La lluvia resuena en lo profundo de los relojes y escucho su eco. Un sonido rojizo que no cesa de chapotear.
Mi cuerpo yace inmóvil sobre un sillón tapizado en
terciopelo gastado, que cruje cual libro mal cerrado. Él se ha ido. Partió hace
eras, o hace apenas una hora. Ya no distingo. El viento que ingresó con su
sombra aún se retuerce en las cortinas.
Cada noche, mientras los cálices de las campanas se
quebraban en la lejanía, como si los mismos dioses conocieran esta vergüenza,
este corazón hecho añicos en plato antiguo, bordé con mis uñas la palabra
“perdón” en la cara oculta del colchón. Nadie me enseñó a sangrar en
silencio. Aprendí observando a otras: la del espejo, que no soy; la del cuadro,
que ya no respira; y la del pozo, cuya voz aún pronuncia mi nombre en las
profundidades.
Me llamó esposa.
Pero luego, otras palabras.
Voces filosas, humeantes, fangosas.
Palabras inexistentes en los diccionarios, aunque sí en las
tripas.
Anoche, mientras él dormía con el cuello abierto al abismo
del sueño, me acerqué sin ruidos. Portaba la pluma de un ángel muerto. Quise
escribirle un epitafio hermoso en su espalda, algo puro, algo que justificara
mi espera. Pero no pude. Me senté a su lado y conté cada vértebra, como si
fuesen cuentas de un rosario: treinta y tres, igual que la edad de Cristo. Y
lloré por cada una. No por él, sino por mí. Pues yo, al igual que las estatuas,
también tengo grietas invisibles que me despedazan.
En este castillo de piedra húmeda, rodeado de cipreses que
se inclinan como ancianas cansadas, la primavera no ingresa. Y si lo hace, no
florece. Dejé de escuchar el canto de los ruiseñores; ahora solo me visita un
cuervo ciego, que cada mañana deja una carta en blanco.
Cuando me juró amor, lo hizo con una mano en el pecho y la
otra en el barro. Tonta yo, besé ambas. E incluso ahora, con el corazón lisiado
y la garganta henchida de gritos no nacidos, aún lo amo. O lo que queda del
amor cuando se lo deja bajo lluvia demasiado tiempo.
No me quejo más.
Solo espero.
No por él.
Sino por el día en que mi sombra deje de seguirme.
O por el día que alguien, quizá yo misma en otra vida, lea
estas líneas escritas en la pared del alma y me reconozca.
Me llamo Clara.
Pero él me llamó despreciada.
Y así me quedé.

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Sé buena persona y por favor no castigues mis marchitas neuronas con otra escritura que no sea la respetuosa con la puntuación y la ortografía, el censor que llevo dentro te lo recompensará continuando dormido.