domingo, 7 de octubre de 2007

¿Soy un nacionalista español?


Por lo preciso y coincidente en planteamiento con lo que, cuando estoy despierto, circula con mi cabeza, me permito reproducir, conforme a las condiciones de su autor, esta reflexión que ojala tuviera un carácter universal.

Los nacionalistas llamados periféricos suelen quejarse de que quienes no nos definimos como nacionalistas somos en realidad nacionalistas españoles. En ocasiones, no hay duda de que la acusación responde a la realidad. Mi objetivo ahora es preguntarme: ¿soy un nacionalista español? En mi opinión, no lo soy. Sin embargo, no son pocas las veces en las que me han acusado de serlo.

Empecemos definiendo los puntos de referencia, es decir, fijemos qué entendemos por nación y qué por nacionalismo. Hoy se entiende por nación, desde mi punto de vista, un conjunto de rasgos de carácter cultural que tienen fuerza suficiente para diferenciar a un colectivo humano, en torno a una serie de ejes entre los que el territorio, las costumbres, la tradición, la etnia, la religión, y el idioma son principales. El colectivo humano al que estos rasgos otorgan unidad se denomina "pueblo" en el imaginario nacionalista. La nación es algo esencial, identitario, que diferencia a cada pueblo del resto de los pueblos.

El nacionalismo es un sistema de ideas políticas que considera que la finalidad principal de la articulación institucional, jurídica y política es la protección y la conservación de la nación como tal. Otros intereses de carácter económico o social quedan relegados a un segundo término o son meramente instrumentales. El nacionalismo propugna la intervención política en la sociedad para conservar y mantener ese conjunto de rasgos culturales que hemos definido como nación, y lo hace mediante políticas educativas y culturales principalmente, que buscan transmitir a las generaciones futuras lo más intacto posible ese legado cultural que las generaciones anteriores nos dejaron a nosotros. El nacionalismo, además, cree que la nación debe tener un estado que garantice su continuidad en el futuro.

En nuestro contexto político, es decir, en España, hay dos tipos de nacionalismo: los periféricos y el español y ambos pueden ser más o menos abiertos en la forma en que conciben la relación de su nación con las demás. El nacionalismo español es excluyente cuando rechaza la existencia de las naciones periféricas, mientras que los nacionalismos periféricos lo son cuando consideran que España no es más que la suma de varias naciones diferentes y niegan la existencia de la nación española. Entre un polo y otro hay un amplio abanico en el que caben miles de matices y tonalidades.

Pero ese abanico es el abanico del nacionalismo, y es un abanico en el que yo, sinceramente creo que no estoy representado. Y es que efectivamente, no puedo estarlo, porque en mi opinión la nación es un concepto cultural que no debe traspasar al campo político. Ninguno de los ejes en torno a los cuales pivota el concepto de nación es fuente de legitimidad política: ¿qué diríamos de un estado organizado en torno a la tradición, al idioma, a la etnia o a la religión?. Sólo el territorio puede ser fuente de legitimación racional del estado, puesto que parece que un estado no necesita ni religión, ni raza, ni tradición, pero sí territorio. Sin embargo, el territorio, por sí solo, no justifica la existencia de un estado. La historia, aunque los nacionalismos recurran frecuentemente a ella, tanto en su versión real como la inventada, tampoco es fuente de legitimidad, puesto que entonces podríamos legitimar cualquier régimen, desde la monarquía absoluta hasta la república federal.

¿Cuál es entonces la fuente de legitimidad? En mi opinión, la voluntad de los ciudadanos. No hay otra. Es la voluntad de constituirse en estado, la voluntad de dotase de un instrumento jurídico y político para la gestión y la administración del bien común y el arbitraje de los diferentes intereses legítimos lo que dota de legitimidad al estado creado. Y con esta premisa, se pueden unir varias naciones en un solo estado (Suiza, España, Gran Bretaña, la Unión Europea o los Estados Unidos), crear un estado que corresponda a los límites culturales y territoriales de una nación (Francia), o dividir una nación en dos o más estados (Alemania y Austria).

Así pues, en este contexto, vuelvo a preguntarme: ¿soy un nacionalista español? Y vuelvo a responder que no. Y no lo soy, no porque no crea que la unidad del estado español es deseable, que sí lo creo, sino porque creo que la existencia de la nación española no es lo que legitima la existencia del estado español, sino la voluntad de los españoles (admitiendo este término como simple referencia, que incluye a los vascos, a los catalanes y a los de Gandía) de tener un estado común.

Como vivo en el mundo real y no en el de las ideas en que me he movido hasta este párrafo, creo que los españoles han expresado ya esa voluntad de compartir un estado cuando aprobaron la Constitución de 1978 en un proceso plenamente democrático aceptado por los países de nuestro entorno. Acepto que no fue un proceso perfecto, como acepto que la Constitución ha articulado un sistema territorial muy mejorable que no resuelve ninguno de los problemas que pretendía resolver, sino que se limita a poner unos parches que hoy, 30 años más tarde, están quedándose claramente caducos. Igualmente, acepto que la Constitución tiene un procedimiento de reforma demasiado rígido que provoca la desazón no ya de quienes tienen la aspiración legítima de que lo que entienden como su nación alcance la independencia, sino también de aquellos que, como yo, pretendemos racionalizar la articulación territorial del estado y acercarla a planteamientos realmente federalistas.

¿Creo que es buena y deseable la conservación de un estado común? Sí lo creo, pero no por la existencia previa de la nación española y la necesidad de legársela a los que nos sucedan, sino porque, en mi opinión, un estado unitario favorece los intereses de quienes vivimos hoy, en la transición hacia la necesaria y segura desaparición futura del estado español en una Unión Europea realmente democrática. ¿Creo en la existencia de la nación española? Soy agnóstico en ese terreno. Es algo que ni me preocupa, me parece absolutamente irrelevante y, exista o no, tengo claro que no debe tener trascendencia política. Y esto afecta igualmente al resto de las naciones, incluyendo la vasca, la catalana, la gallega, la andaluza... ¿Amo a mi patria? Justo un poco menos que a la correa de mi perro.