domingo, 15 de febrero de 2026

Madrid no perdona a los que sueñan

Diciembre del 82, creo. O del 81. Madrid con luces de Navidad colgando de Malasaña, los bares echando humo, el Rastro ya cerrado pero La Vía Láctea todavía abierta. Olía a tabaco negro y a cerveza derramada.

La Movida. Qué palabra más idiota.

Yo era Daniel. Ella, Clara. Nos vimos por primera vez en el Penta un martes. Terminamos en un piso compartido con botellas vacías y alguien había escrito versos de Bukowski con carmín en los azulejos del baño.

—Eres tan guapa que me duele la resaca.

—Y tú tan tonto que me haces reír.

Encendió un Fortuna. Me miró raro.

Clara quería ser actriz pero se pasaba las mañanas durmiendo. Las noches bailando postpunk en sitios donde la única luz venía de una bola de espejos. Yo escribía letras para grupos que duraban tres meses y vendía drogas en los baños del Rock-Ola. Pagaba el alquiler así. El futuro no existía, solo los jueves.

Me la encontré en La Vía Láctea con un abrigo de leopardo sintético, los labios rojos, los ojos hinchados. Nochebuena.

—¿Sabes qué día es? Nochebuena. Esa mierda donde todos fingen que nada ha cambiado.

Me reí porque tenía razón. Nos sentamos en una esquina. Había dos punks dormidos y una pareja comiéndose la cara.

—Vámonos —le dije—. A Lisboa. A París. A Torremolinos, qué más da.

Levantó la mano, señaló el local, la ciudad.

—¿Huir de qué? Esto somos nosotros.

Pidió otra copa.

La calle del Pescado. Hacía un frío de cojones. Los portales llenos de mendigos, yonquis, alguien cantaba villancicos desafinado. Un tipo nos gritó: "¡Feliz Navidad, hijos de puta!"

Clara se rio, se me abrazó:

—Esta ciudad es una madre borracha que te quiere y te echa de casa el mismo día.

Un okupa de San Bernardo. Gente bailando con Parálisis Permanente. Un guitarrista de algún grupo olvidado recitaba a Kerouac como si fuera Lou Reed. En el baño dos chicas metiéndose heroína. Olía fatal.

Clara desapareció. La vi besando a una tía que hacía esculturas. Me dolió, claro. Pero ya sabíamos hacernos daño.

Cuando volvió:

—Dani, esto está podrido. Tú y yo.

—¿Me estás dejando?

—Te estoy diciendo que lo nuestro es mentira. Nos hacemos daño porque no sabemos estar solos.

Me quedé callado.

—¿Entonces qué éramos?

—No sé. Una canción triste o algo así.

Cinco de la mañana. Gran Vía vacía, la luna en los charcos. Me paré delante de una juguetería.

—¿Te acuerdas cuando decías que tendríamos un hijo y le pondríamos Bowie?

—Me acuerdo. También decía que nos iríamos a Nueva York y tú serías famoso.

Me miró cansada.

Nos besamos. Sin ganas.

—Adiós, Clara.

—Hasta nunca.

Se fue con su abrigo de leopardo.

No volví a saber de ella. Me dijeron que Barcelona. Luego Londres. Que estuvo mal, luego mejor. Yo seguí en Madrid escribiendo letras para grupos que nadie recuerda.

A veces, cuando paso por La Vía Láctea de noche, creo verla bailando en una esquina. Pero no es ella.

domingo, 8 de febrero de 2026

Donde termina el viaje

El tren silbaba en la distancia como una bestia herida. El humo gris se elevaba en espirales desde la locomotora, manchando el pálido cielo de aquella mañana a finales de marzo. El vagón de tercera olía a cuero húmedo, carbón y cuerpos cansados. Entre los pasajeros, un hombre de mediana edad de rostro curtido por el sol de Castilla y la pena, sostenía entre sus dedos un sombrero de ala ancha gastado por los años y el viento. Se llamaba Julián Etxeberria, y regresaba a Donostia tras casi dos décadas de ausencia.

