domingo, 22 de marzo de 2026

Viaje todo incluido


El vuelo salía de Barajas a las 8:45, y como buenos españoles, los Muñoz Serrano llegaron al aeropuerto a las 6:30, cargados de maletas, ilusiones y un bocadillo de lomo embutido en papel de aluminio con la precisión de una operación quirúrgica. Habían contratado un “Todo Incluido” en Cabo Verde con la agencia Paralelo Invertido y volaban en una aerolínea llamada Nieblajet, atraídos por la promesa irresistible del cartel que colgaba en el escaparate de la agencia: “NIÑOS GRATIS o con grandes dtos.”

—Esto nos viene que ni pintado, María —dijo Paco, ajustándose la riñonera—. Con lo que come el chico, lo vamos a amortizar.

—Sí, pero recuerda que tenemos que rellenar el formulario de menores para Javier y llevar su cartilla sanitaria.

Nadie reparó en el asterisco que titilaba como una luciérnaga asmática junto al reclamo. Un “*” con vocación de esfinge.

Fue en la puerta de embarque 9C, justo entre una máquina de café averiada y una familia británica disfrazada de langostinos sin hervir, donde ocurrió lo insólito. Apareció un hombre trajeado, con corbata turquesa, una carpeta y la expresión de quien vende tiempo a plazos.

—Buenos días, familia Muñoz Serrano, ¿verdad? Les traigo los niños.

—¿Cómo que los niños? —preguntó María, apretando a su hijo Javier contra la cadera como si fueran a subastarlo.

—Pues los niños gratis, claro. Un niño de 4 años, llamado Sandro, y una niña preadolescente, Saray, de 13. Tal como indica la promoción.

De la nada —o quizás del pasadizo entre el duty free y el baño de caballeros— surgieron los dos menores: Sandro, con un tambor de juguete y una pegatina en la frente que decía “Cliente Platino”, y Saray, vestida enteramente de negro, mascando chicle con ritmo de juicio final.

—Pero… ¡nosotros ya tenemos un hijo! —protestó Paco.

—Y ahora tienen tres. No se preocupe, son niños de stock, de la campaña primavera-verano. Comen poco y vienen con seguro de cancelación. Solo tienen que firmar aquí.

Ante la mirada perpleja de otros viajeros, que asentían con comprensión burocrática, la familia Muñoz Serrano firmó. Porque en este país uno firma primero y pregunta después.

La primera noche en Cabo Verde fue de adaptación. Javier se atrincheró junto al minibar, negándose a compartir habitación con “niños invasores”. Sandro intentó cazar un gecko con una pajita de coco. Saray declaró que era gótica transcendentalista y que no hablaría con nadie que no hubiera leído a Nietzsche en portugués.

A la mañana siguiente, ya en el buffet del hotel, María intentó encajar la situación con estoicismo vacacional.

—Bueno, por lo menos no pagan. Y la niña se ha comido tres flanes, eso se nota en la amortización.

Sandro desapareció a media tarde. Lo encontraron durmiendo dentro de un tambor lavadora en la lavandería del hotel, cubierto de arroz basmati. A Saray la pillaron escribiendo “LA VIDA ES UN BUFÉ DECADENTE” en los espejos del ascensor con salsa de chocolate.

—¿Y si los devolvemos? —sugirió Paco, mientras un camarero intentaba explicar que los niños, una vez entregados, no tenían devolución.

—Solo cambio por mascota o anciano dependiente —aclaró el recepcionista con tono de tratado notarial.

Al séptimo día, y tras una excursión fallida en catamarán —en la que Saray se encadenó simbólicamente al mástil “en contra del turismo patriarcal”—, los Muñoz Serrano ya eran una unidad familiar irreconocible. Javier empezaba a admirar a Saray como a una profeta de dibujos animados y Sandro había sido nombrado “niño del mes” por el equipo de animación por su habilidad para gritar “¡COCTEL GRATIS!”, cada vez que veía a un adulto somnoliento.

El último día, cuando ya creían que la pesadilla absurdamente reglada llegaba a su fin, apareció de nuevo el hombre de la corbata turquesa.

—Bueno, familia, espero que hayan disfrutado su estancia. Aquí tienen sus vales para la próxima promoción.

—¿Qué promoción?

—ABUELOS GRATIS. Les entregaremos dos jubilados seleccionados al azar de entre los viajeros del IMSERSO de este año en el momento del aterrizaje. Uno con artrosis y otro con opiniones políticas inestables. ¡Buen viaje de regreso!

Los Muñoz Serrano no respondieron. Solo asintieron. Como quien comprende, al fin, que la lógica ha dimitido y el absurdo gobierna con mayoría absoluta.

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