domingo, 22 de febrero de 2026

Un café bajo la lluvia de marzo

La lluvia seguía cayendo sin cesar aquel marzo, el mar bramaba con la languidez de los inviernos pasados. La ciudad dormía bajo un cielo blanquecino, como si el tiempo se hubiera detenido. Ella se marchó en silencio, dejando solo una bufanda olvidada en la silla, un libro abierto por la página equivocada y una media copa de vino en el alféizar. El Llevant soplaba con fuerza desde el puerto, e inclinaba toda la isla con su partida.

Él permaneció allí, en el barrio de Santa Catalina, con las persianas entreabiertas y el eco de sus risas atrapado entre las baldosas. Salía a deambular sin rumbo por la Plaza Mayor, observaba a los turistas con mezcla de fastidio y melancolía, y pasaba largas horas en la biblioteca junto a los Institutos, fingiendo leer a cualquiera que llevara su nombre aunque no la mencionara. Todo olía a ella: el saïm en la ensaimada, la sal impregnada en las grietas de las casas antiguas, las luces del Teatro Principal parpadeando como si esperaran su regreso.

Habían compartido inviernos cortos y veranos demasiado largos. Habían bailado en las fiestas de Sant Sebastià como si el fuego no fuera a apagarse nunca. Y sin embargo, algo se quebró sin romperse del todo. Una conversación a medias en Es Baluart, un gesto no correspondido, un anhelo no compartido. No hubo gritos, ni drama. Solo una lenta despedida, como la espuma que se deshace entre las rocas de Cala Deià.

Él intentó seguir adelante. Se inscribió en clases de cerámica en El Terreno. Aprendió a modelar figuras que parecían ella sin proponérselo. Cada cuenco parecía tener la curva de su nuca, cada plato el temblor de sus labios. Por las noches, se sentaba en la azotea y miraba la catedral gótica recortarse contra el cielo como un poema sin rima. Palma lo observaba sin juicio, vieja y sabia, testigo de tantas despedidas.

Una tarde, en el Mercado del Olivar, creyó verla entre los puestos de fruta. Era solo una sombra, un movimiento fugaz, una mujer con un pañuelo azul. Pero su pecho se agitó como si el corazón quisiera nadar hasta ella. Empezó entonces a recorrer los lugares que habían sido de ellos: el bar de tapas en Sa Gerreria donde compartieron secretos que dolían, la playa de Es Portitxol al amanecer, las galerías escondidas del Casal Solleric. En cada rincón buscaba algo que no sabía nombrar.

Pero la isla tiene sus ritmos. Y en algún momento, sin darse cuenta, dejó de buscarla. Comenzó a escuchar. El zumbido de las cigarras en los almendros, las campanas de Sant Francesc marcando la hora como si el tiempo no fuera un enemigo. Incluso el viento cambió: la Tramuntana, que antes le hablaba con furia, ahora le susurraba historias de naufragios dulces.

Y entonces sucedió.

Una noche de cine al aire libre en la Plaça de Cort. Él, con una copa de blanco en la mano y una manta en las rodillas. Ella, sentada dos filas más adelante, con el cabello más corto y los ojos aún más tristes. No hubo sorpresa. Solo una quietud extraña, como si toda la ciudad hubiese contenido el aliento. Se miraron. No se sonrieron. No se dijeron nada.

Tras abandonar la proyección cinematográfica, recorrieron juntos las callejuelas oscuras del barrio histórico. Ella admitió que huyó presa del miedo a quedar atrapada para siempre en aquella tierra que la apresaba con un abrazo asfixiante. Él explicó que permaneció allí, incapaz de alejarse sin desmoronarse, pues marcharse significaba despedazarse. Intercambiaron palabras como quien reza, lentamente, dejando espacios de silencio entre sus frases complicadas.

Los días siguientes transcurrieron inciertos, sin decisiones consistentes ni acuerdos concretos. Poco a poco, ella comenzó a regresar de forma esporádica, al igual que el sol reaparece tras disiparse una tormenta tormentosa. En ocasiones se reunían en el claustro del Museo de Mallorca, donde las piedras parecían escuchar con atención sus conversaciones enigmáticas. Otras veces simplemente deambulaban juntos rumbo al mar, sin tocarse, dejando que la brisa se encargara de evocar sus recuerdos confusos.

Ya nada sería igual. Ella no volvería a bailar en las verbenas ni él a componer canciones melancólicas. Ahora compartían algo más profundo y verdadero: el saber que el amor no siempre salva pero a veces basta con acompañarse mutuamente.