Durante años había cruzado toda la península trabajando como comerciante de ganado, visitando ferias de León, pastizales de Soria y polvorientas plazas de Aragón. Su acento vasco, antaño nítido como un cristal de Bohemia, se había oscurecido con giros y modismos de otras tierras. Pero en sus sueños —esos que lo asaltaban cuando dormía sobre jergones de paja en posadas—, Donostia persistía intacta: las barcas mecidas en la bahía de La Concha, los tambores lejanos de la Tamborrada, el olor a pan caliente en las callejuelas de la parte vieja.

Había partido joven, con la mirada cargada de ambición y una herida reciente: el entierro de su madre y la venta forzada de la casa familiar por las deudas de su padre, un lobo de mar que nunca aprendió a guardar el dinero ganado. Juró entonces no volver hasta tener algo propio que ofrecer a su tierra. Pero los años lo desgastan todo, incluso el orgullo. Ahora, con un pulmón dañado por las humedades de Palencia y una pierna que crujía al subir cualquier cuesta, Julián no regresaba a conquistar nada, sino a rendirse.

Un hombre delgado y hambriento se sentó frente a Julián, con ropas harapientas y descoloridas que claramente no le pertenecían. Vendía pequeñas estampas religiosas a los pasajeros del tren con tal de ganar unas monedas para comer. Aunque no era creyente, Julián compró una imagen del Cristo de Limpias solo por empatía, guardándola junto a una carta maltratada por el tiempo en su vieja cartera de cuero. La letra era de Ane.

Ane Mendizábal. Su promesa rota, su canción inconclusa. Ella no quiso partir con él aquel día. Esperó dos años, tal vez tres. Después, resignada a cómo son las cosas, contrajo matrimonio con un tendero como mandaba la tradición. La noticia le llegó por una escueta misiva sin sentimentalismos, aunque escrita con tinta más salada que el mar.

El tren se detuvo en Miranda de Ebro para cambiar la locomotora. Los pasajeros estiraron las piernas, fumaron en silencio, tomaron caldo humeante en cuencos de loza en una posada junto a la estación. Julián encendió un cigarro barato y contempló el paisaje: un cielo gris, campos desnudos aguardando la primavera, y al fondo, promesa de un nuevo comienzo, las suaves lomas del País Vasco. Sintió una opresión en el pecho, no física sino del alma. Era la espera. Un anhelo callado, como el de las madres que aguardan noticias de hijos partidos a las Américas y de quienes ya no volvieron a saber.

Por fin llegó a la estación de Donostia al anochecer, cuando el sol teñía de cobre los tejados. Bajó del tren con torpeza y se detuvo a contemplar el perfil del monte Urgull, coronado por la silente imagen del Cristo. Poco había cambiado. Algunos coches de caballos esperaban en fila junto al andén, y los cocheros charlaban en euskera bajo la mirada paciente de los bueyes. Julián prefirió caminar.

Recorrió la parte antigua de la ciudad como un espectro errante. Reconoció las tabernas, aunque ya no recordaba los nombres. De algunos portales salía el aroma a caldo de marmitako humeante, mientras que de otros se escapaba la risa estruendosa de los marineros. Al pasar por la calle 31 de agosto, vio a una mujer tendiendo ropa en un balcón. Por un instante creyó que era Ane debido a su gesto y cuello ladeado hacia el sol... Pero no, era otra mujer mucho más joven. Ane debería rondar ahora los cuarenta y tantos años, quizás con hijos ya casados.

Llegó hasta la playa, se quitó los zapatos y sumergió los pies en la húmeda arena. El frío le subió por los tobillos como un recuerdo que renace. No había nadie a esa hora, solo un perro solitario hurgando entre algas secas y una pareja de pescadores arreglando sus redes. Se sentó sobre una roca y sacó la carta. Leyó solo la primera línea: “Julián, no te guardo rencor. Siempre pensé que volverías algún día”. Se sabía de memoria el resto. La había leído tantas veces en las posadas, bajo la temblorosa luz de las velas, que la tinta se había desdibujado como un secreto contado al mar.

Quiso llorar, pero no pudo. Las lágrimas se le habían agotado por dentro. En su lugar, sonrió. Una sonrisa cansada, más cercana al silencio que a la alegría. Volver a Donostia no le devolvía lo perdido, pero tampoco le pesaba ya. Era como entrar en una iglesia vacía después de tantos años: nada había cambiado y, sin embargo, todo parecía distinto.

