El día que el cielo dejó de susurrar promesas, mi madre ató mi cabello con un hilo carmesí, como si al anudarlo pudiera retener lo que deseaba escapar. Me miró sin sonido, con sus ojos profundos inundados por un silencio que pesaba más que cualquier maleta. Yo tenía catorce años y ya sabía que no todas las despedidas se dicen en voz alta. Algunas se atascan en la garganta como semillas de dátil que jamás germinarán.
Nos dijeron que nos dirigíamos al norte, a la tierra prometida, como si la promesa de un nuevo lugar pudiera reemplazar el antiguo lugar. La operación llevaba un nombre sacado de un cuento: “Alfombra Mágica”. Pero en nuestro vuelo no hubo alfombras ni hechizos. Solo el rugido del avión militar y el susurro del viento colándose por las grietas de la carlinga. Mi abuela, que nunca se había alejado de Al Hudaydah, recitaba versos en voz baja. Yo apretaba contra mi pecho un pequeño cuenco de cobre, ennegrecido por los años, el único objeto que logré esconder del escrutinio de los soldados. No era valioso para nadie, salvo para mí: en él mi madre preparaba la mezcla de henna cada viernes, y aún olía, dulcemente, a hogar.
El exilio viene de muchas formas. La primera es la desvinculación, que no sucede al partir, sino al llegar. En el campamento de acogida, el polvo era diferente. No era polvo del desierto, sino polvo de la desconfianza. Nuestros rostros, curtidos por el sol del sur, no eran bienvenidos. Éramos “los oscuros”, “los primitivos”, “los de allá”. Nadie preguntaba por nuestras canciones, por nuestros bailes, por la poesía que mi padre recitaba bajo las estrellas mientras el café burbujeaba sobre la hoguera. Aquí, todo debía olvidarse rápidamente. Lo llamaban integración. Yo lo llamaba desaparición.
Pero no todo está perdido. Algunas cosas arden por dentro, tercamente. Aprendí a cantar en hebreo, sí, pero cuando estoy sola, dejo que mis palabras fluyan en árabe yemení, mi lengua, que resbala por mi garganta como miel espesa. En mi voz viven las mujeres de mi línea familiar: mi madre que nunca se acostumbró al pan sin za'atar, mi tía que bordaba vestidos con el mapa de nuestra historia, mi hermana que lloraba por las noches sin decir por qué. Mi canto es memoria. Mi canto es resistencia.
A veces sueño con el granado del patio de mi infancia. En el sueño, regreso a casa y nadie me ha olvidado. Ni los muros de barro, ni las alfombras que crujen bajo mis pies, ni el gallo viejo que canta antes que el amanecer. Me despierto con los ojos húmedos, pero sin tristeza. He aprendido que la nostalgia no es debilidad, sino raíz.
Ahora soy madre. A mi hija le canto “Hana Mash Hu Al Yaman” para dormir. Ella no entiende las palabras, pero las memoriza. Yo le enseño que en esa canción vive nuestra historia. Que aunque nos quitaron la tierra, no pudieron arrebatarme el nombre. Que ser de Yemen es llevar un país tatuado en la voz.
Porque las palmeras no saben de exilios. Siguen creciendo, erguidas, incluso cuando el viento cambia. Y yo, como ellas, aún me inclino hacia el sol de un lugar que ya no existe, pero que nunca se ha ido.
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Sé buena persona y por favor no castigues mis marchitas neuronas con otra escritura que no sea la respetuosa con la puntuación y la ortografía, el censor que llevo dentro te lo recompensará continuando dormido.