En la ciudad de Syntagma, donde las calles llevaban nombres de índices bursátiles y las plazas estaban pavimentadas con pantallas LED que mostraban en tiempo real el precio del alma humana, no existía mayor pecado que la inutilidad. El amor era una mala inversión, y la empatía, un pasivo intangible sin retorno.
Trevor Dellaroux no era un hombre. Era una estrategia. Un algoritmo vestido con trajes italianos, programado para detectar vulnerabilidades emocionales y convertirlas en contratos firmados. Su rostro era conocido en los corredores de Neurona Capital, la corporación que había sustituido al gobierno cinco años atrás, cuando la última presidenta intentó nacionalizar el cariño.
Heather Barron era una anomalía: hija única de Claudius Barron, magnate de BioInteligencias Aplicadas, y aún creía —con una inocencia que no era virtud, sino defecto de fabricación— que el afecto no requería factura. Había estudiado Filosofía Histórica en una universidad ya extinta por improductiva y ahora dirigía un pequeño proyecto artístico para ancianos sin valor de mercado, financiado por la caridad fiscal de su padre.
El encuentro entre ambos fue orquestado con la precisión quirúrgica de una campaña electoral. Trevor organizó una cena suspendida sobre las azoteas de Nivel 6, en un domo climatizado con atmósfera emocional personalizada. Cada plato evocaba un recuerdo de infancia cuidadosamente extraído del historial neuronal de Heather. Ella, deslumbrada, creyó haber encontrado un resquicio de humanidad en medio del desierto especulativo. No sabía que sus suspiros eran datos procesados y que su risa había sido monetizada antes de que terminara el postre.
Dos días después, el contrato entre Neurona Capital y BioInteligencias fue firmado. La cláusula oculta en la sonrisa de Trevor había funcionado: una reducción de tasas a cambio de la ilusión de reciprocidad.
Cuando Heather descubrió la verdad —a través de una transmisión pública filtrada por una emisora underground— no lloró. El llanto, en Syntagma, estaba registrado como delito menor de ineficiencia emocional. En su lugar, guardó silencio. El mismo silencio de las bibliotecas cerradas y los teatros convertidos en coworkings.
Durante semanas no habló con su padre. Pero tampoco huyó. Comprendió que en esa ciudad, el acto más radical no era la rebelión frontal, sino la persistencia de lo inútil. Comenzó a llenar las paredes exteriores de las megacorporaciones con versos anónimos proyectados en tinta fotovoltaica: “Nadie cotiza el temblor de una caricia.” “No todo lo que da frutos tiene precio.” “Amar sin ROI es el último lujo.”
Fue entonces cuando algunos empezaron a recordar lo que ya habían olvidado. Un analista financiero renunció para escribir cartas de amor a desconocidos. Una programadora quemó su algoritmo de compatibilidad comercial. Incluso un dron, reprogramado en secreto, comenzó a repartir flores marchitas con la inscripción: “Esto también fuiste tú.”
Trevor, en su despacho elevado, contemplaba las nuevas anomalías del sistema como se observa una grieta en el cristal: con desprecio, sí, pero también con temor. Porque en un mundo donde todo es transacción, el misterio de lo gratuito es una amenaza latente.
Heather no pretendía destruir el sistema. Le bastaba con desobedecerlo dulcemente.

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Sé buena persona y por favor no castigues mis marchitas neuronas con otra escritura que no sea la respetuosa con la puntuación y la ortografía, el censor que llevo dentro te lo recompensará continuando dormido.