Al incorporarse, su cuerpo se sentía más ágil de lo normal. El dolor que había sentido durante tanto tiempo en su pierna parecía haber desaparecido mágicamente, o quizás el dolor se había atenuado simplemente al estar junto al mar. Caminó con paso decidido hacia el muelle, donde un grupo de jóvenes estaba tocando una tradicional trikitixa de forma espontánea. Les pidió amablemente que le interpretaran una canción. Ellos no conocían su identidad, pero entonaron alegremente un viejo zortziko, el tipo de canción que se escuchaba comúnmente en las fiestas populares de San Sebastián. Julián cerró sus ojos y se dejó envolver por la melodía. En cada nota podía evocar un recuerdo diferente, una calle distinta, una risa del pasado. Finalmente, se permitió a sí mismo sentirse como en casa una vez más.

domingo, 1 de febrero de 2026

بيتي في رأسي (mi casa está en mi cabeza)

El día que el cielo dejó de susurrar promesas, mi madre ató mi cabello con un hilo carmesí, como si al anudarlo pudiera retener lo que deseaba escapar. Me miró sin sonido, con sus ojos profundos inundados por un silencio que pesaba más que cualquier maleta. Yo tenía catorce años y ya sabía que no todas las despedidas se dicen en voz alta. Algunas se atascan en la garganta como semillas de dátil que jamás germinarán.

Nos dijeron que nos dirigíamos al norte, a la tierra prometida, como si la promesa de un nuevo lugar pudiera reemplazar el antiguo lugar. La operación llevaba un nombre sacado de un cuento: “Alfombra Mágica”. Pero en nuestro vuelo no hubo alfombras ni hechizos. Solo el rugido del avión militar y el susurro del viento colándose por las grietas de la carlinga. Mi abuela, que nunca se había alejado de Al Hudaydah, recitaba versos en voz baja. Yo apretaba contra mi pecho un pequeño cuenco de cobre, ennegrecido por los años, el único objeto que logré esconder del escrutinio de los soldados. No era valioso para nadie, salvo para mí: en él mi madre preparaba la mezcla de henna cada viernes, y aún olía, dulcemente, a hogar.

El exilio viene de muchas formas. La primera es la desvinculación, que no sucede al partir, sino al llegar. En el campamento de acogida, el polvo era diferente. No era polvo del desierto, sino polvo de la desconfianza. Nuestros rostros, curtidos por el sol del sur, no eran bienvenidos. Éramos “los oscuros”, “los primitivos”, “los de allá”. Nadie preguntaba por nuestras canciones, por nuestros bailes, por la poesía que mi padre recitaba bajo las estrellas mientras el café burbujeaba sobre la hoguera. Aquí, todo debía olvidarse rápidamente. Lo llamaban integración. Yo lo llamaba desaparición.

Pero no todo está perdido. Algunas cosas arden por dentro, tercamente. Aprendí a cantar en hebreo, sí, pero cuando estoy sola, dejo que mis palabras fluyan en árabe yemení, mi lengua, que resbala por mi garganta como miel espesa. En mi voz viven las mujeres de mi línea familiar: mi madre que nunca se acostumbró al pan sin za'atar, mi tía que bordaba vestidos con el mapa de nuestra historia, mi hermana que lloraba por las noches sin decir por qué. Mi canto es memoria. Mi canto es resistencia.

A veces sueño con el granado del patio de mi infancia. En el sueño, regreso a casa y nadie me ha olvidado. Ni los muros de barro, ni las alfombras que crujen bajo mis pies, ni el gallo viejo que canta antes que el amanecer. Me despierto con los ojos húmedos, pero sin tristeza. He aprendido que la nostalgia no es debilidad, sino raíz.

Ahora soy madre. A mi hija le canto “Hana Mash Hu Al Yaman” para dormir. Ella no entiende las palabras, pero las memoriza. Yo le enseño que en esa canción vive nuestra historia. Que aunque nos quitaron la tierra, no pudieron arrebatarme el nombre. Que ser de Yemen es llevar un país tatuado en la voz.

