domingo, 12 de enero de 2025

Alphainfluenzavirus y servidor

 

Entre los últimos días de diciembre pasado y los primeros de este año, pasé una incómoda gripe A en casa. Echándole memoria y ganas de convertirlo en una narración medianamente pasable, aquí va, con muchas licencias, el relato de esos días.

Día 1: El contagio latente.

En el interior del avión, el aire que circulaba se transformó en un río invisible formado por partículas contagiosas suspendidas. La mujer, sin la prevención de usar mascarilla, tosía como si quisiera escapar de su alma. Yo respiraba de forma contenida, deseando fervientemente que los sistemas de renovación del aire y sus filtros alejasen de mí, lo que sabía no traería nada bueno en los próximos días. Horas después, un leve cosquilleo en la garganta se manifestó: la primera señal del mal. En mi cerebro, anidaba, despertada por la más mínima molestia, la sensación de malestar, la incomodidad amorfa.

Día 2: La entrada al laberinto.

La garganta era ya una franja áspera, áspera como papel de lija. Las piernas y la espalda dolían levemente, como si las vértebras se hubiesen oxidado durante la noche. Los brazos pesaban: subirlos, solo para levantar la taza del desayuno, parecía un desafío titánico. Entre doloridos sueños y el borracho cansancio, ampliándose como una sombra mental, imperaba la certeza de que todos los movimientos eran inútiles.

Día 3: El golpe de tambor.

La cabeza latía al ritmo de un tambor antiguo; cada latido de ruido en el mundo aumentaba la intensidad del dolor. La luz y el ruido se volvían feroces enemigos. El pecho sonaba hueco, forzándolo a inhalar y exhalar ruidosamente, como dentro de una caverna donde se escuchaba un eco de tos seca. La nariz, convertida en una barrera, me obligaba a inhalar por la boca, dejándole una sequedad abrasadora. Como si de un cuerpo extraño dentro de sí mismo, me sentía como una máquina decrépita. El hambre y la sed me abandonaron, dejando atrás un absurdo vacío.

Día 4: el pantano.

La fatiga y debilidad se convierten en un barro invisible que me engulle. Mi cuerpo entero está atascado en el lodo; cualquier intento de moverse me hunde más. Mi nariz gotea con la misma densa y pegajosa congestión de antes, como si alguien hubiera rellenado mi cráneo con cera tibia. La mente flota, divagando en fragmentos: los aviones, cielos grises y la mujer que tose se convierten en recuerdos que despiertan la rabia. Me deslizo más profundamente en la cama y el tiempo se desvanece.

Día 5: la cuerda rota.

El dolor muscular disminuye para dar paso a una sensación de vacío: mis extremidades son meramente apéndices inútiles de algo inerte. La tos, ahora productiva, trae consigo un eco de metal oxidado y aire espeso. Me arde la garganta al tragar; el agua no sabe a nada, y la comida, a polvo. El malestar general no es más físico, sino existencial: nada significa nada, y cada pensamiento se pierde en una apatía sin fin.

Día 6: la lenta retirada.

El dolor de cabeza disminuye, se convierte en un zumbido lejano mientras siento cómo un enjambre emigra desde mi cráneo. Mis piernas débiles comienzan a responder al impulso de moverme. La congestión nasal disminuye, dejando solo rastros de molestia. Pero mi mente todavía siente que es atardecer todo el día; mi ánimo es igual de sombrío que el de mi nariz hace un par de días. Me bulle el estómago, el primer hambre regresa, pero es tan efímera como una tenue ráfaga de viento.

Día 7: La última neblina.

La tos persista, si bien ahora es apenas un eco de los días precedentes, un perenne recuerdo que se niega a desaparecer. La garganta sigue seca, aunque mucho menos irritada, y eso parece ser el principio del fin. Percibo más liviano el cuerpo, aunque la fatiga sigue siendo un fantasma que no quiere salir de esa casa de carne y hueso. El mundo exterior, observado a través de la ventana, parece al fin algo alcanzable. El espejo muestra la sombra de alguien que sobrevivió a una incruenta y lenta batalla: ¿el fin está cerca? La fatiga mental es un huésped obstinado.

Día 8: El aire fresco.

La enfermedad, al fin, desaparece como un sueño febril, una pesadilla que deja rastros borrosos en la memoria. La tos es un eco distante, la congestión es historia antigua. Pero la mente definitivamente mantiene el eco de la apatía, arrastrada por ocho días de inmovilidad y auto conmiseración perpetua. Respiro hondo, sacudo la cabeza y salgo al aire fresco. La pregunta absurda y silenciosa se quedará flotando en el aire: ¿quién era antes de esta montaña rusa?

Y una reflexión:

El pensamiento mágico gobierna el día a día de muchos de nosotros, por ello, durante la pandemia de COVID surgió enseguida aquella monumental chorrada del «saldremos mejores». Los sociópatas siguen siendo sociópatas, tal cual, y muchos de los otros no aprendieron una simple mierda.

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Sé buena persona y por favor no castigues mis marchitas neuronas con otra escritura que no sea la respetuosa con la puntuación y la ortografía, el censor que llevo dentro te lo recompensará continuando dormido.