Una mañana de abril ella dejó una nota en su buzón:

"No me pidas promesas eternas. Promete que tomaremos un café en la plaza cuando vuelva a llover a mares".

Al leerla, él comprendió que el dolor por la isla había desaparecido.

Palma, testigo inmutable, seguía su curso natural. Las gaviotas graznaban sobre el puerto, el mar lamía las rocas con su lengua salada y, en algún rincón de la ciudad, la vida -al igual que el vino- continuaba fermentando entre los recuerdos confusos, los deseos inciertos y un atisbo de redención.

domingo, 15 de febrero de 2026

Madrid no perdona a los que sueñan

Diciembre del 82, creo. O del 81. Madrid con luces de Navidad colgando de Malasaña, los bares echando humo, el Rastro ya cerrado pero La Vía Láctea todavía abierta. Olía a tabaco negro y a cerveza derramada.

La Movida. Qué palabra más idiota.

Yo era Daniel. Ella, Clara. Nos vimos por primera vez en el Penta un martes. Terminamos en un piso compartido con botellas vacías y alguien había escrito versos de Bukowski con carmín en los azulejos del baño.

—Eres tan guapa que me duele la resaca.

—Y tú tan tonto que me haces reír.

Encendió un Fortuna. Me miró raro.

Clara quería ser actriz pero se pasaba las mañanas durmiendo. Las noches bailando postpunk en sitios donde la única luz venía de una bola de espejos. Yo escribía letras para grupos que duraban tres meses y vendía drogas en los baños del Rock-Ola. Pagaba el alquiler así. El futuro no existía, solo los jueves.

Me la encontré en La Vía Láctea con un abrigo de leopardo sintético, los labios rojos, los ojos hinchados. Nochebuena.

—¿Sabes qué día es? Nochebuena. Esa mierda donde todos fingen que nada ha cambiado.

Me reí porque tenía razón. Nos sentamos en una esquina. Había dos punks dormidos y una pareja comiéndose la cara.

—Vámonos —le dije—. A Lisboa. A París. A Torremolinos, qué más da.

Levantó la mano, señaló el local, la ciudad.

—¿Huir de qué? Esto somos nosotros.

Pidió otra copa.

La calle del Pescado. Hacía un frío de cojones. Los portales llenos de mendigos, yonquis, alguien cantaba villancicos desafinado. Un tipo nos gritó: "¡Feliz Navidad, hijos de puta!"

Clara se rio, se me abrazó:

—Esta ciudad es una madre borracha que te quiere y te echa de casa el mismo día.

Un okupa de San Bernardo. Gente bailando con Parálisis Permanente. Un guitarrista de algún grupo olvidado recitaba a Kerouac como si fuera Lou Reed. En el baño dos chicas metiéndose heroína. Olía fatal.

Clara desapareció. La vi besando a una tía que hacía esculturas. Me dolió, claro. Pero ya sabíamos hacernos daño.

Cuando volvió:

—Dani, esto está podrido. Tú y yo.

—¿Me estás dejando?

—Te estoy diciendo que lo nuestro es mentira. Nos hacemos daño porque no sabemos estar solos.

Me quedé callado.

—¿Entonces qué éramos?

—No sé. Una canción triste o algo así.

Cinco de la mañana. Gran Vía vacía, la luna en los charcos. Me paré delante de una juguetería.

—¿Te acuerdas cuando decías que tendríamos un hijo y le pondríamos Bowie?

—Me acuerdo. También decía que nos iríamos a Nueva York y tú serías famoso.

Me miró cansada.

Nos besamos. Sin ganas.

—Adiós, Clara.

—Hasta nunca.

Se fue con su abrigo de leopardo.

No volví a saber de ella. Me dijeron que Barcelona. Luego Londres. Que estuvo mal, luego mejor. Yo seguí en Madrid escribiendo letras para grupos que nadie recuerda.

A veces, cuando paso por La Vía Láctea de noche, creo verla bailando en una esquina. Pero no es ella.

domingo, 8 de febrero de 2026

Donde termina el viaje

El tren silbaba en la distancia como una bestia herida. El humo gris se elevaba en espirales desde la locomotora, manchando el pálido cielo de aquella mañana a finales de marzo. El vagón de tercera olía a cuero húmedo, carbón y cuerpos cansados. Entre los pasajeros, un hombre de mediana edad de rostro curtido por el sol de Castilla y la pena, sostenía entre sus dedos un sombrero de ala ancha gastado por los años y el viento. Se llamaba Julián Etxeberria, y regresaba a Donostia tras casi dos décadas de ausencia.