Porque las palmeras no saben de exilios. Siguen creciendo, erguidas, incluso cuando el viento cambia. Y yo, como ellas, aún me inclino hacia el sol de un lugar que ya no existe, pero que nunca se ha ido.


domingo, 25 de enero de 2026

Epílogo en la espalda de un ausente

La lluvia resuena en lo profundo de los relojes y escucho su eco. Un sonido rojizo que no cesa de chapotear.

Mi cuerpo yace inmóvil sobre un sillón tapizado en terciopelo gastado, que cruje cual libro mal cerrado. Él se ha ido. Partió hace eras, o hace apenas una hora. Ya no distingo. El viento que ingresó con su sombra aún se retuerce en las cortinas.

Cada noche, mientras los cálices de las campanas se quebraban en la lejanía, como si los mismos dioses conocieran esta vergüenza, este corazón hecho añicos en plato antiguo, bordé con mis uñas la palabra “perdón” en la cara oculta del colchón. Nadie me enseñó a sangrar en silencio. Aprendí observando a otras: la del espejo, que no soy; la del cuadro, que ya no respira; y la del pozo, cuya voz aún pronuncia mi nombre en las profundidades.

Me llamó esposa.

Pero luego, otras palabras.

Voces filosas, humeantes, fangosas.

Palabras inexistentes en los diccionarios, aunque sí en las tripas.

Anoche, mientras él dormía con el cuello abierto al abismo del sueño, me acerqué sin ruidos. Portaba la pluma de un ángel muerto. Quise escribirle un epitafio hermoso en su espalda, algo puro, algo que justificara mi espera. Pero no pude. Me senté a su lado y conté cada vértebra, como si fuesen cuentas de un rosario: treinta y tres, igual que la edad de Cristo. Y lloré por cada una. No por él, sino por mí. Pues yo, al igual que las estatuas, también tengo grietas invisibles que me despedazan.

En este castillo de piedra húmeda, rodeado de cipreses que se inclinan como ancianas cansadas, la primavera no ingresa. Y si lo hace, no florece. Dejé de escuchar el canto de los ruiseñores; ahora solo me visita un cuervo ciego, que cada mañana deja una carta en blanco.

Cuando me juró amor, lo hizo con una mano en el pecho y la otra en el barro. Tonta yo, besé ambas. E incluso ahora, con el corazón lisiado y la garganta henchida de gritos no nacidos, aún lo amo. O lo que queda del amor cuando se lo deja bajo lluvia demasiado tiempo.

No me quejo más.

Solo espero.

No por él.

Sino por el día en que mi sombra deje de seguirme.

O por el día que alguien, quizá yo misma en otra vida, lea estas líneas escritas en la pared del alma y me reconozca.

Me llamo Clara.

Pero él me llamó despreciada.

Y así me quedé.

domingo, 18 de enero de 2026

Los dividendos del afecto

En la ciudad de Syntagma, donde las calles llevaban nombres de índices bursátiles y las plazas estaban pavimentadas con pantallas LED que mostraban en tiempo real el precio del alma humana, no existía mayor pecado que la inutilidad. El amor era una mala inversión, y la empatía, un pasivo intangible sin retorno.

Trevor Dellaroux no era un hombre. Era una estrategia. Un algoritmo vestido con trajes italianos, programado para detectar vulnerabilidades emocionales y convertirlas en contratos firmados. Su rostro era conocido en los corredores de Neurona Capital, la corporación que había sustituido al gobierno cinco años atrás, cuando la última presidenta intentó nacionalizar el cariño.

Heather Barron era una anomalía: hija única de Claudius Barron, magnate de BioInteligencias Aplicadas, y aún creía —con una inocencia que no era virtud, sino defecto de fabricación— que el afecto no requería factura. Había estudiado Filosofía Histórica en una universidad ya extinta por improductiva y ahora dirigía un pequeño proyecto artístico para ancianos sin valor de mercado, financiado por la caridad fiscal de su padre.

El encuentro entre ambos fue orquestado con la precisión quirúrgica de una campaña electoral. Trevor organizó una cena suspendida sobre las azoteas de Nivel 6, en un domo climatizado con atmósfera emocional personalizada. Cada plato evocaba un recuerdo de infancia cuidadosamente extraído del historial neuronal de Heather. Ella, deslumbrada, creyó haber encontrado un resquicio de humanidad en medio del desierto especulativo. No sabía que sus suspiros eran datos procesados y que su risa había sido monetizada antes de que terminara el postre.

