Pablo no dejó de creer de golpe. No hubo un día exacto, ni una escena memorable que luego pudiera contar como quien señala el principio de algo importante. Nadie se cae del caballo cada vez que cambia de idea. En su caso fue más lento, más desordenado. Casi imperceptible. Como esas casas antiguas que parecen seguir en pie durante años y un día, sin saber muy bien cuándo empezó el deterioro, descubres que por dentro ya no sostienen nada.
Se había criado en una familia católica, aunque no especialmente devota. En su casa la religión no ocupaba el centro de la vida, pero estaba en todas partes. En expresiones dichas sin pensar, en ciertos gestos heredados, en una vela por los muertos, en un “si Dios quiere” antes de hablar del futuro. Era menos una convicción que una costumbre; menos doctrina que clima. Nadie se paraba demasiado a examinarlo porque formaba parte de la casa igual que los muebles o las fotos viejas.
Con los años empezó a notar una incomodidad difícil de explicar. No era rabia, ni ganas de provocar. Más bien una sospecha callada. Le costaba aceptar que ciertas afirmaciones quedaran a salvo de toda pregunta solo por venir envueltas en tradición. No entendía por qué había que dar por buenas cosas que no podían contrastarse, ni por qué tantas veces se pedía consuelo a un relato que parecía sostenerse únicamente porque llevaba mucho tiempo entre nosotros.
No rompió con nada de forma dramática. Lo que hizo fue leer. Primero, libros de divulgación, alguna introducción a la filosofía, historia de las religiones. Después vinieron otros: neurociencia, escepticismo, teoría del conocimiento. Más que encontrar respuestas definitivas, fue aprendiendo a convivir con preguntas mejor formuladas. Y en ese proceso descubrió algo que le sorprendió: la gente no creyente no se parecía demasiado a la caricatura que tantas veces le habían presentado. No eran necesariamente cínicos, ni huecos, ni personas incapaces de asombro. Muchos, al contrario, parecían mirar la vida con una atención más desnuda.
Eso le importó. Porque durante mucho tiempo había oído que sin fe solo quedaban el vacío o la soberbia. Y a Pablo esa idea le parecía injusta. Empezó a pensar que quizá había algo más digno en intentar ser bueno sin premio, en cuidar a otros sin esperar compensación, en asumir que un acto vale por lo que hace aquí y no por lo que promete después.
Una vez, un conocido creyente, alguien a quien apreciaba de verdad, le preguntó si no se sentía solo sin Dios. Pablo respondió que no, aunque tardó un poco en encontrar las palabras. No se sentía solo porque seguía acompañado, solo que de otro modo: por la música, por los libros, por la inteligencia de quienes antes que él habían intentado entender el mundo sin refugiarse en certezas fáciles, por la presencia de otra persona en silencio cuando el silencio basta. No creía en el alma, pero sí en algo que se le parecía desde otro lugar: en la huella que dejan los afectos, en las obras, en lo que una vida logra poner en manos de otra antes de terminar.
Con el tiempo entendió que renunciar a lo sobrenatural no lo había vuelto más frío, sino más responsable. Si nadie iba a venir a salvarlo, entonces tocaba mirar de frente, elegir, hacerse cargo. Y si esta vida era la única, eso no la volvía miserable. La volvía preciosa. Más frágil, sí. También más seria. Más difícil de malgastar sin sentir que uno está perdiendo algo irrepetible.
Ahí encontró una forma de sentido. No un sentido total, ni blindado contra el miedo, ni eterno. Algo más modesto que todo eso, y quizá por lo mismo más verdadero: la certeza de que lo finito no rebaja el valor de las cosas. A veces se lo da.
Si quieres, también puedo hacer una segunda versión más literaria, más sobria o más “invisible” todavía.
