domingo, 28 de diciembre de 2025

El telescopio en la colina

  

Durante siglos, la aldea de Caelum había permanecido como un remanso de tradición en medio de un océano de ignorancia. Allí, entre templos de piedra y rituales transmitidos durante generaciones, se rendía culto a las fuerzas invisibles que, decían, regían el destino de los humanos. Los ancianos hablaban de dioses que lanzaban rayos en los días de tormenta y espíritus que enfermaban a los niños cuando la luna menguaba. La vida era un tablero de caprichos, y la supervivencia, un juego de obediencia y temor.

Sin embargo, algo había cambiado en los últimos años. Un hombre, Elías Vargas, había llegado desde las tierras del sur. No traía talismanes ni promesas de salvación. No, traía un telescopio que instaló en la cima de la colina más alta, justo donde los lugareños colocaban ofrendas para calmar la ira del dios del cielo. Al principio se rieron de él, luego le temieron. Pero Elías, con una paciencia inconmensurable, comenzó a mostrarles algo que nunca antes habían visto: las lunas de Júpiter bailando a su alrededor, obedientes a un orden que ningún hechicero había invocado.

Aquella noche el cielo estaba despejado, como si el firmamento mismo hubiese decidido escuchar. Elías hablaba ante un círculo de aldeanos, la mayoría ancianos, los más jóvenes escondidos detrás de ellos, observaban con desconfianza.

—No necesito que creáis en mí —dijo Elías, con una voz que era suave pero firme como el acero templado—. Sólo os pido que observéis. Que miréis con vuestros propios ojos.

Elevó su mano, como si captara la atención del universo entero, y señaló el telescopio.

—Lo que veréis ahí no ni es magia ni son los caprichos de un dios. Son lunas orbitando un planeta, siguiendo leyes que podemos comprender, porque esas leyes no cambian. No se ofenden ni exigen sacrificios o plegarias.

Un murmullo recorrió a la multitud. Un anciano, con el rostro moldeado por el viento y el tiempo, fue el primero en acercarse. Puso el ojo en el visor. Su cuerpo tembló. No por miedo, sino por la súbita revelación de que el universo era, después de todo, un lugar ordenado.

Sin embargo, la verdadera prueba llegó semanas después.

Un temblor sacudió la tierra. Las casas de adobe crujieron como huesos bajo un peso antiguo. Un alud sepultó el río. Los aldeanos corrieron hacia los altares, desgarrando sus vestimentas, clamando por misericordia a los dioses que siempre los habían ignorado. La desesperación es el alimento de la superstición.

Pero Elías no se unió a ellos. En vez de eso, organizó a los más jóvenes, los que aún conservaban el brillo de la duda en sus ojos. Les enseñó a buscar grietas en el suelo, a construir rampas para desviar los escombros, a encontrar agua subterránea donde antes sólo veían roca.

—No es un castigo, es geología —les dijo mientras sus manos cavaban con el ímpetu de quien cree en el mañana—. La tierra se mueve porque así funciona este mundo. Es peligrosa, sí, pero no está viva ni odia. Si comprendemos sus reglas, podemos protegernos de su inconsciente furia desatada.

Los supervivientes no rezaron esa noche. Trabajaron. Y cuando finalmente descansaron bajo el cielo frío, uno de los muchachos preguntó:

—¿Cómo puedes estar tan seguro de que no hay magia en las estrellas, maestro Elías? —preguntó el estudiante con curiosidad—. ¿Cómo sabemos que todo tiene una explicación científica?

Elías sonrió sabiendo que esta pregunta llegaría eventualmente. —Nadie puede afirmar con absoluta certeza que no existe la magia— respondió —pero hasta ahora, todo lo que hemos observado en el cielo y en la tierra tiene causas naturales que podemos investigar y comprender a través de la observación y el experimento. Si algún día encontramos algo que se sale de nuestra comprensión actual, no lo llamaremos milagro sino misterio, un rompecabezas que nos falta resolver. Confía en que a través del estudio perseverante descubriremos las leyes que rigen el universo.

