martes, 30 de noviembre de 2010

DEP: Nadie quería a César

Por Lola Sampedro @ 29-11-2010 22:12

Palma.- Es difícil no sentir dolor al imaginar la soledad de César, un niño al que nadie ha echado de menos durante los últimos dos años.

Mónica Juanatey tuvo 10 años para querer a su hijo. Le alimentó durante todo ese tiempo, le acostó y le llevó al colegio. Empezó cambiándole los pañales, dándole Apiretal cuando se ponía enfermo y celebrando que su primera palabra fuera “mamá”. Con el tiempo, le compró zapatos nuevos cuando los pies crecieron y le curó las heridas de esa rodillas gastadas de tanto caer de la bici. Seguramente más de una vez le regañó por chutar el balón dentro de casa y por no lavarse los dientes después de cenar. Y sin embargo, le ahogó en la bañera. ¿Cómo puede alguien no amar a quien cuidó durante una década?

Es difícil no sentir dolor al imaginar la soledad de César, un niño al que nadie ha echado de menos durante los últimos dos años. Nadie. Ni su padre ni sus abuelos ni el resto de familiares y amigos que dejó en Galicia. Nadie sintió la necesidad que te da el amor de escuchar la voz del ser querido. Nadie necesitó ver en una foto al hombrecito en el que se estaba convirtiendo. Nadie le llamó para desearle Feliz Navidad ni feliz cumpleaños. Nadie necesitó coger un avión hasta Menorca para verle ni aunque fuera ratito. Nadie, nadie, nadie echó de menos a César.

No valen excusas. No quiere más el que dice cien veces te quiero, sino el que lo demuestra, el que necesita verte, saber de ti, oírte de vez en cuando. Por eso, es justo conjeturar hoy que nadie le quiso. Pero, dios santo, ¿Qué demonios puede hacer un niño para que nadie sienta amor por él?

¿Cómo es posible que no saltaran las alarmas en Asuntos Sociales? ¿Cómo es posible que nadie en este país se entere de que un niño de 10 años deja de ir a la escuela? ¿Tan fácil es que desaparezca un menor en España? Los bancos tienen un sistema infalible para detectar tarjetas clonadas. Si te copian el número y la utilizan para gastar tu dinero en un comercio de otro país mientras tú permaneces en el tuyo, el sistema avisa al instante. Quizá se te trate de una suerte de logaritmos o sistemas binarios extraños que posibilitan que la tecnología y la matemática intuya que algo no funciona en la vida real y salvaguardan tu dinero. Sin embargo, en esta era digital en la que vivimos, en la que tan sencillo es que una madre asesina finja ser su hijo en Internet, no existe sistema alguno que permita a la burocracia española detectar con inmediatez que un niño no está escolarizado.

Cuentan que Mónica fue madre soltera, que al poco tiempo se separó de su pareja y se fue a vivir con sus padres a Noia. En paro y con un niño al que alimentar, decidió irse a Menorca. Y dejó a su hijo con los abuelos en lugar de con el padre.

Durante ese tiempo sus abuelos se ocuparon de él, le cuidaron, le dieron de cenar y le arroparon. El padre no, él vivía en su casa, lejos de su hijo, porque tenía malas relaciones con la madre, que ya en Menorca empezaba a dibujar su nueva vida de treintañera soltera.

Pero los abuelos se hartaron. Tuvieron muchos motivos para decirle a su hija que tenía que volver a hacerse cargo de César. Quizá ya eran demasiado mayores para criar a un niño, quizá entendieron que lo correcto era que la madre cuidara a su hijo. Sin embargo, a nadie le preocupó el hecho de enviarle a vivir con una madre que no lo quería consigo. Le sacaron un billete de avión y lo enviaron solo hacia la isla balear.

Mónica ya había ligado por Internet y vivía con su nueva pareja a la que jamás había contado que tenía un hijo de 10 años en Galicia. Cuando el pequeño apareció hasta le obligó a llamarle tía. ¿Cuánta pena sintió César al ver que su mamá no le quería como hijo? La palabra “sobrino” se volvió así cruel en la boca de Mónica.

Con el “paquete” en casa, le dijo a su nuevo novio que su “sobrino” se quedaría sólo 10 días. Y pasó el lunes, el martes, el miércoles… Durante 10 días volvió a acostar a su hijo, a darle de cenar, a prepararle la ropa limpia. Tuvo una nueva oportunidad para quererle, sin embargo, optó por ser el monstruo que creyó que su vida tenía más valor que la de su propio hijo. No iba a arriesgarse a que su pareja se enfadara y la dejara.

Y lo llamó para que se bañara. César estaba confiado porque él sí quería a su mamá. Seguramente estaba contento de volver a vivir con ella, aunque le llamara sobrino. Eso daba igual, él la quería mucho y se lo perdonaba todo. Como todos los niños del mundo, amaba a su madre sin condiciones, de esa forma en la que siempre quieren los niños, con generosidad e inocencia.

César se sintió a salvo cuando su madre le puso el champú en el pelo, por eso se sorprendió tanto cuando esas manos que debían ser protectoras le sumergieron la cabeza en el agua. Nadie puede imaginar el terror de ese niño mientras su mamá le quitaba la vida. La terrible angustia de sentirse ahogado por la persona más importante de su vida.

Lo metió en la maleta con los cuatro juguetes y tebeos que César seguramente había traído consigo desde Galicia y lo abandonó en el campo. Ahí ponía ella el punto final a su antigua vida para pasar “con normalidad” los últimos dos años. Como si nunca hubiera tenido un hijo. Durante todo este tiempo, Mónica habrá cantado, bailado, reído como si nunca hubiera ahogado a su pequeño de 10 años.

Tan bien vivió su vida, con tanta “normalidad”, que nadie se dio cuenta de nada. Chateaba con los familiares y amigos de Galicia como si fuera César quien tecleaba las palabras. Anunció incluso que el niño hizo la Primera Comunión en noviembre de 2008. Nadie se extrañó de que no enviara fotos de ese día. Nadie quería tanto a César como para necesitar verle en su primera eucaristía.

De nuevo, no valen excusas. No vale decir que tenían mala relación con la madre o que ella no les dejaba ver al niño, que no enviaba esas fotos pedidas mil veces ni le ponían al teléfono cuando pedían por él. No vale. Dos años dan para reclamar muchas veces ver a César, para sospechar que si no lo logran es que algo va mal.

Fue demasiado fácil hacer desaparecer a César. Nadie le echó de menos y tuvo que ser él mismo quien diera voz a su vida al garabatear su nombre en el estuche escolar, como obligando a recordar al mundo que lo olvidó que él sí estuvo aquí.

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