Dos días después, el contrato entre Neurona Capital y BioInteligencias fue firmado. La cláusula oculta en la sonrisa de Trevor había funcionado: una reducción de tasas a cambio de la ilusión de reciprocidad.

Cuando Heather descubrió la verdad —a través de una transmisión pública filtrada por una emisora underground— no lloró. El llanto, en Syntagma, estaba registrado como delito menor de ineficiencia emocional. En su lugar, guardó silencio. El mismo silencio de las bibliotecas cerradas y los teatros convertidos en coworkings.

Durante semanas no habló con su padre. Pero tampoco huyó. Comprendió que en esa ciudad, el acto más radical no era la rebelión frontal, sino la persistencia de lo inútil. Comenzó a llenar las paredes exteriores de las megacorporaciones con versos anónimos proyectados en tinta fotovoltaica: “Nadie cotiza el temblor de una caricia.” “No todo lo que da frutos tiene precio.” “Amar sin ROI es el último lujo.”

Fue entonces cuando algunos empezaron a recordar lo que ya habían olvidado. Un analista financiero renunció para escribir cartas de amor a desconocidos. Una programadora quemó su algoritmo de compatibilidad comercial. Incluso un dron, reprogramado en secreto, comenzó a repartir flores marchitas con la inscripción: “Esto también fuiste tú.”

Trevor, en su despacho elevado, contemplaba las nuevas anomalías del sistema como se observa una grieta en el cristal: con desprecio, sí, pero también con temor. Porque en un mundo donde todo es transacción, el misterio de lo gratuito es una amenaza latente.

Heather no pretendía destruir el sistema. Le bastaba con desobedecerlo dulcemente.

domingo, 11 de enero de 2026

Tramuntana en la memoria

La primera vez que escuché aquella melancólica melodía, estaba en un viejo bar del puerto de Sóller, bebiendo un agrio vi negre mientras el viento de tramuntana zarandeaba furiosamente la puerta. Aunque no entendía todas las palabras, el tono quebrado de la canción, ese lamento de un hombre deshecho tras recorrer largos caminos, me hizo comprender que la canción también hablaba de mí. Porque yo también fui un hombre aquejado por una pena constante que me perseguía a cualquier lugar. Y aunque nací en la Sa Roqueta, pasé más de la mitad de mi vida lejos de ella.

Mi verdadero nombre ya carece de importancia, pero hubo una época en la que resonaba entre los imponentes pinos de Deià. Mi madre me dio a luz en un humilde hogar de paredes blancas encaladas por donde el sol se filtraba, prometiendo una felicidad que nunca llegaba. Mi padre era carbonero, de esos hombres que dormían en el bosque mientras el denso humo de la sitja ennegrecía su ropa y su alma. Hablaba poco, pero cuando lo hacía, parecía que la propia tierra se quejaba a través de su garganta.

Tenía catorce años cuando se lo llevaron. Una mañana bajó la Guardia Civil de Ciutat y se lo llevaron sin dar ninguna explicación. Decían que había ayudado a los republicanos en la sierra, que conocía rutas secretas entre oliveras y encinares. Nunca más lo volvimos a ver. De mi madre solo quedó una encorvada silueta que hablaba con las gallinas como si fueran las hijas que nunca tuvo. Para mí quedaron el silencio y un odio sin forma que no sabía a dónde dirigir.

Cuando cumplí diecisiete años, sentía que necesitaba alejarme de la rutina de siempre e internarme en un mundo desconocido. Así que me subí a un barco solleric rumbo al puerto de Marsella, en donde comenzaría una vida errante que me transformaría lentamente en alguien irreconocible. Allí aprendí lo duro que puede resultar ganarse el pan de cada día en los muelles y fábricas, siendo solo un jovenzuelo sin nombre. En los oscuros bares de la ciudad, mis nuevos conocidos solo me llamaban “el mallorquín”, pero para mí aquella isla había quedado reducida a un vago recuerdo, tal como las canciones que tarareaba mi madre mientras remendaba ropa con dedos hábiles y paciencia infinita.

