sin luz solar directa; el techo
es bajo. Toma un poco de pintura y crea retratos imaginarios de mujeres
inexistentes y de hombres que sollozan en silencio. Escribe nombres de
desconocidos y anhela recibir cartas, seguro de que nunca llegarán.
Por las tardes se encuentran en lugares diferentes cada vez;
ya sea en el parque o bajo el techo de alguna parada de autobús cercana. No
suelen hablar mucho; se dedican más bien a mirarse intensamente. Margo descansa
su cabeza en su hombro y él le relata historias inventadas especialmente para
ella; como la de caballos ciegos atravesando desiertos salados o trenes que
solo hacen paradas para pasajeros melancólicos. Además, le habla sobre ciudades
donde nunca cae ni una gota de lluvia.
Una noche, él entonó una canción para Margo; era una melodía
tenue y apagada que apenas se escuchaba como un susurro y su voz sonaba ronca
como una bufanda deshilachada al cantarla. Ella permaneció inmóvil como si el
sonido la estuviera cosiendo de nuevo en el corazón.
—¿Podrías decirme quién era esa mujer?, preguntó con
curiosidad.
Mientras Caleb encendía un cigarrillo, el aroma del asfalto
mojándose se colaba por la ventana abierta.
—Una joven en Lisboa vendía tarjetas postales en la Alfama y
sus ojos brillaban como faros apagados. Me dejó una nota dentro de una botella
que decía “No seas tan triste”.
—¿Realmente eras así?
—Sin duda.
Aquel mes de abril, Oviedo se transformaba lentamente,
mientras las flores asomaban tímidas entre los balcones envejecidos por el
tiempo. Margo encontró inspiración para componer versos en los márgenes de las
hojas de sus libros y Caleb dejaba su marca personal pintando una letra M en
cada rincón que ella recorría.
Una tarde Margo no apareció como solía hacerlo siempre y él
la esperó pacientemente hasta que cerraron el café por la noche. Caminó hasta
su tienda para encontrarla cerrada. Pasaron tres días donde la incertidumbre lo
invadió constantemente y luego siete días más que parecieron una eternidad.
Después de eso simplemente, dejó de llevar la cuenta.
La lluvia no cesaba de caer como si lo hiciera por aburrido
hábito.
Tres semanas más tarde después recibió una postal sin
remitente; solo contenía una imagen de la catedral de Berlín y en la parte
posterior escritas estas palabras cuidadosamente a mano: “El sabor de la lluvia
en este lugar me evoca tu presencia. Aunque no soy feliz, tu recuerdo me ancla
a la vida”.
Caleb clavó la postal en la pared, junto a los cuadros sin
rostro y encendió la radio.
Sweet Jane volvía a sonar como un animal herido que todavía
lucha por respirar.
Llueve constantemente aquí afuera y cada goterón que aparece
en el techo parece llevar consigo un mensaje con su nombre escrito. Y él
continúa con su arte, sin dejar de esperar. Sin embargo, ya no se hace ninguna
pregunta.
A veces la memoria es el único refugio eterno al que podemos
aferrarnos.

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Sé buena persona y por favor no castigues mis marchitas neuronas con otra escritura que no sea la respetuosa con la puntuación y la ortografía, el censor que llevo dentro te lo recompensará continuando dormido.