Durante años había cruzado toda la península trabajando como comerciante de ganado, visitando ferias de León, pastizales de Soria y polvorientas plazas de Aragón. Su acento vasco, antaño nítido como un cristal de Bohemia, se había oscurecido con giros y modismos de otras tierras. Pero en sus sueños —esos que lo asaltaban cuando dormía sobre jergones de paja en posadas—, Donostia persistía intacta: las barcas mecidas en la bahía de La Concha, los tambores lejanos de la Tamborrada, el olor a pan caliente en las callejuelas de la parte vieja.

Había partido joven, con la mirada cargada de ambición y una herida reciente: el entierro de su madre y la venta forzada de la casa familiar por las deudas de su padre, un lobo de mar que nunca aprendió a guardar el dinero ganado. Juró entonces no volver hasta tener algo propio que ofrecer a su tierra. Pero los años lo desgastan todo, incluso el orgullo. Ahora, con un pulmón dañado por las humedades de Palencia y una pierna que crujía al subir cualquier cuesta, Julián no regresaba a conquistar nada, sino a rendirse.

Un hombre delgado y hambriento se sentó frente a Julián, con ropas harapientas y descoloridas que claramente no le pertenecían. Vendía pequeñas estampas religiosas a los pasajeros del tren con tal de ganar unas monedas para comer. Aunque no era creyente, Julián compró una imagen del Cristo de Limpias solo por empatía, guardándola junto a una carta maltratada por el tiempo en su vieja cartera de cuero. La letra era de Ane.

Ane Mendizábal. Su promesa rota, su canción inconclusa. Ella no quiso partir con él aquel día. Esperó dos años, tal vez tres. Después, resignada a cómo son las cosas, contrajo matrimonio con un tendero como mandaba la tradición. La noticia le llegó por una escueta misiva sin sentimentalismos, aunque escrita con tinta más salada que el mar.

El tren se detuvo en Miranda de Ebro para cambiar la locomotora. Los pasajeros estiraron las piernas, fumaron en silencio, tomaron caldo humeante en cuencos de loza en una posada junto a la estación. Julián encendió un cigarro barato y contempló el paisaje: un cielo gris, campos desnudos aguardando la primavera, y al fondo, promesa de un nuevo comienzo, las suaves lomas del País Vasco. Sintió una opresión en el pecho, no física sino del alma. Era la espera. Un anhelo callado, como el de las madres que aguardan noticias de hijos partidos a las Américas y de quienes ya no volvieron a saber.

Por fin llegó a la estación de Donostia al anochecer, cuando el sol teñía de cobre los tejados. Bajó del tren con torpeza y se detuvo a contemplar el perfil del monte Urgull, coronado por la silente imagen del Cristo. Poco había cambiado. Algunos coches de caballos esperaban en fila junto al andén, y los cocheros charlaban en euskera bajo la mirada paciente de los bueyes. Julián prefirió caminar.

Recorrió la parte antigua de la ciudad como un espectro errante. Reconoció las tabernas, aunque ya no recordaba los nombres. De algunos portales salía el aroma a caldo de marmitako humeante, mientras que de otros se escapaba la risa estruendosa de los marineros. Al pasar por la calle 31 de agosto, vio a una mujer tendiendo ropa en un balcón. Por un instante creyó que era Ane debido a su gesto y cuello ladeado hacia el sol... Pero no, era otra mujer mucho más joven. Ane debería rondar ahora los cuarenta y tantos años, quizás con hijos ya casados.

Llegó hasta la playa, se quitó los zapatos y sumergió los pies en la húmeda arena. El frío le subió por los tobillos como un recuerdo que renace. No había nadie a esa hora, solo un perro solitario hurgando entre algas secas y una pareja de pescadores arreglando sus redes. Se sentó sobre una roca y sacó la carta. Leyó solo la primera línea: “Julián, no te guardo rencor. Siempre pensé que volverías algún día”. Se sabía de memoria el resto. La había leído tantas veces en las posadas, bajo la temblorosa luz de las velas, que la tinta se había desdibujado como un secreto contado al mar.