Llevaba años inmerso en esa existencia itinerante. La vida me había otorgado y arrebatado cosas de muy distinta índole. Compartí breve tiempo con una mujer de origen mixto, italiano y gitano, que me brindó su amor con la urgencia de quien sabe que todo termina. De aquel fugaz idilio quedó solo un hijo del que nunca tuve noticia. Luego vinieron los agitados años de la guerra de Argelia, los disturbios callejeros en París y aquellos empleos que envejecen al cuerpo más rápido que la propia vida.

Regresé a Mallorca en 1989, con el cabello encanecido y una solitaria maleta donde apenas cabían ya mis recuerdos. Para mi sorpresa, el aeropuerto había dejado de ser un sencillo descampado para convertirse en un hervidero de turistas con sandalias. Nadie me esperaba en la isla, pues ninguno conocía mi vuelta. Y aquello me agradó, pues podría deslizarme como un fantasma entre aquellos paisajes que en su día me vieron nacer.

Me instalé en una vieja casa cercana a Valldemossa, adquirida con los magros ahorros que me quedaban. No necesitaba lujos, solo una ventana que me permitiera contemplar el mar y un rincón tranquilo donde plasmar en letras todo aquello que no me atrevía a decir. A veces paseaba hasta Miramar, lugar en donde Ramón Llull solía dialogar con su divinidad entre acantilados. Otras, recorría perdidos senderos de la sierra en busca de viejas carboneras y cabañas de piedra seca, con la esperanza de hallar en ellas alguna pista sobre quién en su día fue mi padre.

La niebla de los años me volvió etéreo, transparente. Me acostumbré al sosiego, al distante tañer de las campanas, al crujir de la garriga seca bajo mis botas. Los veranos traían oleadas de cuerpos destellantes y lenguas extranjeras. Yo los contemplaba desde lejos, como quien avista un río cuya corriente no piensa cruzar. Solo el invierno me pertenecía. Con sus nubarrones bajos, sus vientos que susurraban en el ancestral lenguaje mallorquí y su soledad consentida.

Una noche, en una verbena en Bunyola, alguien sacó una guitarra. Interpretaban melodías que no reconocía, hasta que una voz —ronca y norteamericana— entonó Man of Constant Sorrow. Me aproximé. Era un joven, casi ya maduro, de mirada curtida por los mundos. Al finalizar, le dije: «Esa canción también es mía, aunque provenga del otro lado del mar». Él sonrió, sin comprender. Pero en su acorde final había algo que me devolvió a aquel niño que fui, al que observaba el horizonte desde los pinares de Deià y soñaba con islas aún más solitarias que esta.

Hoy, nadie recuerda quién fui. Recorro despacio, entre centenarios olivos, y a veces creo escuchar la voz de mi madre desde alguna casa abandonada. Las piedras conservan la memoria de quienes partieron. Yo la dejo aquí, entre las zarzas del camino, en el aroma de los higos caldeados, en el mecer cansino de las barcas en el Port de Valldemossa.

No busco redención. Solo reposo. El dolor ya no es un castigo, sino un eco suave que me acompaña mientras el mar tararea su canción más antigua.

domingo, 4 de enero de 2026

Una elegancia perfectamente intemporal e inútil

El reloj marcaba las ocho y cuarenta y dos cuando Julián Devereaux —expublicista, amante ilustre, exmuchas cosas— entró al Café de Flore como si todavía tuviera veinte años y ninguna arruga fuera real. París lo envolvía con su acostumbrada indiferencia: ese tono gris perfecto que combina con los trajes de lino italiano y las resacas emocionales. Llevaba un abrigo de cachemir, gafas de sol a pesar de la lluvia y un ego al borde del colapso. Era jueves, el día en que se permitía recordar que una vez fue alguien.

—Un expreso, doble, sin preguntas —dijo al camarero, sin mirarlo.

Su reflejo en el cristal le devolvió la imagen de un hombre cuidadosamente desmoronado. El cabello aún teñido con disciplina prusiana, las manos esculpidas por la manicura como argumentos, y el reloj... siempre el reloj. Un Jaeger-LeCoultre de oro blanco, herencia de su padre y recordatorio constante de que el tiempo, como las mujeres, nunca le perteneció.