El joven estudiante contempló el firmamento de una nueva manera, viendo en él no dioses ni demonios sino un vasto campo de conocimiento por explorar.

Con el tiempo, la ciudad cambió su perspectiva. Donde antes había rituales ahora había laboratorios. Los libros de astrología fueron reemplazados por tratados de física celeste. En la plaza principal que alguna vez alojó hogueras piadosas, los pobladores se reunían ahora para discutir nuevas teorías sobre la formación de la Tierra.

Elías envejeció presenciando aquella transformación pacífica del saber. Aunque no alcanzó a ver todos los descubrimientos venideros, supo que había ayudado a encaminar a su pueblo hacia un camino de progreso guiado por la razón en lugar de la superstición.

Sus últimas palabras invitaron a mantener la mente abierta aún en los tiempos venideros: "Sigamos interrogando al universo con humildad y buscando en él las leyes que rijan su funcionamiento, en lugar de aferrarnos a conjeturas". "Si alguna vez os encontráis ante lo inesperado, recordad esto: no es el misterio quien guía las estrellas, ni el azar quien derriba los árboles en la tormenta. Es la naturaleza obediente a leyes que, aunque complejas y a veces incomprensibles, pueden ser desentrañadas mediante el estudio y la dedicación. La grandeza no está en inventar conjeturas infundadas, sino en desentrañar verdades a través de la investigación paciente y el espíritu crítico. Porque el cosmos es inteligible y ese hecho, por sí solo, representa el prodigio más asombroso de todos".

domingo, 21 de diciembre de 2025

Lo que el amanecer nos dio y nos robó

El reloj de la Stazione Porta Nuova marcaba una hora que nunca existió. Era una noche detenida en su propio eco, colgando como una lámpara rota sobre las calles mojadas de Turín. La lluvia caía fina, como un secreto mal contado, y los faroles temblaban con la luz amarilla de una melancolía vieja, de esas que uno arrastra sin saber bien de dónde viene.

Ella estaba allí, apoyada contra el quicio de una puerta cerrada. La gabardina oscura le rozaba los tobillos y un cigarrillo apagado le colgaba de los labios sin fuego. Cuando la vi, supe que era imposible salir de esa noche sin quemarse las manos. Se llamaba Lucía o algo que sonaba como el crujir de las hojas secas bajo las suelas. La boca le sabía a vino barato y a algo que me hizo olvidar quién era yo antes de besarla.

Turín olía a metal mojado, a río turbio y a tiempo extraviado. Caminábamos sin destino por la Via Roma, donde las vitrinas dormían vacías y nuestros reflejos iban a la deriva como barcos sin capitán. Nos mirábamos como quien intenta leer una carta escrita en un idioma olvidado, y cada palabra que nos decíamos abría una herida pequeña en el aire denso que nos envolvía. A veces me hablaba de Turín, de un tren que había perdido o inventado. Yo la escuchaba y no podía dejar de pensar que también la perdería a ella antes del amanecer.

En una habitación del quinto piso, en un hotel cuyo nombre no tiene importancia, el mundo se derrumbaba y resucitaba al compás de sus manos recorriéndome. Las persianas entreabiertas dejaban entrar la luz pálida de la ciudad, como si la ciudad también quisiera espiar ese instante y guardárselo para sí. Follamos con la desesperación de dos personas que sabían que nunca habría un después. Y, sin embargo, mentíamos. Susurrábamos promesas que nacían muertas, porque sabíamos que el amanecer es un asesino que no deja testigos.

Sus dedos dibujaron constelaciones invisibles en mi espalda. Me contó que, en algún lugar, tenía un nombre distinto. Que cuando llovía, ella aún recordaba a un hombre que bailaba mal, pero la hacía reír. Yo no le hablé de mi vida antes de esa noche, porque era como hablar de un muerto sin tumba. Y ella me besó con la ternura cruel de quien acaricia a un animal herido sabiendo que va a morir.

