domingo, 29 de marzo de 2026

Carta para cuando ya no esté

No sé si esto que estoy escribiendo algún día se leerá. Puede que estas palabras queden aprisionadas entre las páginas de este cuaderno lleno de tachones, guardado entre libros que nadie abrirá. O tal vez, si sopla el viento en la dirección correcta, sean mis nietos los que las encuentren en el momento de su madurez; cuando estén en condiciones de comprender que su abuelo también fue un niño... y que también anduvo perdido.

Tengo setenta y dos años, que no sé si son muchos, pero a mí me pesan todos y cada uno de ellos. He sido varias personas. Un buen hijo, un padre amoroso, un empleado obediente, ciudadano ejemplar. Me afeitaba cada mañana e iba a una oficina donde se hablaba mucho y se decidía muy poco. Cumplía todas las peticiones de quien mandaba, aunque a menudo no las entendiera bien. Durante mucho tiempo confundí disciplina con virtud.

Cuando miro hacia atrás veo... no que haya perdido una vida, pero sí una vida en la que la vendí varias veces mis convicciones por un plato de lentejas. Fui educado, como tantos otros, para pensar que en la autoridad se encuentra una forma de sabiduría. Que aquel que está por encima es superior, lo merece más y ve más lejos. Y habiendo aprendido una idea así desde la cuna, por medio de cuentos, premios y castigos, ¿cómo voy a ser capaz de olvidarla?

Cuando yo era niño me enseñaron a no mentir, a compartir con mi prójimo lo que era mío; y, por último, a no imponerme a los demás por la fuerza. Pero cuando fui creciendo descubrí que, por el contrario, la vida del adulto se rige por estas tres cosas. Quien más miente sube más alto. Compartir es una amenaza si no viene empaquetado en un logo. Y la fuerza —ya sea física, económica o burocrática— es la ley de los que triunfan.

Recuerdo un momento (no sabría precisar cuál y cuándo) cuando comencé a vislumbrar la fisura. Tal vez cuando estaba en la empresa de logística y un grupo de nosotros empezamos a autoorganizarnos. No por rebeldía, sino por necesidad: la dirección era ineficaz, caótica y sorda. Así fue como inventamos nuestro propio sistema de trabajo: repartimos las tareas entre los que mejor podían abordarlas y en los horarios más cómodos para ellos, tomamos las decisiones en asamblea y rotábamos los turnos más duros. Organizados así, las cosas funcionaron mucho mejor.

Un día, uno de los gerentes vino a felicitarnos y creyó que algún supervisor había decidido esta forma de trabajo. Cuando le dijimos que habíamos hecho esto por nuestra cuenta, sin haber pedido permiso a nadie, se molestó. ¿Cómo es posible que a alguien le disguste el hecho de que todo funcione bien? Comprendí entonces lo esencial, el poder no busca soluciones, busca simplemente obediencia y no admite la autonomía, que amenaza su propia existencia.

Comencé a leer más libros, a cuestionar más la autoridad. Y un día descubrí a autores que no hablaban de la anarquía como el caos que uno ve en las noticias, sino como una forma muy humana de vivir. Me di cuenta de que todos los días somos anarquistas sin saberlo: la señora Juana cuida de una vecina sin pedir nada a cambio, don Pedro cocina a un enfermo, tú le enseñas a un amigo a manejar un aparato técnico. Ningún real decreto ordena que debamos practicar la solidaridad.

Pero vivimos inmersos en estructuras que nos alejan de esa verdad. Nos enseñan a doblegar nuestro juicio, a temer la libertad, a suponer que alguien siempre debe estar al mando. Pero ¿quién manda en una familia sana? Las mejores cosas que he vivido —-el amor, la amistad, la creación compartida-— ocurrieron sin contratos ni jerarquías.

Sí, hay días en que me recrimino no haberme dado cuenta antes. Pero, también sé que cada amanecer es diferente. La vida me enseñó despacio, a través de la frustración, la injusticia y, a veces, la ternura inesperada. Vi a comunidades organizarse tras un desastre mucho antes de que llegase el Estado. He visto trabajadores defender sus derechos desde abajo, con mayor generosidad que rabia. He visto a jóvenes construir huertos en solares abandonados y a jubilados enseñar oficios sin cobrar un euro.

A veces me preguntáis qué mundo deseo para vosotros. No quiero que viváis atrapados entre muros invisibles, ni que crezcáis creyendo que lo que dicta un manual es lo correcto. Quiero un mundo donde la libertad no sea una amenaza, sino algo que se cumpla. Donde el respeto no dependerá de usar un uniforme. Donde podamos organizarnos no porque nos obligan, sino porque unos confiamos en los otros.

¿Es utópico? Puede ser. Pero fue así mismo utópico volar, curar enfermedades, comunicarse con alguien al otro lado del mundo en el mismo instante en que uno habla. Las utopías son solamente los sueños que aún no hemos atrevido a tomar en serio.

Me gustaría que cuando penséis en mí, no sea como alguien que os dio respuestas, sino como alguien que aprendió a plantearse preguntas. Os dejo esta última: si fuéramos capaces de tratarnos mutuamente como tratamos a los que amamos —con paciencia, delicadeza y horizontalidad—, ¿qué clase de mundo construiríamos?

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Sé buena persona y por favor no castigues mis marchitas neuronas con otra escritura que no sea la respetuosa con la puntuación y la ortografía, el censor que llevo dentro te lo recompensará continuando dormido.