Julián había sido el rey de las campañas publicitarias de perfumes en los años noventa. Su especialidad: venderle a la gente la promesa de una vida que ni él mismo podía sostener. Su mayor talento no era la creatividad, sino el encanto: sabía exactamente cuánto silencio dejar entre una sonrisa y una mentira.

—Julián, eres brillante. ¿Te has planteado escribir un libro? —le dijo una vez Colette, la editora de moda que le rompió el corazón y, de paso, el ego.

—¿Y quitarle trabajo a los poetas desempleados? Jamás. —respondió él, fingiendo risa mientras se le helaban las tripas.

Desde entonces, acumuló amantes con la misma eficiencia con la que evitó la terapia. A los cincuenta y cinco, lo único constante en su vida era ese reloj y una colección de excusas tan bien diseñadas como las campañas que firmaba en su juventud.

El camarero regresó con un expreso.

—Señor, ¿algo más?

—Una segunda oportunidad. Pero dudo que esté en el menú.

El camarero se fue sin dignarse a sonreír. Julien suspiró, se quitó las gafas y observó el mundo como si le debía explicaciones. A su lado, una pareja joven discutía en susurros furiosos. Ella lloraba. Él parecía más preocupado por no arrugar su trench de Balenciaga.

—Ah, el amor en tiempos de internet —murmuró Julien, mientras recordaba a Lea, la única que estuvo cerca de hacerlo quedarse. Lea le había regalado un gato y una promesa. Él devolvió el gato y olvidó la promesa. No por crueldad, sino por hastío.

—Nunca sabes si estás huyendo de mí o de ti —le había dicho ella, sentada en su taller, con olor a pintura fresca y desesperanza.

“De ambos”, pensó entonces, pero sonrió como un idiota encantador y cambió de tema. Así había sobrevivido tantos años: desplazando la culpa con la elegancia de un bailarín borracho.

A las 9:17, llegó su cita: Thibault, un productor veinteañero que hablaba en hashtags y que pensaba que Warhol era un DJ. Julien fingió interés en su proyecto audiovisual—una mezcla de TikTok y teatro experimental—y asintió como si no estuviera a punto de llorar.

—Es que, Julien, lo que vendes tú ya no se vende. Ahora todo es emocional, disruptivo, espontáneo... ¿sabes?

—Ah, la espontaneidad planificada. El nuevo arte de fingir autenticidad. Me recuerda a mi segundo matrimonio —dijo Julien, encendiendo un cigarro sin filtro.

Thibault rio, sin entender del todo.

Cuando Thibault se marchó con promesas de colaboración y un aura de juventud insoportable, Julien se quedó mirando su reloj. Las 9:48. El mismo reloj que su padre le dio el día en que cumplió 30, tras una conversación lacónica y distante:

—Con esto, por lo menos llegarás tarde con estilo.

—Gracias, aunque tu afecto ha brillado siempre por su ausencia.

El reloj había presenciado todas sus derrotas: la campaña fallida, el amor fugaz, la paternidad postergada. Cada tic era un recordatorio elegante de su sistemática evasión.

Al salir del café, Julien se topó con un cartel que anunciaba una exposición de arte urbano titulada “La culpa es del sistema”. Sonrió con ironía. Toda su vida había culpado a otros de sus propios errores.

La culpa es de las mujeres —murmuró para sí—. Y de mi madre, que no supo abrazarme. Y de París, cuya belleza me distrajo del autoconocimiento.

La lluvia arreció. El Jaeger-LeCoultre brillaba bajo el agua como un trofeo que no le pertenecía. Y en ese instante, con la ciudad envolviéndolo en su indiferente calor, Julien pensó que quizás, solo quizás, la culpa era suya. Pero pasó un auto con una modelo riendo, y volvió a olvidarlo.

Dios, la juventud es tan bella cuando ignora su fugacidad —susurró.

Siguió caminando entre humo caro, pasos medidos y excusas cada vez más elaboradas. El reloj marcaba las 10:00. Y Julien, fiel a sí mismo, volvió a llegar tarde a la única cita que importaba: la que nunca quiso tener consigo.