Quiso llorar, pero no pudo. Las lágrimas se le habían agotado por dentro. En su lugar, sonrió. Una sonrisa cansada, más cercana al silencio que a la alegría. Volver a Donostia no le devolvía lo perdido, pero tampoco le pesaba ya. Era como entrar en una iglesia vacía después de tantos años: nada había cambiado y, sin embargo, todo parecía distinto.

Al incorporarse, su cuerpo se sentía más ágil de lo normal. El dolor que había sentido durante tanto tiempo en su pierna parecía haber desaparecido mágicamente, o quizás el dolor se había atenuado simplemente al estar junto al mar. Caminó con paso decidido hacia el muelle, donde un grupo de jóvenes estaba tocando una tradicional trikitixa de forma espontánea. Les pidió amablemente que le interpretaran una canción. Ellos no conocían su identidad, pero entonaron alegremente un viejo zortziko, el tipo de canción que se escuchaba comúnmente en las fiestas populares de San Sebastián. Julián cerró sus ojos y se dejó envolver por la melodía. En cada nota podía evocar un recuerdo diferente, una calle distinta, una risa del pasado. Finalmente, se permitió a sí mismo sentirse como en casa una vez más.

domingo, 1 de febrero de 2026

بيتي في رأسي (mi casa está en mi cabeza)

El día que el cielo dejó de susurrar promesas, mi madre ató mi cabello con un hilo carmesí, como si al anudarlo pudiera retener lo que deseaba escapar. Me miró sin sonido, con sus ojos profundos inundados por un silencio que pesaba más que cualquier maleta. Yo tenía catorce años y ya sabía que no todas las despedidas se dicen en voz alta. Algunas se atascan en la garganta como semillas de dátil que jamás germinarán.

Nos dijeron que nos dirigíamos al norte, a la tierra prometida, como si la promesa de un nuevo lugar pudiera reemplazar el antiguo lugar. La operación llevaba un nombre sacado de un cuento: “Alfombra Mágica”. Pero en nuestro vuelo no hubo alfombras ni hechizos. Solo el rugido del avión militar y el susurro del viento colándose por las grietas de la carlinga. Mi abuela, que nunca se había alejado de Al Hudaydah, recitaba versos en voz baja. Yo apretaba contra mi pecho un pequeño cuenco de cobre, ennegrecido por los años, el único objeto que logré esconder del escrutinio de los soldados. No era valioso para nadie, salvo para mí: en él mi madre preparaba la mezcla de henna cada viernes, y aún olía, dulcemente, a hogar.

El exilio viene de muchas formas. La primera es la desvinculación, que no sucede al partir, sino al llegar. En el campamento de acogida, el polvo era diferente. No era polvo del desierto, sino polvo de la desconfianza. Nuestros rostros, curtidos por el sol del sur, no eran bienvenidos. Éramos “los oscuros”, “los primitivos”, “los de allá”. Nadie preguntaba por nuestras canciones, por nuestros bailes, por la poesía que mi padre recitaba bajo las estrellas mientras el café burbujeaba sobre la hoguera. Aquí, todo debía olvidarse rápidamente. Lo llamaban integración. Yo lo llamaba desaparición.

Pero no todo está perdido. Algunas cosas arden por dentro, tercamente. Aprendí a cantar en hebreo, sí, pero cuando estoy sola, dejo que mis palabras fluyan en árabe yemení, mi lengua, que resbala por mi garganta como miel espesa. En mi voz viven las mujeres de mi línea familiar: mi madre que nunca se acostumbró al pan sin za'atar, mi tía que bordaba vestidos con el mapa de nuestra historia, mi hermana que lloraba por las noches sin decir por qué. Mi canto es memoria. Mi canto es resistencia.

A veces sueño con el granado del patio de mi infancia. En el sueño, regreso a casa y nadie me ha olvidado. Ni los muros de barro, ni las alfombras que crujen bajo mis pies, ni el gallo viejo que canta antes que el amanecer. Me despierto con los ojos húmedos, pero sin tristeza. He aprendido que la nostalgia no es debilidad, sino raíz.

Ahora soy madre. A mi hija le canto “Hana Mash Hu Al Yaman” para dormir. Ella no entiende las palabras, pero las memoriza. Yo le enseño que en esa canción vive nuestra historia. Que aunque nos quitaron la tierra, no pudieron arrebatarme el nombre. Que ser de Yemen es llevar un país tatuado en la voz.

Porque las palmeras no saben de exilios. Siguen creciendo, erguidas, incluso cuando el viento cambia. Y yo, como ellas, aún me inclino hacia el sol de un lugar que ya no existe, pero que nunca se ha ido.