La primera vez que escuché aquella melancólica melodía, estaba en un viejo bar del puerto de Sóller, bebiendo un agrio vi negre mientras el viento de tramuntana zarandeaba furiosamente la puerta. Aunque no entendía todas las palabras, el tono quebrado de la canción, ese lamento de un hombre deshecho tras recorrer largos caminos, me hizo comprender que la canción también hablaba de mí. Porque yo también fui un hombre aquejado por una pena constante que me perseguía a cualquier lugar. Y aunque nací en la Sa Roqueta, pasé más de la mitad de mi vida lejos de ella.
Mi verdadero nombre ya carece de importancia, pero hubo una época en la que resonaba entre los imponentes pinos de Deià. Mi madre me dio a luz en un humilde hogar de paredes blancas encaladas por donde el sol se filtraba, prometiendo una felicidad que nunca llegaba. Mi padre era carbonero, de esos hombres que dormían en el bosque mientras el denso humo de la sitja ennegrecía su ropa y su alma. Hablaba poco, pero cuando lo hacía, parecía que la propia tierra se quejaba a través de su garganta.
Tenía catorce años cuando se lo llevaron. Una mañana bajó la Guardia Civil de Ciutat y se lo llevaron sin dar ninguna explicación. Decían que había ayudado a los republicanos en la sierra, que conocía rutas secretas entre oliveras y encinares. Nunca más lo volvimos a ver. De mi madre solo quedó una encorvada silueta que hablaba con las gallinas como si fueran las hijas que nunca tuvo. Para mí quedaron el silencio y un odio sin forma que no sabía a dónde dirigir.
Cuando cumplí diecisiete años, sentía que necesitaba alejarme de la rutina de siempre e internarme en un mundo desconocido. Así que me subí a un barco solleric rumbo al puerto de Marsella, en donde comenzaría una vida errante que me transformaría lentamente en alguien irreconocible. Allí aprendí lo duro que puede resultar ganarse el pan de cada día en los muelles y fábricas, siendo solo un jovenzuelo sin nombre. En los oscuros bares de la ciudad, mis nuevos conocidos solo me llamaban “el mallorquín”, pero para mí aquella isla había quedado reducida a un vago recuerdo, tal como las canciones que tarareaba mi madre mientras remendaba ropa con dedos hábiles y paciencia infinita.
Llevaba años inmerso en esa existencia itinerante. La vida me había otorgado y arrebatado cosas de muy distinta índole. Compartí breve tiempo con una mujer de origen mixto, italiano y gitano, que me brindó su amor con la urgencia de quien sabe que todo termina. De aquel fugaz idilio quedó solo un hijo del que nunca tuve noticia. Luego vinieron los agitados años de la guerra de Argelia, los disturbios callejeros en París y aquellos empleos que envejecen al cuerpo más rápido que la propia vida.
Regresé a Mallorca en 1989, con el cabello encanecido y una solitaria maleta donde apenas cabían ya mis recuerdos. Para mi sorpresa, el aeropuerto había dejado de ser un sencillo descampado para convertirse en un hervidero de turistas con sandalias. Nadie me esperaba en la isla, pues ninguno conocía mi vuelta. Y aquello me agradó, pues podría deslizarme como un fantasma entre aquellos paisajes que en su día me vieron nacer.
Me instalé en una vieja casa cercana a Valldemossa, adquirida con los magros ahorros que me quedaban. No necesitaba lujos, solo una ventana que me permitiera contemplar el mar y un rincón tranquilo donde plasmar en letras todo aquello que no me atrevía a decir. A veces paseaba hasta Miramar, lugar en donde Ramón Llull solía dialogar con su divinidad entre acantilados. Otras, recorría perdidos senderos de la sierra en busca de viejas carboneras y cabañas de piedra seca, con la esperanza de hallar en ellas alguna pista sobre quién en su día fue mi padre.
La niebla de los años me volvió etéreo, transparente. Me acostumbré al sosiego, al distante tañer de las campanas, al crujir de la garriga seca bajo mis botas. Los veranos traían oleadas de cuerpos destellantes y lenguas extranjeras. Yo los contemplaba desde lejos, como quien avista un río cuya corriente no piensa cruzar. Solo el invierno me pertenecía. Con sus nubarrones bajos, sus vientos que susurraban en el ancestral lenguaje mallorquí y su soledad consentida.
Una noche, en una verbena en Bunyola, alguien sacó una guitarra. Interpretaban melodías que no reconocía, hasta que una voz —ronca y norteamericana— entonó Man of Constant Sorrow. Me aproximé. Era un joven, casi ya maduro, de mirada curtida por los mundos. Al finalizar, le dije: «Esa canción también es mía, aunque provenga del otro lado del mar». Él sonrió, sin comprender. Pero en su acorde final había algo que me devolvió a aquel niño que fui, al que observaba el horizonte desde los pinares de Deià y soñaba con islas aún más solitarias que esta.
Hoy, nadie recuerda quién fui. Recorro despacio, entre centenarios olivos, y a veces creo escuchar la voz de mi madre desde alguna casa abandonada. Las piedras conservan la memoria de quienes partieron. Yo la dejo aquí, entre las zarzas del camino, en el aroma de los higos caldeados, en el mecer cansino de las barcas en el Port de Valldemossa.
No busco redención. Solo reposo. El dolor ya no es un castigo, sino un eco suave que me acompaña mientras el mar tararea su canción más antigua.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Sé buena persona y por favor no castigues mis marchitas neuronas con otra escritura que no sea la respetuosa con la puntuación y la ortografía, el censor que llevo dentro te lo recompensará continuando dormido.