El reloj marcaba las ocho y cuarenta y dos cuando Julián Devereaux —expublicista, amante ilustre, exmuchas cosas— entró al Café de Flore como si todavía tuviera veinte años y ninguna arruga fuera real. París lo envolvía con su acostumbrada indiferencia: ese tono gris perfecto que combina con los trajes de lino italiano y las resacas emocionales. Llevaba un abrigo de cachemir, gafas de sol a pesar de la lluvia y un ego al borde del colapso. Era jueves, el día en que se permitía recordar que una vez fue alguien.
—Un expreso, doble, sin preguntas —dijo al camarero, sin mirarlo.
Su reflejo en el cristal le devolvió la imagen de un hombre cuidadosamente desmoronado. El cabello aún teñido con disciplina prusiana, las manos esculpidas por la manicura como argumentos, y el reloj... siempre el reloj. Un Jaeger-LeCoultre de oro blanco, herencia de su padre y recordatorio constante de que el tiempo, como las mujeres, nunca le perteneció.
Julián había sido el rey de las campañas publicitarias de perfumes en los años noventa. Su especialidad: venderle a la gente la promesa de una vida que ni él mismo podía sostener. Su mayor talento no era la creatividad, sino el encanto: sabía exactamente cuánto silencio dejar entre una sonrisa y una mentira.
—Julián, eres brillante. ¿Te has planteado escribir un libro? —le dijo una vez Colette, la editora de moda que le rompió el corazón y, de paso, el ego.
—¿Y quitarle trabajo a los poetas desempleados? Jamás. —respondió él, fingiendo risa mientras se le helaban las tripas.
Desde entonces, acumuló amantes con la misma eficiencia con la que evitó la terapia. A los cincuenta y cinco, lo único constante en su vida era ese reloj y una colección de excusas tan bien diseñadas como las campañas que firmaba en su juventud.
El camarero regresó con un expreso.
—Señor, ¿algo más?
—Una segunda oportunidad. Pero dudo que esté en el menú.
El camarero se fue sin dignarse a sonreír. Julien suspiró, se quitó las gafas y observó el mundo como si le debía explicaciones. A su lado, una pareja joven discutía en susurros furiosos. Ella lloraba. Él parecía más preocupado por no arrugar su trench de Balenciaga.
—Ah, el amor en tiempos de internet —murmuró Julien, mientras recordaba a Lea, la única que estuvo cerca de hacerlo quedarse. Lea le había regalado un gato y una promesa. Él devolvió el gato y olvidó la promesa. No por crueldad, sino por hastío.
—Nunca sabes si estás huyendo de mí o de ti —le había dicho ella, sentada en su taller, con olor a pintura fresca y desesperanza.
“De ambos”, pensó entonces, pero sonrió como un idiota encantador y cambió de tema. Así había sobrevivido tantos años: desplazando la culpa con la elegancia de un bailarín borracho.
A las 9:17, llegó su cita: Thibault, un productor veinteañero que hablaba en hashtags y que pensaba que Warhol era un DJ. Julien fingió interés en su proyecto audiovisual—una mezcla de TikTok y teatro experimental—y asintió como si no estuviera a punto de llorar.
—Es que, Julien, lo que vendes tú ya no se vende. Ahora todo es emocional, disruptivo, espontáneo... ¿sabes?
—Ah, la espontaneidad planificada. El nuevo arte de fingir autenticidad. Me recuerda a mi segundo matrimonio —dijo Julien, encendiendo un cigarro sin filtro.
Thibault rio, sin entender del todo.
Cuando Thibault se marchó con promesas de colaboración y un aura de juventud insoportable, Julien se quedó mirando su reloj. Las 9:48. El mismo reloj que su padre le dio el día en que cumplió 30, tras una conversación lacónica y distante:
—Con esto, por lo menos llegarás tarde con estilo.
—Gracias, aunque tu afecto ha brillado siempre por su ausencia.
El reloj había presenciado todas sus derrotas: la campaña fallida, el amor fugaz, la paternidad postergada. Cada tic era un recordatorio elegante de su sistemática evasión.
Al salir del café, Julien se topó con un cartel que anunciaba una exposición de arte urbano titulada “La culpa es del sistema”. Sonrió con ironía. Toda su vida había culpado a otros de sus propios errores.
La culpa es de las mujeres —murmuró para sí—. Y de mi madre, que no supo abrazarme. Y de París, cuya belleza me distrajo del autoconocimiento.
La lluvia arreció. El Jaeger-LeCoultre brillaba bajo el agua como un trofeo que no le pertenecía. Y en ese instante, con la ciudad envolviéndolo en su indiferente calor, Julien pensó que quizás, solo quizás, la culpa era suya. Pero pasó un auto con una modelo riendo, y volvió a olvidarlo.
Dios, la juventud es tan bella cuando ignora su fugacidad —susurró.
Siguió caminando entre humo caro, pasos medidos y excusas cada vez más elaboradas. El reloj marcaba las 10:00. Y Julien, fiel a sí mismo, volvió a llegar tarde a la única cita que importaba: la que nunca quiso tener consigo.

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