Al final, se vistió despacio. La luz del alba le pintaba el rostro con el gris desvaído del adiós. Yo la miré ponerse los zapatos como quien mira cerrar la última puerta de la última casa que podría haber sido hogar. Me dijo algo en voz baja, quizás mi nombre, o quizás un simple «adiós» que se quebró contra el suelo. Y se fue.

Caminé después por la ciudad vacía, con el olor de su piel aún pegado a mis manos. El Po arrastraba su corriente lenta y sucia bajo los puentes de piedra, y en cada esquina me parecía ver la sombra de su figura alejándose, aunque sabía que ya no estaba. Turín amanecía, indiferente y ajena, como un amante que nunca pregunta si has dormido bien.

Han pasado años desde aquella noche, pero a veces el viento trae el mismo perfume de lluvia vieja y tabaco, y entonces sé que ella aún vive en alguna parte de mí. Que ese cuarto anónimo sigue existiendo en un pliegue secreto del tiempo. Y que hay encuentros que nunca terminan, aunque la cama esté vacía y el mundo siga girando.

domingo, 14 de diciembre de 2025

Tal vez, Lucía

Ilustración: FolkcultureGallery

El cielo de la ciudad se abría como el pecho de un corredor agotado al final del día. Grises, morados y un último reflejo cobrizo en los cristales empañados de los edificios. Él caminaba sin rumbo cierto, apenas un temblor detrás de sus pasos, como si buscase algo que nunca supo perder. El ruido de los automóviles, los murmullos veloces de la gente al pasar, todo parecía un idioma que ya no comprendía. Llevaba los bolsillos llenos de preguntas que pesaban más que las llaves del apartamento vacío al que temía regresar.

Se llamaba Julián, aunque ya hacía tiempo que nadie pronunciaba su nombre en voz alta. Su nombre solo resonaba dentro de su cabeza, un eco tenue cuando abría la puerta por las noches y dejaba caer el abrigo sobre la silla. Y, sin embargo, había algo que lo mantenía despierto. Un hilo fino, casi invisible, que lo ataba a la posibilidad de un gesto, una palabra, algo. La señal.

Era ella. O la idea de ella. Lucía, con sus ojos como espejos gastados por el tiempo, con sus manos pequeñas que alguna vez sostuvieron su rostro como porcelana de otro siglo. Había dicho que lo pensaría. Que no estaba segura. Pero sus ojos, aquella última vez, tenían una sombra que Julián no había podido descifrar. Y entonces había empezado la espera.

Cada día repetía el ritual del café en la esquina de la plaza. Un café negro, fuerte, sin azúcar, como quien toma veneno por costumbre. Elegía siempre la mesa junto al ventanal, la misma donde ella había reído por primera vez con él. Imaginaba que si regresaba a sentarse allí, si permanecía lo suficiente, el mundo conspiraría para traerla de nuevo. Pero el mundo parecía ocupado en otros asuntos.

El viejo reloj de la torre marcaba horas inciertas, mientras bandadas de pájaros se precipitaban sobre las antenas como proyectiles sin convicción. Julián inspiraba profundamente, notando la humedad deslizarse por el cuello de su abrigo. Encendió un cigarrillo y observó el humo dibujar formas abstractas en el cristal. Ciertas tardes, juraba ver letras en la bruma. La “L” de Lucía flotaba brevemente antes de disolverse.

Pensaba: «Dame una señal, por pequeña que sea. Un discreto movimiento al cruzarnos. Un saludo fugaz. Un mensaje a deshoras. Algo que indique que lo lamentas, que lo consideras, que sigues ahí aunque distante. Dime que todo este tiempo no ha sido en vano».

Pero la ciudad no respondía. Solo ofrecía los intermitentes semáforos, el lejano rumor de un tren, la evanescente silueta de alguien que podría haber sido ella, pero nunca lo era.

La noche llegaba junto al temor a otro día sin respuesta. Y, sin embargo, se quedaba. Alguien debía esperar. Creía que la espera en sí era un lenguaje. Quizás, pensaba, Lucía interpretaba su quietud como un poema escrito con el cuerpo.

Julián regresó al apartamento cuando ya nadie más lo observaba. Apoyó la frente contra el marco de la ventana, buscando un resquicio de luz en algún lejano piso. Y entonces creyó discernir algo. Un tenue brillo, casi imperceptible. Podría ser el reflejo de un televisor, las llamas titilantes de otro mundo, o... quizás.

Sonrió. O algo similar a una sonrisa tembló en sus labios.

Al amanecer, volvería a la plaza. Quizá ese sería el día en que ella se sentara frente a él. O no.

domingo, 7 de diciembre de 2025

Un encuentro fortuito

Ilustración: Federico Murro

El atardecer traía consigo el preludio de la lluvia, aunque las gotas, testarudas, rehusaban caer. El cielo se encontraba cubierto por espesas nubes grises que amenazaban con desatar el aguacero en cualquier momento. Caminaba sin rumbo fijo, arrastrando los pies sobre las desconchadas aceras del barrio viejo, esas que suenan al quebrarse como huesos viejos. El aire era denso, como una despedida postergada sin sentido.

Sentada en un banco de madera, resguardado bajo el toldo azul de una anónima cafetería, se encontraba una mujer absorta en la lectura de un libro. Aunque no pude ver el título, reconocí el ejemplar por la forma en que sostenía las páginas entre sus manos, que parecían hablar con más elocuencia que cualquier palabra impresa. Al levantar la mirada y encontrarme con sus ojos, sentí que me conocía de siempre o que había estado esperando este encuentro en esa esquina.

Ninguno pronunció palabra al principio. Tan solo me regaló una media sonrisa que parecía encerrar todo el verano en un simple gesto. Había algo en su mirada que me hizo sentir ajeno a mí mismo, como si pudiera verse reflejado en ella como alguien mejor. Sin pensarlo demasiado, o pensándolo en exceso, me acerqué y nos sentamos uno junto al otro, rozándonos apenas, compartiendo el silencio, cuál lenguaje secreto.

Conversamos sobre nimiedades. Su infancia y la mía, un gato perdido, canciones que nunca volverían a sonar igual. Ella narraba con la delicadeza de quien teje un vestido con hilos de luz entre sus dedos desnudos. Yo respondía torpemente, temeroso de que mis palabras se quebraran al salir. Había en ella una gentileza que parecía haber sido olvidada por el mundo desde hacía siglos.

Me reveló su nombre al oído, el cual se me escapó al instante. A cambio, me obsequió una frase que parecía dirigida a ambos: «Hay trenes que pasan una sola vez y a veces no llevan a ningún lado, pero hay que subirse de todas formas». Sentí la necesidad de abrazarla o de huir, decidí quedarme inmóvil.

Sin darnos cuenta, el tiempo siguió su curso y la tarde dio paso a la noche, escondiendo sus últimos resquicios de luz entre sus pestañas. Ella se levantó la primera y antes de marcharse apoyó su mano sobre mi pecho, dejando algo ahí dentro. «No me busques», susurró, aunque no era una orden, sino un secreto.

Desde entonces he vuelto incontables veces a esa esquina buscando en vano el toldo, el banco, el libro misterioso. Pero todo permanece desvanecido. A veces pienso que fue una ilusión, un atisbo de otro tiempo que no me pertenece. Pero cuando cierro los ojos, aún siento el peso de su mano sobre mi pecho, sabiendo que algo cambió en mí aquella tarde de preludio de lluvia.

Un solo encuentro fue suficiente.